Tomelloso

Bernardo Fernández-Pacheco: «Hemos hecho del Quijote un símbolo, pero nos falta volver a leerlo de verdad»

El autor presenta en Tomelloso su viaje íntimo por La Mancha, por la ruta del Quijote - Defiende que es necesario leer a Cervantes, cuestiona los tópicos y reivindica una mirada real sobre la tierra y el Quijote

Francisco Navarro | Martes, 14 de Abril del 2026
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Aprovechamos que Bernardo Fernández-Pacheco va a participar en un encuentro con lectores para charla sobre su último libro “Un viaje por mi tierra. La ruta del Quijote en el siglo XXI”. Ha recorrido 27 pueblos en diez días tiene claro que el Quijote sigue siendo un gran desconocido, incluso en su propia tierra. Durante la entrevista deja clara una idea, hemos hecho del Quijote un símbolo cotidiano, pero quizá aún nos falta volver a leerlo de verdad.

—Se ha embarcado en una aventura que recuerda las de Azorín o la más reciente de Julio Llamazares…

—Hombre, no he llegado a tanto, pero sí es verdad que me eché al monte con una idea que llevaba mucho tiempo rondándome la cabeza. Era casi una necesidad personal. Quería vivir esa experiencia de recorrer los lugares del Quijote, de pisar el terreno, de mirar el paisaje con calma. Luego, con todas las notas, los apuntes y los recuerdos que fui acumulando, ha salido “Un viaje por mi tierra. La ruta del Quijote en el siglo XXI”. Es un libro de viaje, pero también muy interior, y la verdad es que estoy muy satisfecho de haber dado el paso.

—Un viaje que no ha sido precisamente corto, ha visitado veintisiete pueblos…

—Exactamente. Porque hay que tener en cuenta que la ruta del Quijote no está cerrada ni definida con precisión. En la obra de Cervantes hay referencias, pero son pocas y, en muchos casos, abiertas a interpretación. El Toboso es el gran eje, eso está claro, pero luego hay decisiones que dependen de cada uno. Por ejemplo, cuando llegas a Sierra Morena, el propio texto plantea varias opciones. Eso convierte el viaje en algo muy personal, en una reconstrucción que cada cual puede hacer a su manera.

—Y en ese camino aparece inevitablemente el debate sobre la patria de Don Quijote, ¿no es así?

—Sí, y además con bastante intensidad. Es un debate que ha ido creciendo con los años, especialmente a partir de determinadas conmemoraciones. De hecho, en muchos foros se termina hablando más de dónde era Don Quijote que de lo que realmente significa la obra. Por eso, uno de mis objetivos era ofrecer información suficiente para que el lector no se quede solo con lo que oye, sino que pueda formarse su propia opinión con criterio.

—Da la sensación de que en La Mancha hablamos mucho del Quijote… pero lo leemos poco.

—Esa es la paradoja. El manchego medio conoce muy poco el Quijote de primera mano, aunque lo tenga presente en su vida cotidiana. Utilizamos sus nombres constantemente, forman parte del paisaje —institutos, calles, negocios—, pero eso no significa que haya una lectura real. Y claro, eso genera una relación un poco superficial con una obra que es muchísimo más profunda.

—Incluso lo puso a prueba en una presentación, ¿cómo fue?

—Sí, fue casi un experimento improvisado. Planteé cinco preguntas muy sencillas, cosas que están al principio del libro. Por ejemplo, qué comía Don Alonso Quijano los domingos. Y la reacción fue muy significativa, silencio, dudas, caras de sorpresa. Eso demuestra que no hay un conocimiento directo. No es una crítica, es una constatación de que nos hemos alejado del texto original.

—¿Cómo ha sido ese viaje? ¿A pie, en bici…?

—Podría haber sido de muchas formas, porque me gusta andar y también la bicicleta, pero opté por el coche. Quería acercarme a la experiencia del viajero actual, al lector que puede coger su vehículo y seguir esta ruta. Me parecía más útil en ese sentido. Así que fue algo muy sencillo, el coche, una maleta pequeña y salir sin demasiadas ataduras.

—¿Y en soledad?

—Sí, prácticamente todo el tiempo. Solo coincidí con un amigo en un momento concreto, pero en general he buscado deliberadamente la soledad. Quería vivir el viaje con cierta intimidad, sin interferencias, escuchando también lo que el propio camino te va sugiriendo. Ha sido un viaje exterior, pero también muy interior, y creo que eso se nota en el libro.

—¿Por qué empezar en Argamasilla de Alba?

—Porque para mí tiene un valor especial. Mi relación con el Quijote empieza allí, en 1972, cuando participé en una obra de teatro siendo muy joven. Aquella experiencia me marcó y desde entonces no he dejado de leer la obra. El Quijote es un libro de cabecera para mí, así que tenía todo el sentido que el recorrido arrancara en ese punto tan personal.

—¿El libro también reflexiona sobre qué es realmente La Mancha?

—Sí, porque no es una cuestión sencilla. La Mancha ha sido históricamente una región con límites poco definidos, que ha ido cambiando según decisiones políticas o administrativas. Ha estado vinculada a distintos territorios, pero sin una identidad cerrada en ese sentido. No existe un sentimiento nacionalista manchego, y eso también es una característica propia.

—Sin embargo, sí hay un fuerte localismo…

—Eso sí. El localismo está muy arraigado, y se nota, por ejemplo, en todo lo relacionado con la ruta del Quijote. En lugar de haber una visión compartida, lo que encontramos muchas veces son rivalidades entre pueblos por apropiarse de ese legado. Eso dificulta construir una idea común de La Mancha, aunque también forma parte de nuestra manera de ser.

—¿Cómo está funcionando el libro hasta ahora?

—Bueno, dentro de lo que es el mundo editorial, estoy contento. Ya voy por la cuarta edición, que no está nada mal. En las presentaciones siempre hay gente interesada, que ha oído hablar del libro o que llega con curiosidad. No son cifras espectaculares, pero sí suficientes para sentir que el trabajo ha encontrado su público.

—¿Y sigue escribiendo?

—Sí, no paro. Tengo varias ideas en marcha, aunque todavía están en una fase muy inicial. Cuando me jubilé decidí dedicarme a esto de lleno, era algo que tenía pendiente. Es verdad que hoy en día se publica mucho y eso impone cierto respeto, incluso un poco de pudor. Pero al final, si tienes algo que contar, tienes que hacerlo. No queda otra.

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