Con la edad, con el inexorable paso del tiempo, nos vamos
dando cuenta de que la frase de Philip Roth que destapa el preámbulo de “La
vida abierta” es una terrible verdad. El cuerpo tiene más memoria que el
cerebro. El cuerpo no olvida, es como el memorioso Funes de Borges. Ahí quedan
los infinitos cardenales de la vida como prueba, como testigo, como esos
tatuajes del protagonista de Memento. Pero nuestras células también recuerdan
las caricias, los besos, los abrazos, el amor, la felicidad… El cuerpo
recuerda, enseña, certifica… el cerebro nos engaña, nos despista, nos da lo que
queremos por medio de una tramposa e idealizada fata Morgana.
Y de eso trata “La vida abierta” —Pepe Carretero no la
entendería de otro modo, sería abierta, a borbotones o no sería vida—, de las
marcas, buenas y malas, pero nunca indiferentes, que la existencia ha ido
dejando al artista durante los últimos quince años. Un libro que —a pesar del
troleo del autor cuando me lo presentó— te mantiene atento, expectante,
empático. El lector se reconoce en los versos del poeta, en mil y una situaciones,
en la pérdida, en el amor, en el desamor, en la soledad, en el valor de la
amistad.
Pepe Carretero pinta y escribe de manera autobiográfica.
Retrata lo que vive, lo que tiene al lado, lo cotidiano. Y, como los grandes
artistas, lo convierte en universal. Todos —de una u otra forma— nos vemos en
su obra. En esa minuciosa y virtuosa relación de acontecimientos que trasciende
de lo íntimo a lo absoluto… y nos pellizca.
Y eso es “La vida abierta”: el acta poética de tres lustros;
la melancolía por el tiempo que pasa iluminada por los versos de Pepe. Los
recuerdos que lo envejecen; las periódicas y necesarias recapitulaciones; la
generosidad del poeta; los lugares donde ha estado y una suerte de testamento
confluyen en el breve pero denso poemario.
Canta Carretero que “justo ahora” descubre que la felicidad
es “ver el sol cayendo, tiñendo de amarillo los edificios” ¡Ay! Si supiésemos
esas cosas antes y no en la madurez, “AHORA, cómo explicas que se me caigan los
objetos de las manos”. De saberlo no habríamos perdido tanto tiempo “buscando destellos
a la vida que no para de engañarnos con efímeras circonitas”. Pero, “¡Qué
rápido ha pasado todo!”, recuerda que le dijo su padre.
Pepe es generoso. A pesar de todas las decepciones, de todos
los pelos en la gatera, sigue siendo desprendido. Con su arte y con su manera
de entender la vida. Si fuese mezquino con ella no sería Pepe Carretero. Y es
por eso que ofrece el libro a Villy (“por más de quince años”) … y dedica
poemas a Jesús Encinar, María y Carmen López, a Mariví, a su padre, a Quientin,
a su abuelo José a su amigo Pedro Cristóbal, a Chus y Juanjo, a los que le
abrazaron, a Nuria Moraga, a su madre y a Lip Lipton.
Y ese altruismo lo tiene con las ciudades que lo han
deslumbrado, como su Madrid. Un lugar que no pregunta, surrealista —es
necesario un trampantojo artístico para resistir en la urbe—, como de Dámaso
Alonso, de maravillosos ocasos, o excesivas cabezas. Un lugar en el que «Me
paso la vida protegiéndome / Me paso la vida suplicando que me quieran. / Me
paso la vida de espaldas a la calle. / Des espaldas a la vida». Pero donde, a
la vez, el poeta es dichoso a ratos: «No hay semáforos ni luces refractarias
que alumbren más que esa felicidad de cuando el amigo llega».
Tomelloso eterno e inamovible: el anhelado y levítico tren a
Cinco Casas con su abuelo José o el deslumbrante Teatro Cervantes. Tánger, «en
la hora en la que los perros se enzarzan en conversaciones». México, distrito
federal, durante una tormenta «donde me encuentro acompañado tan solo de los
muertos». Manila, en Filipinas, que amanece «maquillada de mujer que nunca
duerme». L’Escala, «donde el cielo escupe la claridad argenta». Y de Cádiz
aprendió el poeta que «Quien no tiene pasado no vive en ninguna parte».
Y al final, la vejez. Y Pepe se mantiene irreductible… no
podría ser de otra manera «” Lo peor es la vejez” —me repetían—/ (y sospecho
que lo peor aún está por llegar…) / así que no me importaría cometer los mismos
errores:/ ser ese estúpido enamoradizo lleno de rencor, /que ni por asomo se
descuelga de sus veinte años.»
Presentó Pepe Carretero “La vida abierta (1999-2015)” este
viernes en el Museo López Villaseñor de Ciudad Real. Un libro editado por la
Biblioteca de Autores Manchegos, con el número 117 de la colección Ojo de Pez.
A continuación, se inauguraba en el mismo espacio la exposición “Alrededor de
un jardín. Bodegones y flores”.
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