“Pongamos
espíritu observante, no permanezcamos indiferentes ni seamos pasivos, ya que
produce un inmenso dolor pensar que la biosfera nos hable mientras la humanidad
no escucha, llegando a romper esa alianza originaria entre Creador y criatura
perecedera”.
Es tiempo de ejercer la contemplativa, de adentrarnos en
todo aquello que nos rodea, para reconocernos parte del mismo tronco viviente;
lo que nos demanda como seres pensantes que somos, a reforzar el diálogo entre
nosotros, porque el desafío ambiental que anidamos, y sus raíces humanas, nos
afectan y nos impactan a todos. Tanto es así, que, si la biodiversidad sufre,
la humanidad también. Indudablemente, los recursos biológicos son los pilares
que sustentan las civilizaciones. Respetémonos, pues. El hábitat se doblega,
obedeciéndolo. Comencemos por acariciar con nuestra mirada, esas aguas
cristalinas tantas veces contaminadas por el género humano, verdaderamente en impureza;
o, esos bosques amenazados por la deforestación, altamente errados.
Sea como fuere, en un orbe en el cual todo está
interconectado, no destruyamos los vínculos naturales, trabajemos con la mente
y el espíritu para reconstruirlos. Hagámoslo, asimismo, superando el
egocentrismo que nos gobierna y degustando lo caritativo de esa belleza
compartida, que es lo que en realidad nos injerta viva coexistencia y
consistencia benigna. No olvidemos tampoco que la salud de nuestro planeta
juega un papel vital en la aparición de enfermedades transmisibles entre
animales y humanos. En consecuencia, a medida que continuamos invadiendo
ecosistemas frágiles, nos ponemos en contacto cada vez más con la fauna
silvestre, lo que permite que los patógenos se extiendan al ganado y a los individuos.
A todos los ojos, siempre hay un libro abierto, el del
entorno por el que nos movemos. Forjémoslo a corazón abierto. Pongamos espíritu
observante, no permanezcamos indiferentes ni seamos pasivos, ya que produce un
inmenso dolor pensar que la biosfera nos hable mientras la humanidad no
escucha, llegando a romper esa alianza originaria entre Creador y criatura
perecedera. Precisamente, es este endiosamiento mundano actual, que ha puesto
al dinero y al dominio del poder a cualquier precio, como bien supremo, lo que
nos está dejando sin conciencia y nos conduce a la catástrofe; a un caos
climático sin precedentes, en parte debido a la contaminación y a la
explotación despiadada de la tierra, los océanos y el agua dulce. Sin duda, los
resultados son demoledores, para todo proceder.
Nadie estamos a salvo del colapso antinatural. Sólo hay que
advertir que nuestra propia actividad humana, continúa alterando hasta un 75%
el medio terrestre y el marino en un 66%; y que un millón de especies de
animales y vegetales se hallan en peligro de extinción. Nos alegra, por
consiguiente, que el Plan de Naciones Unidas aliente y active medidas para
restaurar y conservar lo que realmente nos genera néctar viviente. También el
gozo se hace mayor, cuando ves que los gobiernos además toman iniciativas, movilizando
fondos y subsanando las deficiencias de capacidad que frenan el bienestar con
sus avances. Y, aún el regocijo es más sublime, cuando se percibe, la
implicación del ciudadano como tal, en la red saludable existencial que
sustenta a la sociedad.
La vida y nuestra singular genealogía, lo manifiestan de
hecho, al no poder ser nosotros mismos sin el otro y sin los otros. En
realidad, nada debe ser excluido, porque todo está íntimamente relacionado. A
mi juicio, hoy más que nunca, hace falta trabajar unidos para detener e
invertir en la pérdida de la heterogeneidad orgánica, de manera que la
ciudadanía y la naturaleza prosperen juntas. Esto nos requiere identificar
nuevos paradigmas pedagógicos para promover en los procesos educativos, el
diálogo entre los saberes diversos, contribuyendo a que crezca el afán al
cultivo del cuidado a través del amor de amar amor. Así es como nos
embellecemos, pasando de los males o de las maldades a valores o bondades, que
se hacen virtud. Lógicamente, ¡una persona buena, es un bien colectivo!
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