CAPITULO VIII.- Donde se
cuenta el pálpito de “Plinillo” y el interrogatorio en el cine al cineasta
argentino.
Ramiro, en lo que buscaban los datos solicitados, se sentó frente a su jefe con aire meditativo.
—¿En qué piensa el tomellosero? ¿Qué estás rebinando, como tú dices?
—Pues pensaba yo, jefe, y perdón si aventuro un pálpito como los que tenía mi paisano Plinio, el inventado jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso. ¿No se habrá cepillao el posible sicario al valderroquero, confundiéndole con el hermano gemelo?
—A ver, “Plinillo”, ¿en qué te basas?
—Verá. Al traficante Segundo, gemelo, se la tenían jurá y le venían siguiendo desde Colombia pa ajustarle las cuentas. Llega a Madrid a por la tela del solar, se hospeda en un hotel cerca del aeropuerto. Está allí achantao hasta poco antes de la hora de ir a la notaría. Coge un taxi para que le lleve. Le sigue el sicario. Le espera a la salida. Pero sale ciscao en el coche de su hermano por la calle Hermosilla, dándole esquinazo. El Primitivo sale a pie por Goya tan telendo con su cheque en la cartera; el sicario que no sabe de la gemelidad, le sigue. Ve que se mete en el cine y dice: ¡Esta es la mía! Entra tras de él, se sienta en los asientos de detrás, espera que las luces se apaguen y la película enganche a los pocos mirones que hay y, cuando le parece llegado el momento, por detrás le tapa la boca con una mano y con la otra, de un tajo, le rebana el gañote limpiamente. Espera a que fenezca del to y se sale como si no hubiera roto un plato a cobrar su recompensa.
Y mientras, el americano con el Mercedes arrea a coger el vuelo para volver a las Américas, donde estará ya esperando disfrutar de la pasta de la venta. Claro que eso no lo va a conseguir tan presto con el cheque íntegro, sin poderlo cobrar el hermano liquidao.
—¿Sabes, “Plinillo”, que vas haciendo progresos? No está nada mal pensado, pero no son más que suposiciones, indicios, que habría que demostrar con pruebas. Por cierto, hablando del coche, no me has dado de él más datos que los del hotel. ¿No has preguntado a Tráfico? Interesa saber dónde lo dejó el hermano en el parking del aeropuerto. Llama.
Y del teléfono móvil tendríamos que pedir autorización al juez para acceder a sus llamadas, aunque poco me parece que sacaríamos; lo interesante hubiera sido acceder a las llamadas del de su hermano. Eso lo dejaremos para más adelante.
—Ahora mismo pregunto por el coche, por si acaso —dijo Ramiro.
Bajaron al bar de la esquina a tomar un bocadillo y una cerveza como toda comida, mientras seguían haciendo cábalas sobre los distintos aspectos del caso. Todo eran interrogantes a los que las respuestas habrían de esperar. Tras tomar un par de cafés cargados para combatir el sueño hurtado a la noche anterior, volvieron a comisaría.
Faltaba poco para las cuatro de la tarde cuando Cervera recibió una llamada.
—Soy la taquillera del cine El Descanso. Acaba de sacar entrada para la sala 3 el joven de ayer de la mochila que entró a continuación del que mataron. Estoy segura. Como me ha extrañado, se lo digo.
—Gracias, que el portero discretamente vea dónde está sentado y que por ningún motivo permita que se marche antes de que lleguemos —dijo Cervera.
—¡Ramiro, rápido, que nos vamos al cine!
—Jefe, que no estamos de permiso.
—Que el joven de la mochila que entró detrás de Primitivo ayer y se salió cuando le dio el soponcio a la espectadora ha vuelto a entrar a ver la misma película de ayer. ¿No es raro?
