La enciclopedia fue durante décadas el
emblema del aprendizaje memorístico. Una representación modélica de un
currículo cerrado y organizado en bloques de conocimientos. Los alumnos debían aprender esos contenidos y,
generalmente, lo hacían memorizándolos; es decir, tenían que retener y saber
repetir literalmente lo que allí estaba escrito.
El viejo debate sobre el valor y la importancia de
desarrollar la capacidad de memorizar (en la escuela y también fuera de ella)
ha cobrado una renovada dimensión con la irrupción de la inteligencia
artificial. La pregunta clave sería: ¿Podemos prescindir del esfuerzo de
retener datos en la memoria ahora que toda la información está disponible en el
más pequeño smartphone?
A lo largo del siglo XX, numerosos
movimientos pedagógicos han venido desaconsejando “aprender de memoria”,
interpretando que ese tipo de aprendizaje no favorecía la comprensión y, mucho
menos, la aparición del pensamiento formal, personal y crítico. Y al estar
relacionadas estas últimas capacidades con los objetivos de la educación, se
veía en el memorismo al enemigo a quien había que desterrar del sistema
educativo.
En las últimas décadas, las leyes educativas que rigen
en nuestro país ―influidas
por esas mismas corrientes pedagógicas y sin tener en consideración la opinión
de los docentes, con el lógico y considerable desconcierto de estos― han puesto el énfasis en la importancia de enseñar
procedimientos y dotar al alumnado de “competencias”, denostando al aprendizaje
memorístico y relegándolo a un lugar más que secundario. Afortunadamente, en
los centros de enseñanza se ha seguido haciendo uso de la memorización, aunque
no con el cuidado y el esmero que esos procesos requerirían, ya que cada
maestro y cada profesor asesoran y aconsejan a los alumnos, cuyo aprendizaje
dirigen según su propia experiencia, sin tener en consideración las
aportaciones de la Psicología, traducidas en metodología didáctica diferenciada
para cada materia.
La generalización del uso del
ordenador y, más recientemente, el fácil acceso a la IA vuelve a poner en el
candelero un debate que no había llegado a superarse; pues en un mundo donde la
información que pudiéramos necesitar se encuentra fácilmente en internet (fuera
del individuo), parecería lógico suponer que el aprendizaje memorístico debería
ocupar un lugar residual o incluso desaparecer de las prácticas a las que se
someten a los estudiantes.
El debate, como tantos otros
relacionados con la educación, sigue
siendo farragoso y no termina de aportar
una clara conclusión. Le afecta un problema generalizado en este tipo de
cuestiones: la ambigüedad e imprecisión de los términos que se utilizan en el
mismo. En este caso, se suelen confundir ―la frontera es muy sutil― memorización con aprendizaje repetitivo o
mecanicista, lo que da lugar a todo tipo de prejuicios.
Defender la
necesidad de memorizar es algo tan sencillo como reconocer que el ser humano
necesita disponer una base suficiente de conocimientos acumulados, y que son
estos los que le permiten realizar las funciones más específicas del
pensamiento: reflexionar, asociar, analizar, enjuiciar, crear, etc. Funciones
que, sin la debida información acumulada, no sería posible llevarlas a cabo.
Más
aún, el simple ejercicio de aprender por repetición mecánica no sería algo
negativo en sí mismo. Memorizar un poema, un papel de teatro, un listado de
números significativos o las fechas más relevantes de la historia de nuestro
país, por ejemplo, no afecta negativamente a ninguna facultad intelectual, al
contrario; aunque el esfuerzo y la dedicación que exige esa tarea (repetir con
exactitud un determinado contenido) cuando no está relacionada con un objetivo
que le dé sentido, deja de ser algo razonable. Pero esa conexión
contenido-objetivo depende de factores y variables externos, generalmente
ajenos al individuo que aprende.
Las escuelas coránicas, por ejemplo,
están especializadas en el aprendizaje sistemático y literal del Corán. En la
cultura musulmana, saber de memoria párrafos enteros de ese libro es algo valioso
que justificaría plenamente el esfuerzo de llevarlo a cabo. De ahí su razón de
ser.
Del mismo modo, en algunas de las
oposiciones españolas para acceder a puestos relacionados con la legislación
(judicatura, notarías, registros, etc.) los opositores “cantan” lo temas de los
que van a ser examinados; es decir, realizan el esfuerzo memorístico de
aprender las leyes tal y como están redactadas, porque se ha venido
considerando como positivo que estos altos funcionarios dispongan de esa
información en su propio almacén de datos.
