Opinión

El aprendizaje memorístico en la era de la I.A.

Bernardo Fernández-Pacheco | Miércoles, 20 de Mayo del 2026
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La enciclopedia fue durante décadas el emblema del aprendizaje memorístico. Una representación modélica de un currículo cerrado y organizado en bloques de conocimientos. Los alumnos  debían aprender esos contenidos y, generalmente, lo hacían memorizándolos; es decir, tenían que retener y saber repetir literalmente lo que allí estaba escrito.

El viejo debate sobre el valor y la importancia de desarrollar la capacidad de memorizar (en la escuela y también fuera de ella) ha cobrado una renovada dimensión con la irrupción de la inteligencia artificial. La pregunta clave sería: ¿Podemos prescindir del esfuerzo de retener datos en la memoria ahora que toda la información está disponible en el más pequeño smartphone?

A lo largo del siglo XX, numerosos movimientos pedagógicos han venido desaconsejando “aprender de memoria”, interpretando que ese tipo de aprendizaje no favorecía la comprensión y, mucho menos, la aparición del pensamiento formal, personal y crítico. Y al estar relacionadas estas últimas capacidades con los objetivos de la educación, se veía en el memorismo al enemigo a quien había que desterrar del sistema educativo.

En las últimas décadas, las leyes educativas que rigen en nuestro país influidas por esas mismas corrientes pedagógicas y sin tener en consideración la opinión de los docentes, con el lógico y considerable desconcierto de estos han puesto el énfasis en la importancia de enseñar procedimientos y dotar al alumnado de “competencias”, denostando al aprendizaje memorístico y relegándolo a un lugar más que secundario. Afortunadamente, en los centros de enseñanza se ha seguido haciendo uso de la memorización, aunque no con el cuidado y el esmero que esos procesos requerirían, ya que cada maestro y cada profesor asesoran y aconsejan a los alumnos, cuyo aprendizaje dirigen según su propia experiencia, sin tener en consideración las aportaciones de la Psicología, traducidas en metodología didáctica diferenciada para cada materia.

La generalización del uso del ordenador y, más recientemente, el fácil acceso a la IA vuelve a poner en el candelero un debate que no había llegado a superarse; pues en un mundo donde la información que pudiéramos necesitar se encuentra fácilmente en internet (fuera del individuo), parecería lógico suponer que el aprendizaje memorístico debería ocupar un lugar residual o incluso desaparecer de las prácticas a las que se someten a los estudiantes.

El debate, como tantos otros relacionados con la educación,  sigue siendo farragoso  y no termina de aportar una clara conclusión. Le afecta un problema generalizado en este tipo de cuestiones: la ambigüedad e imprecisión de los términos que se utilizan en el mismo. En este caso, se suelen confundir la frontera es muy sutil memorización con aprendizaje repetitivo o mecanicista, lo que da lugar a todo tipo de prejuicios.

Defender la necesidad de memorizar es algo tan sencillo como reconocer que el ser humano necesita disponer una base suficiente de conocimientos acumulados, y que son estos los que le permiten realizar las funciones más específicas del pensamiento: reflexionar, asociar, analizar, enjuiciar, crear, etc. Funciones que, sin la debida información acumulada, no sería posible llevarlas a cabo.

Más aún, el simple ejercicio de aprender por repetición mecánica no sería algo negativo en sí mismo. Memorizar un poema, un papel de teatro, un listado de números significativos o las fechas más relevantes de la historia de nuestro país, por ejemplo, no afecta negativamente a ninguna facultad intelectual, al contrario; aunque el esfuerzo y la dedicación que exige esa tarea (repetir con exactitud un determinado contenido) cuando no está relacionada con un objetivo que le dé sentido, deja de ser algo razonable. Pero esa conexión contenido-objetivo depende de factores y variables externos, generalmente ajenos al individuo que aprende.

Las escuelas coránicas, por ejemplo, están especializadas en el aprendizaje sistemático y literal del Corán. En la cultura musulmana, saber de memoria párrafos enteros de ese libro es algo valioso que justificaría plenamente el esfuerzo de llevarlo a cabo. De ahí su razón de ser.

