CAPÍTULO VII.- Donde se cuenta
el resultado de otras declaraciones
Pasada la una, compareció en comisaría la taquillera Rosario Rodríguez Rueda, de cuarenta y un años, española, natural de Alafuente, con domicilio en Avenida de los Poblados 200, 4º D. Le pareció reconocer a Primitivo en la fotografía que le exhibieron, ya que este llegó sudando y, mientras le despachaba la entrada, se quitó la chaqueta, que era de un traje gris marengo, y la dobló en el brazo, comentando el calor que hacía y que luego, con la refrigeración del cine, se cogían los constipados.
Respecto de otros espectadores, dijo recordar que, tras el supuesto Primitivo, el siguiente era un joven con aspecto y acento hispanoamericano, con camisa blanca y una mochila pequeña de la que sacó el dinero para la entrada de la misma sala y, a continuación, una serie de críos para la película infantil de la sala 1.
Cervera advirtió que el color del traje de Primitivo coincidía con la descripción de la taquillera y tomó nota de las características del siguiente espectador. En ese momento entró Ramiro.
—Jefe, poca cosa nueva de la información del hotel El Tránsito. Primitivo llegó el día anterior, 21, sobre las 14 horas y pidió una habitación individual para dos noches, con salida el día 23, como ya sabíamos. Preguntó si en la habitación había caja de seguridad y le informaron que sí, pero que, si quería, podía depositar lo que fuera en la general del hotel, y el aparcacoches le estacionó el coche en el aparcamiento. Debió parecerle suficiente la caja de seguridad de la habitación porque no bajó nada para guardar. Ah, claro, y que no había vuelto ni liquidado la cuenta del hotel. Les informé que para el cobro iban a tener que esperar un poquejo porque estaba en el Anatómico.
Hablé con el aparcacoches y me dijo que el coche era un Mercedes, gris claro, pero no recordaba la matrícula. Y eso es todico, to.
—Llama al administrador, que te diga cuántos espectadores hubo para cada una de las sesiones y salas, en especial para la 3 en la sesión de las seis.
—Al contao, jefe.
Dos horas después comparecía el portero Pedro Rasga Ponce, sesenta años, de Salamanca, con domicilio en Arroyo de las Pilillas, 163, 4º C, y realizó la siguiente declaración ante el oficial Ramiro González, que la recogió en los siguientes términos:
“Tras enseñarle la fotografía, no reconoció a Primitivo.
Preguntado por su trabajo, informó que cortaba los boletos a la entrada del cine, no ante cada una de las salas; que al terminar cada sesión se encendían las luces para que salieran los de la película terminada y se acomodaran los del siguiente pase.
A la pregunta de si comprobaba él o alguien que cada una de las salas habían sido desalojadas en su totalidad, respondió que lo hacían antes, cuando había acomodadores, pero que ahora estaba solo y con cortar las entradas tenía bastante.
Ante la de si tampoco lo comprobaba al finalizar la última sesión, respondió que no, que ya quedaban la limpiadora y el vigilante nocturno para avisar si alguno se había quedado dormido o rezagado.
A la pregunta de si recordaba que alguien hubiera abandonado el cine antes de terminar alguna de las películas, respondió que no era frecuente, pero que a veces había espectadores que, bien por desagradarles la película o por otros motivos, se salían antes del final.
Preguntado si en la tarde de ayer advirtió que se saliera alguien durante la proyección, respondió que, en la segunda sesión de las seis, a una señora mayor la sacaron, como con un ataque de nervios, muy excitada, de la sala 3, dos o tres hombres y quien decía ser su hija; que le dieron un vaso de agua para que se calmara y que, cuando salió a buscarles un taxi, coincidió con uno que salía.
Al pedirle que precisara todo lo posible de sus características —edad, estatura, pelo, cómo iba vestido, etc.— respondió que era moreno, de unos veintitantos años, de estatura mediana, con vaqueros azules y camisa blanca, y que llevaba una mochila.
A la pregunta de si advirtió en él manchas de algún tipo o estado de agitación, respondió que no”.
—¿Le preguntaste por la hora a que se marchó? —le preguntó, impaciente, Cervera.
“A la pregunta de la hora en que salió el joven, respondió que serían las seis y media, hora a la que aproximadamente atendió, con los otros, a la señora.
A la de qué hicieron la señora, la supuesta hija y los demás que la atendieron, respondió que la señora y la hija marcharon en el taxi, hasta el cual las acompañó, y que de los otros dos hombres que la sacaron no advirtió si volvieron a la sala o se marcharon.
Por último, en cuanto a los datos de los referidos señores, dice no haberse fijado, salvo que uno era más alto que el otro y de edades diferentes; que quien podría decir si salieron o no en ese momento era Eutimio, que pedía a todos los que entraban o abandonaban el cine”.
—¿Quién es ese Eutimio? —indagó el subinspector.
—Voy, jefe.
“A la pregunta de quién era Eutimio, respondió que el susodicho había trabajado de taquillero en el cine hasta que su afición por la bebida determinó su despido, circunstancia que le sumió en la mísera situación en que se encontraba. Que, si bien nunca se apropió de un céntimo de la taquilla, sus violentos arrebatos alcohólicos —que, cuando le daban, eran temibles— y sus ataques de delirium tremens, que le llevaban al hospital por unos días, le impidieron continuar en su trabajo.
Que los dueños y el administrador del cine le toleraban pedir junto a la taquilla, pasar a los servicios a asearse y hacer sus necesidades y pernoctar en el trozo cubierto junto a la reja de la entrada y que, a veces, si estaba más decente y sereno, en las sesiones en que no había mucha gente, le permitían pasar a ver las películas.
Preguntado si en la tarde de ayer estaba pidiendo junto a la taquilla, contestó que sí y que le vio pasar al cine y salir del servicio.
Preguntado a qué hora, respondió que no podía precisar.
Preguntado si antes o después del incidente de la señora, contestó que tampoco recordaba”.
—¿Cuáles son su nombre y apellidos y dónde se le puede localizar? —preguntó Cervera.
Ramiro continuó leyendo la declaración del portero, que a esa pregunta había respondido:
“A Eutimio le apodan ‘Tetrabrik’, porque casi todo lo que saca lo emplea en vino barato así envasado. Los apellidos no los sabe; si se necesitan, los podrá dar el administrador. Y que ya había dicho que suele dormir en la puerta del cine y por las tardes pedir junto a la taquilla. El resto del tiempo no sabe dónde para”.
En ese momento le pasaron los datos de las entradas de las sesiones de ayer.
—¿Le leo todas, jefe? —preguntó Ramiro.
—Las de la sala 3, de la sesión de las seis.
—Dieciséis, y el aforo de la sala es de cincuenta. Aquí tiene el informe completo.
—¿Qué datos tenemos del mellizo americano? —preguntó Cervera.
—Aquí se los traía también y no son muchos ni buenos. De aquí, nada. Lleva más de cuarenta años o cerca fuera de España. Llegó en vuelo desde Bogotá el 21 por la noche y se hospedó en el cercano hotel Los Vuelos. No es trigo limpio. Según la Interpol ha estado involucrado en asuntos de tráfico de drogas en Venezuela y en Colombia.
—A ver si localizan a ese mendigo y que lo traigan. Llama al administrador, que te dé sus apellidos, mira si tiene antecedentes —le ordenó Cervera.
—Jefe, ya había pedido eso mismitico.