A través de ellos descubrimos la encarnación de todas las
actitudes humanas.
Irónicamente, personajes de ficción sobrepasan dicha
dimensión y se convierten en entes reales que nos muestran y descubren las
grandezas y miserias del hombre en su más auténtica esencia.
Ambos nos invitan a acompañarlos en su peregrinar
aventurero, nos alientan y animan a reflexionar, a esbozar una cálida sonrisa,
a replantearnos nuestro perfil personal, a abrir nuestra alma a otra magnitud
de la existencia y a bucear por los más sórdidos rincones de la vida,
enseñándonos y dándonos una lección de grandeza al contender con esa galería de
prototipos que desfilan por sus espacios.
Ellos somos nosotros, dibujados con la sutil y sabia pluma
de Cervantes, y merecen ser Patrimonio de la Humanidad no solo de manera
oficiosa, sino oficial, porque poseen un valor universal que perdurará por los
siglos de los siglos.
En el prólogo, el autor se dirige al «desocupado lector»
diciéndole que «aunque hubiese querido que mi libro fuese hermoso, gallardo y
discreto, su estéril y mal cultivado ingenio solo pude engendrar un hijo
avellanado, antojadizo y lleno de disquisiciones. Lo engendré en una cárcel
donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su
habitación». Qué poca ambición se escondía en este hijo feo y, sin embargo, qué
contradicción, al erigirse dicho vástago en el heredero universal de la mayor
gloria que un escritor pueda tener.
Al final de ese prólogo, el supuesto amigo incita a
Cervantes a escribir de tal manera que «leyendo su historia, el melancólico se
mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se
admire de la invención, el grave no la desprecie ni el prudente deje de
alabarla».
Difícil tarea la de Don Quijote y Sancho para encandilar a
esta caterva de mundanos, agradando a todos, contentándolos, divirtiéndolos,
logrando su aprecio y conquistando sus corazones. Y lo consiguen,
paradójicamente, a partir de una locura tan bien trabada que resulta verosímil.
De forma mágica, la Humanidad toma a Don Quijote y a Sancho
como patrimonio, porque encarnan unos valores que transmiten valentía,
generosidad, sabiduría, honestidad, responsabilidad, etc.
Don Quijote afirma haberse hecho caballero para socorrer a
«los menesterosos huérfanos, viudas, doncellas que se encuentren en una
situación de desvalimiento» (I, 17). Está convencido de la necesidad que de su
actuación tiene el mundo. Él nació para salvarnos. Contrariado con el
comportamiento de la sociedad de su tiempo, no le queda más remedio que
resucitar a la caballería andante, a pesar suyo, y luchar contra los malvados:
[…] «estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de
caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos» (I,
38), […] «triunfan ahora, por pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad,
la gula y el regalo» (II, 20). Y por eso es considerado loco, por mantener una
actitud en contra de sus contemporáneos, que no están dispuestos a cambiar sus
conductas y seguirle. Y, a pesar de ser un incomprendido, es feliz; se siente a
gusto, porque lo importante es el efecto que sobre sí mismo tiene el
mantenimiento de sus ideales: […] «después que soy caballero andante soy
valiente, comedido, liberal, biencriado, generoso, cortés, atrevido, blando,
paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos […] » (I, 50).
Y cómo olvidarnos de los buenos consejos que también sabe
dar Sancho a su señor, siempre desde la moderación y con el temor a Dios, ya
que en ello reside la sabiduría: actuar siempre con prudencia, con paciencia,
darle tiempo al tiempo que todo lo cura, mantener la calma porque puede dar
lugar a nuevas oportunidades, aceptar lo inevitable de la muerte, etc., es
decir, la visión de una persona sencilla, humilde, pero llena de sabiduría
popular que nos ilustra en todo momento.
¿Habrá mayor espíritu redentor por el cual les tengamos que
estar eternamente agradecidos? ¿Acaso no son un modelo de conducta a seguir?
¿No nos presentan un manual de comportamiento ejemplar? ¿No son sus consejos
paladines recurrentes para fabricar un mundo más humano? ¿No hurgan en nuestras
conciencias para despertarnos de la modorra maligna del affaire diario?
El amor, la libertad, la verdad, la belleza, la desigualdad,
el abuso de poder, la fealdad, la apariencia, la injusticia, la falta de
caridad, la hipocresía, la liberación de la mujer, etc., quedan expuestos como
letreros que se bambolean en cada uno de nosotros. Y son estos dos personajes
quienes los ponen al descubierto, uno desde el idealismo y el otro desde el
pragmatismo, convirtiéndose en verdaderos psicólogos de una sociedad atemporal
y sempiterna.
Todo ello representa una invitación para realizar el bien,
en pro de los otros. Una llamada urgente a corregir una sociedad que se
desmorona por su propia imperfección—recuérdese la época transitoria entre el
s. XVI y XVII en la que vivió Cervantes—, y que, pese a los siglos
transcurridos, sigue vigente. Necesitaríamos múltiplos y múltiplos de Quijotes
y Sanchos para enderezar las tropelías actuales.
Dos personajes que, pasando tanto tiempo juntos, crean entre
ellos una relación de dependencia, unas veces, de enfrentamiento, otras, de
influencia mutua, pero con afecto y respeto del uno por el otro. Nos dan una
lección de convivencia inigualable. Su relación gana en afabilidad y hondura, y
la sensibilidad natural de ambos pasa a prevalecer sobre cualquier interés o
deseo. Sancho ensalza a su señor, «no sabe hacer mal a nadie» (II, 13). Don
Quijote confirma también las razones de afecto a su compañero, «sencillez de su
condición y fidelidad de su trato» (II, 74).
Uno y otro dan una nueva oportunidad a la bondad del mundo.
Después de leer la obra, se nos acrecientan las ganas de ser un poco mejores,
de desfacer entuertos y salvar damas, bajo el acicate del amor que subyace en
las entretelas de Don Quijote.
Y cierro este alegato, como empecé, haciendo alusión a
nuestros amigos de ficción que, a fuerza de imaginárnoslos, los hemos dibujado
como reales, auténticos, verídicos, sin ponerles ya los adjetivos de
imaginarios, ficticios, artificiales o fingidos. Ambos son nuestros referentes,
nuestros adalides, nuestros consejeros, y, para todos a los que nos gusta la
lectura, nuestros duendes de biblioteca, maestros, ilusionistas y, en
definitiva, el espejo donde nos reflejamos; porque Cervantes así lo quiso, así
nos lo supo trasmitir y así, de esa manera inigualable, creó una novela sin
parangón y unos protagonistas que responden al sentir de la Humanidad.
Vale.
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Jueves, 23 de Abril del 2026
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