Del mismo modo, en algunas de las oposiciones españolas para acceder a puestos relacionados con la legislación (judicatura, notarías, registros, etc.) los opositores “cantan” lo temas de los que van a ser examinados; es decir, realizan el esfuerzo memorístico de aprender las leyes tal y como están redactadas, porque se ha venido considerando como positivo que estos altos funcionarios dispongan de esa información en su propio almacén de datos.

Justificar qué contenidos son recomendables para memorizar es una cosa y negar la utilidad de la memorización es otra bien distinta. Para llegar a comprender es imprescindible retener información. Sin conocimientos adquiridos, no es posible relacionar conceptos, acceder a nuevos significados o ejercer la crítica. Este es el quid de la cuestión. En otras palabras, en la actualidad, la presencia de la IA no implica renunciar el ejercicio memorístico ni lo excusa. La necesidad de poseer datos para el desarrollo del pensamiento en todas sus dimensiones sigue siendo tan imprescindible como lo era antes, como lo ha sido siempre.

La capacidad de memorizar es inherente al hombre, se potencia con el lenguaje y puede tener diferentes dimensiones. Limitarla implicaría renunciar a un valiosísimo instrumento intelectual. Una adecuada intervención pedagógica ha de traducirse precisamente en favorecer esos aprendizajes; es decir, desarrollar las técnicas más eficaces para aprender datos con la mayor rapidez y facilidad, no la de evitarlos.

En este sentido, la irrupción de la IA nada debería cambiar. Memorizar sigue siendo imprescindible. La cuestión debe centrase en QUÉ es lo que merece la pena memorizar. Pero esa elección depende de los intereses sociales y culturales de cada entorno o de cada comunidad.

Desde tiempo inmemorial se sabe que aprender está estrechamente relacionado con repetir y que hay formas especialmente eficaces de hacer uso de la repetición. La historia de la humanidad está plagada de experiencias. Y también se sabe que hay sujetos que retienen mejor los estímulos visuales, mientras que otros lo hacen con los auditivos y que, en general, el dominio del lenguaje facilita reglas o estrategias que permiten memorizar con más facilidad.

Retener – Comprender – Criticar son los tres elementos claves en el proceso de conocimiento. Forman un todo y son inseparables. La ausencia de alguna de estas fases hace que el acceso al saber sea imposible o quede incompleto. Retener información implica memorizar, disponer de los datos necesarios para poder reflexionar. Comprender supone descifrar y también asociar, relacionar nuevos contenidos con otros que ya se poseen. Criticar pone en juego la capacidad de analizar, valorar y desarrollar el juicio propio.

Seguramente porque se trata de una función primordial para adaptarse al medio, la capacidad de memorizar ha sido clave en la filogénesis (desarrollo de la especie humana) y también lo es en los procesos de ontogénesis (desarrollo de cada individuo). Y así se pone de relieve cuando las facultades intelectuales merman o se deterioran a consecuencia de la edad o debido a procesos orgánicos incapacitantes (la demencia senil o el alzheimer). Por tanto, la respuesta al debate sobre si es conveniente promover la memorización, en estos tiempos de admiración y veneración de la IA,  no debe ser otra que un rotundo SÍ.

La IA aporta nuevos horizontes en el plano del uso de la información y la formación educativa. Se trata de algo evidente que no admite discusión. Sin embargo, su presencia e incluso su uso generalizado no suponen una alternativa radical que afecte a las formas de aprendizaje más tradicionales.

Aunque quizás deberíamos decir que aún no, pues resulta obvio que estamos solo en los albores de una revolución que ya ha transformado los procedimientos habitualmente dirigidos a disponer de información e incluso que facilita la elaboración de nuevos contenidos o  la búsqueda de soluciones para problemas complejos. Resulta más que predecible, pues, que el desarrollo y la evolución de tecnologías relacionadas con la IA no dejarán de crecer. Se intuye que en el futuro esas herramientas externas podrán ser integradas, de un modo u otro, en el bagaje particular de cada individuo. Y en ese futuro no tan lejano volverá a tener sentido  plantear de nuevo el debate. Pero incluso en esas circunstancias, renunciar al desarrollo de la capacidad de memorizar datos de manera personal y autónoma seguiría siendo un lamentable error. Memorizar es conveniente y necesario.

Por utilizar un símil burdo (aunque creemos que es meridianamente esclarecedor): disponer de medios de transporte y locomoción no implica que el ser humano deje de andar y de correr con sus propias piernas.

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