La XXXIII Muestra Local de Teatro José María Arcos ya es una
realidad. Este domingo cruzaba la “línea sin retorno” de esta edición con “De
la gaseosa al champán”. Una propuesta tan austera en lo escénico como
demoledora en el fondo. Platea Teatro inauguró este domingo el certamen en un
Teatro Municipal Marcelo Grande que presentó una notable entrada pese a
coincidir con una importante cita futbolística. El público respondió con un
cálido aplauso a un montaje breve, intenso y profundamente incómodo que aborda
la corrupción como un mal enquistado en la condición humana.
Durante la inauguración de la Muestra, la concejala de
Cultura, Inés Losa, acompañada por la teniente de alcalde Eloísa
Perales, recordó sobre el escenario a José Márquez —en un emotivo
momento—, figura muy querida y vinculada durante décadas al teatro local a
través del grupo Airén. La edil destacó su trabajo “por y para los intereses
de la ciudad”, su compromiso con la Hermandad Virgen de las Viñas y su
permanente implicación cultural. Agradeció la concejala presencia de su hijo
José Ángel y su hermana Guadalupe en un acto que definió como “un gesto que
como ciudad le queremos rendir”. El
público guardó un respetuoso minuto de silencio antes de dedicarle un largo
aplauso “de aquí al cielo”.
Un debut en la dirección con pulso y personalidad
La función suponía además el estreno de Raúl Zatón en
la dirección teatral, encargándose también de la adaptación del texto original
de Javier Rey de Sola. Y lo hizo con una propuesta sobria, sin
artificios, dejando que el peso dramático descansara casi por completo en la
interpretación y en la fuerza del texto.
La obra transcurre íntegramente en una celda del ficticio
Centro Penitenciario Marcelo Grande. Sobre las tablas, apenas una litera, una
mesa, dos sillas, un lavabo, un rollo de papel higiénico y un ventanal opaco.
Lo suficiente para construir un universo asfixiante en el que las actrices Pilar
Castillejos y Lorena Pozo sostienen con solvencia su duelo
interpretativo.
En el primer acto, Sara (Pilar Castillejos) y Elena (Lorena
Pozo) comparten encierro y una relación marcada por la dependencia y la
manipulación. Elena, antigua dirigente política, ejerce un dominio cruel sobre
Sara, una mujer frágil y sumisa que solo parece necesitar afecto y un café sobrevivir
emocionalmente. Pero el equilibrio cambia por completo en la segunda parte.
El poder cambia de manos, la corrupción permanece
La obra plantea entonces una inquietante inversión de roles.
Elena pierde la cordura mientras Sara asume el control y reproduce exactamente
los mismos mecanismos de poder que antes padecía. El aprendizaje de la
corrupción se transmite como una herencia inevitable. “Lo bueno de estar en la
cárcel es que no te pueden volver a meter”, llega a afirmar el personaje
convertido ya en nueva “dueña” de la situación.
Con un tono áspero y descorazonador, el montaje lanza una
reflexión incómoda, la corrupción no necesita grandes estructuras para
crecer, solo que alguien mire hacia otro lado. El texto evita moralejas
fáciles y deja flotando la idea perturbadora de que el poder corrompe porque
forma parte de la propia naturaleza humana.
Tras el oscuro desenlace, el público premió con una larga
ovación el trabajo de las dos intérpretes y del equipo artístico, que salió al
completo a saludar sobre el escenario.
La escenografía de la función llevó la firma de Justo
Jiménez; el sonido fue responsabilidad de Sergio Izquierdo; la
imagen y diseño gráfico correspondieron a José Antonio J. López; el
vestuario fue obra de Antonio Olmo y el control técnico estuvo a cargo
de Noelia Salinas. Todo ello bajo la dirección, adaptación, iluminación
y puesta en escena de Raúl Zatón.
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Lunes, 11 de Mayo del 2026
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