Justificar qué contenidos son
recomendables para memorizar es una cosa y negar la utilidad de la memorización
es otra bien distinta. Para llegar a comprender es imprescindible retener
información. Sin conocimientos adquiridos, no es posible relacionar conceptos,
acceder a nuevos significados o ejercer la crítica. Este es el quid de la cuestión. En otras palabras,
en la actualidad, la presencia de la IA no implica renunciar el ejercicio
memorístico ni lo excusa. La necesidad de poseer datos para el desarrollo del
pensamiento en todas sus dimensiones sigue siendo tan imprescindible como lo
era antes, como lo ha sido siempre.
La capacidad de memorizar es
inherente al hombre, se potencia con el lenguaje y puede tener diferentes
dimensiones. Limitarla implicaría renunciar a un valiosísimo instrumento
intelectual. Una adecuada intervención pedagógica ha de traducirse precisamente
en favorecer esos aprendizajes; es decir, desarrollar las técnicas más eficaces
para aprender datos con la mayor rapidez y facilidad, no la de evitarlos.
En este sentido, la irrupción de la
IA nada debería cambiar. Memorizar sigue siendo imprescindible. La cuestión
debe centrase en QUÉ es lo que merece la pena memorizar. Pero esa elección
depende de los intereses sociales y culturales de cada entorno o de cada
comunidad.
Desde tiempo inmemorial se sabe que
aprender está estrechamente relacionado con repetir y que hay formas
especialmente eficaces de hacer uso de la repetición. La historia de la
humanidad está plagada de experiencias. Y también se sabe que hay sujetos que
retienen mejor los estímulos visuales, mientras que otros lo hacen con los
auditivos y que, en general, el dominio del lenguaje facilita reglas o
estrategias que permiten memorizar con más facilidad.
Retener – Comprender – Criticar son
los tres elementos claves en el proceso de conocimiento. Forman un todo y son
inseparables. La ausencia de alguna de estas fases hace que el acceso al saber
sea imposible o quede incompleto. Retener información implica memorizar,
disponer de los datos necesarios para poder reflexionar. Comprender supone
descifrar y también asociar, relacionar nuevos contenidos con otros que ya se
poseen. Criticar pone en juego la capacidad de analizar, valorar y desarrollar
el juicio propio.
Seguramente porque se trata de una
función primordial para adaptarse al medio, la capacidad de memorizar ha sido
clave en la filogénesis (desarrollo de la especie humana) y también lo es en
los procesos de ontogénesis (desarrollo de cada individuo). Y así se pone de
relieve cuando las facultades intelectuales merman o se deterioran a
consecuencia de la edad o debido a procesos orgánicos incapacitantes (la
demencia senil o el alzheimer). Por tanto, la respuesta al debate sobre si es
conveniente promover la memorización, en estos tiempos de admiración y
veneración de la IA, no debe ser otra
que un rotundo SÍ.
La IA aporta nuevos horizontes en el
plano del uso de la información y la formación educativa. Se trata de algo
evidente que no admite discusión. Sin embargo, su presencia e incluso su uso
generalizado no suponen una alternativa radical que afecte a las formas de
aprendizaje más tradicionales.
Aunque quizás deberíamos decir que aún no, pues
resulta obvio que estamos solo en los albores de una revolución que ya ha
transformado los procedimientos habitualmente dirigidos a disponer de
información e incluso que facilita la elaboración de nuevos contenidos o la búsqueda de soluciones para problemas
complejos. Resulta más que predecible, pues, que el desarrollo y la evolución
de tecnologías relacionadas con la IA no dejarán de crecer. Se intuye que en el
futuro esas herramientas externas podrán ser integradas, de un modo u otro, en
el bagaje particular de cada individuo. Y en ese futuro ―no tan lejano― volverá a tener sentido plantear de nuevo el debate. Pero incluso en
esas circunstancias, renunciar al desarrollo de la capacidad de memorizar datos
de manera personal y autónoma seguiría siendo un lamentable error. Memorizar es
conveniente y necesario.
Por utilizar un símil burdo (aunque creemos que es
meridianamente esclarecedor): disponer de medios de transporte y locomoción no
implica que el ser humano deje de andar y de correr con sus propias piernas.
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