A todo gas, en el coche, salieron hacia el cine. Les esperaba el administrador, que les dirigió hacia la sala 3 y les indicó el lugar que ocupaba el joven. En la sala, en esa primera sesión de la tarde, no habría más de doce personas. La película acababa de comenzar. Estaba sentado en la primera butaca de la izquierda junto al pasillo central, en la fila 10. Cervera y “Plinillo” se dirigieron a él discretamente, se identificaron y le rogaron que los acompañara, lo que el joven, un tanto sorprendido y visiblemente nervioso, realizó. Le condujeron al despacho del administrador.
—¿Puedo saber qué desean de mí, para sacarme de la sala de esta forma? —preguntó el joven.
—Hacerte unas preguntas. Muéstranos tu documentación.
De la mochila sacó el pasaporte que entregó a Ramiro.
—Manuel Alberto de la Cámara Contineau, argentino, de Buenos Aires, veintiocho años…
—¿Qué hace en España y cuánto tiempo lleva?
—Soy graduado por la Facultad de Cinematografía de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires – Argentina. Y estoy realizando aquí un máster en dirección, cine y series de TV en el Centro Universitario de Artes TAI. Llevo en Madrid seis meses.
—¿Dónde vive?
—En un piso con otros tres compañeros, en la calle Alistrón 14, 2º C.
—¿Estuvo ayer en este cine en la sesión de las seis de la tarde, en esta misma sala?
—Sí, señor, más o menos en la misma butaca.
—¿Por qué se salió al poco de empezar la película?
—Estaba pendiente de que me avisara para una entrevista el director del trabajo fin de máster y recibí un guasap suyo citándome a las siete. Me salí para acudir a la cita. Aquí debe estar en el teléfono… Miren, exactamente a las 18,27 —y les mostró el teléfono con el mensaje de Alberto O. P., en el que efectivamente le citaba en su domicilio.
—¿No advirtió nada singular en la sala en el tiempo en que permaneció en ella?
—Bueno, cuando me iba a marchar, una señora mayor empezó a dar gritos como histérica y la sacamos entre unos cuantos. Como estaba atendida, no me pareció que fuera necesaria mi colaboración y, como tenía prisa en llegar a la cita con mi profesor, me marché. ¿Eso es delito aquí?
—No señor, no lo es, pero no es por eso. ¿No se ha enterado de lo que ocurrió en esta sala ayer?
—No sé a qué se refiere.
—Degollaron a un hombre sobre esa hora, unas filas delante de la suya. ¿Usted no vio ni oyó nada?
—En absoluto, es la primera noticia que tengo.
—¿No ha leído la prensa?
—Hoy no, señor. Después de estar con mi director de tesina trabajé hasta tarde y, como me interesa esta película y no la pude ver ayer, he venido esta tarde, pero parece que está gafada, tampoco la voy a poder ver hoy.
—¿Quién es el director de su tesina? ¿Dónde podemos hablar con él?
—Don Alberto Olivares de la Pantalla. Le pueden ver en el Centro o en su domicilio donde estuve con él ayer, en la calle Roma, 174, 3º G, o pueden llamarle al móvil, es el… 678…76, pero aquí tienen el texto del mensaje.
—Está bien. Puede volver a la sala a ver esa película que tanto le interesa.
De nuevo en la comisaría, de la conversación telefónica con el señor Olivares de la Pantalla pudieron comprobar que, efectivamente, el joven de la Cámara Contineau cursaba el máster con aprovechamiento, estuvo con él el día anterior desde las siete hasta casi las diez en su domicilio, al que acudió a su requerimiento por un guasap que le envió a las seis y veintisiete.
—Pues se evaporó tu tesis del sicario, “Plinillo”, al menos con este chaval. Hay que buscar otro o apuntar para otro sitio. Llama al oficial de la notaría y le preguntas cómo iba vestido el tal Segundo; que nos dio sus datos personales y nos dijo que tenía gran parecido con el muerto, pero no le preguntamos ni nos habló de su facha.
—Es verdad, ni de su colonia —comentó “Plinillo”.