Opinión

El Molde de la Tribu: Por qué la libertad de pensamiento sigue siendo una utopía

Eva María Baos | Lunes, 13 de Abril del 2026
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La identidad no es un destino biológico, sino un proceso de fabricación. En un mundo que se cree libre, la neuroplasticidad y el peso de las estructuras colectivas siguen determinando quiénes podemos llegar a ser y, sobre todo, qué nos está prohibido siquiera imaginar.

Hablamos en muchas ocasiones de las personas como si fueran rocas: fijas, inmutables, idénticas a sí mismas desde siempre. «Es así», «ha sido siempre así», «funciona así». Lo repetimos como si fuera una ley natural, pero no lo es. No reparamos en algo que cualquier profesional mínimamente formado sabe: una persona se moldea, se configura, se educa, se disciplina y se corrige.

Es aquí donde la conversación se torna incómoda, porque en la construcción de lo humano intervienen dos fuerzas: la neuroplasticidad y la tribu. La primera es la capacidad del cerebro para reorganizarse; la segunda es la estructura que dicta qué cambios son posibles y cuáles se imponen como destino. Se habla mucho de neuroplasticidad, pero pocos comprenden que estos mecanismos pueden activarse por un acontecimiento concreto y transformar a una «buena persona» en alguien irreconocible. No es un problema de biología, sino de canalización: la tribu funciona como una carcasa que endurece lo que debería ser flexible.

La tribu lo impregna todo: lo físico, lo sanitario, lo antropológico y la creencia. Dicta incluso la forma de andar. Llevamos décadas con la OMS clasificando ciertas prácticas como agresiones sexuales —la mutilación genital, la extirpación del placer—, pero nos quedamos tan anchos. Se decide por niñas antes de los seis años, en la franja crítica donde se imprime el molde identitario, qué silencios guardarán y qué obediencia se espera de ellas. Mientras tanto, el varón crece como un ser libre, ajeno a ritos que cuestionen su pureza. Año 2026 y seguimos disfrazando esta pérdida programada de autonomía con eufemismos culturales, ignorando que se está configurando una estructura de pensamiento donde no cabe otra alternativa. No hay derecho ni capacidad de los que hablar cuando el lenguaje mismo ha sido cercenado.

Esta parálisis se refleja en nuestras instituciones. En pleno 575 aniversario de la Universidad de Barcelona, queda una amarga sensación de estancamiento. Me entristece ver que las indicaciones para la depresión multirresistente son las mismas que hace décadas: fármacos que no logran que el paciente se levante del sofá y, cuando todo falla, el regreso al empirismo de la terapia electroconvulsiva. Tenemos identificadas las áreas anatómicas y funcionales —Broca, Wernicke— desde hace años, pero la investigación es un rehén de la burocracia. Se necesitan equipos, becarios y administrativos haciendo carpetas, perdiendo el progreso en una gestión que se consume a sí misma.

Al final, el sistema desprecia al que se sale de la norma. Tener opiniones diferentes para cuestiones diferentes, no someterse al rito puro de una sola etiqueta —sea esta política, académica o religiosa—, te convierte en un ser peligroso para la tribu. Pero es precisamente ese peligro el que nos hace libres. Porque el verdadero poder de la tribu no es conservar ritos antiguos, sino definir lo que es pensable. Y en este 2026, atreverse a pensar más allá del molde sigue siendo el único acto de resurrección posible.

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