Opinión

Ciri se siente orgulloso

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 2 de Mayo del 2026
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A ritmo de tambor marcando las zancadas de los porta-pasos semanasanteros, o por lo menos así me ha parecido la solemne entrada de Ciri esta tarde en el cafetería. El sol casi poniente ha dibujado su silueta sobre la pared del establecimiento.

Ya dentro se ha desprendido de un sombrero panamá de verano, el color amarillo pálido data el material del que está hecho. Siempre a ritmo y movimientos medidos lo ha colocado en la percha más cercana a su silla, cosa que agradezco, porque dejarlo en la mesa, me parece una falta de higiene, tanto para los comensales como para la testa que posteriormente tapará.

Puedo adivinar que haber cumplido un centenar de encuentros junto con su publicación y habiendo recibido tantos parabienes y enhorabuenas se le han subido a la cabeza, de modo que se sueña con fama de artista distinguido.

—Buenas tardes, Don Ciri —saludo con cierto sarcasmo suave.

—Muy buenas las tengamos.

—Parece usted un gentleman de película por esos andares de contoneo y el salero al acomodar con tanto cariño su flamante sombrero.

—Así es. Mi figura atlética de este modo lo proclama. Me lo ha regalado mi querida señora por aguantarte cien tardes y evidentemente para la romería pasada.

Nos reímos con la alegría que nos caracteriza. Abrazo cariñoso entre los dos. En ambos rostros se descubre la ilusión y el agradecimiento mutuo de amigos entrañables.

Comentamos que la cafetería está más concurrida que otras tardes y como el orgullo es tan falso y pegajoso nos tienta, para creer que es por nosotros. Algunas miradas preguntonas sí hemos descubierto. Los tres amigos vecinos de otros días también se han levantado de sus asientos con una afectuosa felicitación. Son entrañables del mismo modo.

No podían faltar Manolo, el camarero, y Kali,  se han acercado trayendo los cafés, las magdalenas y unas inclinaciones de cabeza y torso, manos a la espalda y reverencias  estilo medieval, para regocijo de los presentes.

Estamos de acuerdo Ciri y yo en que se va creando un grupo muy interesante de amigos en el ámbito de la cafetería como en el espacio de internet, incluso interactuando y comentando con nosotros desde Facebook y WhatsApp.

Comentamos la romería del fin de semana pasado, coincidimos en que fue muy concurrida con momentos de disfrute de cualquier persona tomellosera o amiga. Así mismo coincidimos en que el paso por la plaza fue excesivamente prolongado por sufrir demasiados cortes en su desarrollo. Fuimos testigos de que gran número de asistentes se privaron de verla en su totalidad por el cansancio y prefirieron marchar a casa.

Continúa el goce del café y las magdalenas. Sabéis, compañeros lectoras y lectores, que Ciri es “mu bacín” como se dice por estos lares, no cesa de observar a diestro y siniestro el ir y venir de la gente, pero a la vez respetuoso para no intervenir con murmuraciones.

—¡Cálamus!

Ha exclamado mi amigo al borde de un atragantamiento con la magdalena a medio deglutir. Confieso que me ha dado un volquinazo el corazón por el susto, que me ha producido el grito y su escape  directo a la barra. Hacia allí miro y comprendo el grito. Hay un señor con un morral pidiendo una consumición al camarero. Con un alborozo exagerado a mi entender se saludan ambos y en pocos minutos se dirigen los dos hacia nuestra mesa.

Os recuerdo que este señor es periodista a su modo. Nos hizo una visita antes de las navidades pasadas. Tiene la cualidad de atravesar el tiempo y el espacio, él la llama “acronotopología”, nos sonaba entre brujería y futurismo; nosotros que somos muy de pisar firme no nos fiábamos, terminamos amigos. “El plumilla del Mediterráneo” lo bautizó Ciri.

—Bueno, amigo Cálamus, a qué debemos tu agradable visita por estas tierras. Algo importante debe estar sucediendo y me duele no estar enterado, mi curiosidad es un pozo sin fondo —interroga mi compañero sin miramiento alguno.

—Has acertado de lleno. Está sucediendo algo que viene preocupándome años atrás.

—Te refieres —intervengo yo— a algo que ha comenzado y no ha concluido aún, evidentemente.

—Así es. Si me permitís deleitarme un minuto con esta delicia de café os informo detalladamente.

—Faltaría más. —Se apresta a decir mi colega sin una nimiedad de convencimiento, pero a ver qué remedio…, imprescindible frenar la inquietud y esperar.

La respuesta no se hace esperar.

—Visito vuestra geografía, porque me han dicho que durante algunos fines de semana se celebran romerías en muchos pueblos. Me sorprendió sobremanera porque romería es el nombre que se daba a las peregrinaciones de cristianos a Roma, a ellos se les llamaba romeros. Me imaginé cientos de personas por esos caminos de Dios en dirección a Roma.

Con una mirada nos decimos Ciri y yo lo ingenua que puede ser una persona desconocedora de algo.

—Pero… —continúa Cálamus— mis preguntas, como buen informador de acontecimientos importantes, quedaron resueltas en el momento que me invitaron a una de ellas. Se trata, como muy bien sabéis, de peregrinar con una imagen de María la Madre de Jesús, a los que conocí hace años, traída a hombros de personas devotas.

—Así es —interviene Ciri todavía con cara de asombro por la obviedad del visitante.

—Voy a recorrer varios pueblos cercanos e informaré debidamente con mis artículos detallando los eventos.

—En eso quedamos. Pero avísanos cuando vuelvas para estar atentos.

—Eso va a ser difícil, no me gusta escribir mensajes en papel, se gasta mucho dinero y menos en esos aparatos con los que habláis entre vosotros, pienso que va a salir alguien y me morderá la oreja.

La carcajada que damos con tal ocurrencia contagia a los tres vecinos perennes. Nos reponemos porque el plumilla nos hace señales de tranquilidad. No bien estamos callados cuando le oímos decir:

—En mi última visita no concluimos nuestra reunión sin haber tomado unas copas de un licor servido a los dioses.

—¡Por Zeus, Cálamus! ¡Al instante se cumplirá tu voluntad.

Amigos lector y lectora ya sabéis a qué está haciendo mención… Efectivamente a la copita de mistela tomellosera.

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