El refrán en sí no es el que encabeza este
artículo de opinión, sino éste otro: Por la caridad entró la peste. Se gestó en
la Edad Media, a mediados del siglo XIV, a consecuencia de una mortífera
epidemia que se le llamó la “peste negra” y que diezmó a gran parte de la
población de Europa. Entre 25 y 30 millones de personas murieron,
un tercio de la población europea. La frase encierra un contenido negativo
hacia la ayuda de quien lo pueda necesitar en situaciones muy vulnerables. Y la
caridad está asociada preferentemente al cristianismo en Europa y América, si
bien similares conceptos de la ayuda al prójimo se recogen también en otras
religiones.
La
primera vez que la escuché fue en boca de una compañera de trabajo, a raíz de
la aparición de otro virus, el ébola. Dos religiosos españoles se contagiaron en Liberia, trasladados a España no
prosperaron los tratamientos y murieron. El contagio de una enfermera y de su
perro, que tuvo que ser sacrificado para evitar extender el virus, crearon una
corriente de opinión contraria a tener que ser asistidos en España.
La
alarma sanitaria internacional ha vuelto a saltar en estos días pasados, y se
mantiene vigente actualmente, al detectarse en el crucero “MV Hondius” un brote
de hantavirus. Los datos actuales por la Organización Mundial de la Salud
confirman 11 casos en todo el mundo con el resultado de 3 fallecidos. Parece
que un nuevo riesgo de pandemia es improbable.
Sin
embargo, una cierta connotación insolidaria se ha percibido en parte de la
opinión pública; la pandemia sufrida hace poco más de un lustro todavía tiene
huella imborrable. Tanto es así que el presidente de la Organización Mundial de
la Salud se dirigió a los tinerfeños por carta para tranquilizarles, precisando
que fue él quien pidió al gobierno español permitir la entrada del crucero por las
Islas Canarias, para materializar lo
dispuesto en el Reglamento Internacional, “que obliga a identificar el puerto
más cercano con capacidad médica suficiente”, y efectuar la repatriación de los
turistas de diferentes nacionalidades.
Conocemos
que los primeros portadores del virus fue un matrimonio neerlandés, que lo
pudieron contraer en su visita a zonas andino-patagónicas de Uruguay, Chile y
Argentina. Una vez embarcados en el crucero “MV Hondius” se produjeron los
contagios con personal a bordo. El vicepresidente de la Sociedad Española de
Epidemiología, Pello Latasa, advierte que los cruceros, “por ser espacios
cerrados y concurridos facilitan condiciones para la transmisión de
enfermedades contagiosas, especialmente de carácter respiratorio o digestivo”.
No
seré yo quien se muestre contrario al afán del ser humano de experimentar
nuevas experiencias en otros entornos naturales, apasionarse por visitas, aventuras
y exploraciones a lugares exóticos y poco transitados; pero sí es un hecho
innegable que éste es un principal factor para que nuevas “pestes” adquieran un
letal protagonismo en el ser humano, el cual, como viene demostrándose
desgraciadamente, sigue siendo muy vulnerable al mundo animal, como demuestra
que el excremento de un roedor sea capaz de poner en alerta la salud de muchos.
¿Y
qué argumentar en favor de la caridad? No hay más que atenerse a la historia. En
Europa y en otras partes del mundo gracias al cristianismo se crearon los
primeros hospitales; muchos pobres siguen siendo acogidos en comedores,
orfanatos y recibiendo diversas asistencias sanitarias. Gracias a los
monasterios, iglesias y universidades cristianas se pudo conservar el gran
legado cultural en tiempo de invasiones. Siempre hay un ejército abnegado en
vanguardia en las guerras, hambrunas y desastres naturales. Podríamos seguir
repasando la historia, pero llega el momento de la conclusión: la caridad, como
muestra de amor al prójimo persistirá, gracias a Dios, mientras el mundo siga
siendo mundo.
José
Vte. Cepeda Plaza
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Lunes, 18 de Mayo del 2026
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