Opinión

Pepe Carretero nos abre su vida para mostrarnos la nuestra

Francisco Navarro | Sábado, 16 de Mayo del 2026
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Con la edad, con el inexorable paso del tiempo, nos vamos dando cuenta de que la frase de Philip Roth que destapa el preámbulo de “La vida abierta” es una terrible verdad. El cuerpo tiene más memoria que el cerebro. El cuerpo no olvida, es como el memorioso Funes de Borges. Ahí quedan los infinitos cardenales de la vida como prueba, como testigo, como esos tatuajes del protagonista de Memento. Pero nuestras células también recuerdan las caricias, los besos, los abrazos, el amor, la felicidad… El cuerpo recuerda, enseña, certifica… el cerebro nos engaña, nos despista, nos da lo que queremos por medio de una tramposa e idealizada fata Morgana.

Y de eso trata “La vida abierta” —Pepe Carretero no la entendería de otro modo, sería abierta, a borbotones o no sería vida—, de las marcas, buenas y malas, pero nunca indiferentes, que la existencia ha ido dejando al artista durante los últimos quince años. Un libro que —a pesar del troleo del autor cuando me lo presentó— te mantiene atento, expectante, empático. El lector se reconoce en los versos del poeta, en mil y una situaciones, en la pérdida, en el amor, en el desamor, en la soledad, en el valor de la amistad.

Pepe Carretero pinta y escribe de manera autobiográfica. Retrata lo que vive, lo que tiene al lado, lo cotidiano. Y, como los grandes artistas, lo convierte en universal. Todos —de una u otra forma— nos vemos en su obra. En esa minuciosa y virtuosa relación de acontecimientos que trasciende de lo íntimo a lo absoluto… y nos pellizca.

Y eso es “La vida abierta”: el acta poética de tres lustros; la melancolía por el tiempo que pasa iluminada por los versos de Pepe. Los recuerdos que lo envejecen; las periódicas y necesarias recapitulaciones; la generosidad del poeta; los lugares donde ha estado y una suerte de testamento confluyen en el breve pero denso poemario.

Canta Carretero que “justo ahora” descubre que la felicidad es “ver el sol cayendo, tiñendo de amarillo los edificios” ¡Ay! Si supiésemos esas cosas antes y no en la madurez, “AHORA, cómo explicas que se me caigan los objetos de las manos”. De saberlo no habríamos perdido tanto tiempo “buscando destellos a la vida que no para de engañarnos con efímeras circonitas”. Pero, “¡Qué rápido ha pasado todo!”, recuerda que le dijo su padre.

Pepe es generoso. A pesar de todas las decepciones, de todos los pelos en la gatera, sigue siendo desprendido. Con su arte y con su manera de entender la vida. Si fuese mezquino con ella no sería Pepe Carretero. Y es por eso que ofrece el libro a Villy (“por más de quince años”) … y dedica poemas a Jesús Encinar, María y Carmen López, a Mariví, a su padre, a Quientin, a su abuelo José a su amigo Pedro Cristóbal, a Chus y Juanjo, a los que le abrazaron, a Nuria Moraga, a su madre y a Lip Lipton.

Y ese altruismo lo tiene con las ciudades que lo han deslumbrado, como su Madrid. Un lugar que no pregunta, surrealista —es necesario un trampantojo artístico para resistir en la urbe—, como de Dámaso Alonso, de maravillosos ocasos, o excesivas cabezas. Un lugar en el que «Me paso la vida protegiéndome / Me paso la vida suplicando que me quieran. / Me paso la vida de espaldas a la calle. / Des espaldas a la vida». Pero donde, a la vez, el poeta es dichoso a ratos: «No hay semáforos ni luces refractarias que alumbren más que esa felicidad de cuando el amigo llega».

Tomelloso eterno e inamovible: el anhelado y levítico tren a Cinco Casas con su abuelo José o el deslumbrante Teatro Cervantes. Tánger, «en la hora en la que los perros se enzarzan en conversaciones». México, distrito federal, durante una tormenta «donde me encuentro acompañado tan solo de los muertos». Manila, en Filipinas, que amanece «maquillada de mujer que nunca duerme». L’Escala, «donde el cielo escupe la claridad argenta». Y de Cádiz aprendió el poeta que «Quien no tiene pasado no vive en ninguna parte».

Y al final, la vejez. Y Pepe se mantiene irreductible… no podría ser de otra manera «” Lo peor es la vejez” —me repetían—/ (y sospecho que lo peor aún está por llegar…) / así que no me importaría cometer los mismos errores:/ ser ese estúpido enamoradizo lleno de rencor, /que ni por asomo se descuelga de sus veinte años.»

Presentó Pepe Carretero “La vida abierta (1999-2015)” este viernes en el Museo López Villaseñor de Ciudad Real. Un libro editado por la Biblioteca de Autores Manchegos, con el número 117 de la colección Ojo de Pez. A continuación, se inauguraba en el mismo espacio la exposición “Alrededor de un jardín. Bodegones y flores”.

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