“El
que todos podamos florecer, exige una corresponsabilidad valiente de que el
sentido humano prevalezca sobre el interés frívolo, pero también un
discernimiento cooperante de persistir caritativos; tanto para poder
interpretar las dinámicas de la globalización, como para poder inspirar un
orden internacional más justo y pacífico”.
La humanidad requiere humanizarse, permanecer en su propia
identidad de ser humano, no endiosarse y mucho menos aún mercantilizarse, pues
no hay mayor riqueza que volver a ser el verso níveo reencontrado consigo
mismo, en su propio tronco místico, que es lo que realmente nos da vida y nos
hace ser lo que somos, amor y nada más. Sin duda, nuestra primera misión es
dejar de engañarnos, eclipsados por un mundo cada vez más inhumano, que no
entiende nada más que de poseer y tener; cuando lo vital, radica en darse y en donarse.
Ahí reside el verdadero avance humanitario de la solidaridad, en un corazón
abierto al otro, con una mente que sabe escuchar, en continuo diálogo para
reducir preocupaciones y afianzar vínculos que repueblen lazos de comunión y
comunidad.
Por otra parte, la realidad es la que es, o bien nos
movemos entre alborotos o en letargos.
Sea como fuere, no es nada fácil mantenerse con el espíritu humano en
una época de contrariedades manifiestas, donde la falsedad es el abecedario
universal y la ley de la selva está resurgiendo por doquier. Olvidamos que
todos nos requerimos, al formar parte de una concurrencia de latidos, conjuntamente
necesarios e imprescindibles. De ahí, la importancia de compadecerse y de
apaciguarse, en medio del aluvión de conflictos generales que nos asolan. En
consecuencia, antes de que sea demasiado tarde, acabemos con la debilidad
colectiva en torno a las armas nucleares y fortalezcamos la cultura del abrazo
y el entendimiento, con las vías del razonamiento, la diplomacia y la
negociación.
Nos vendrá bien que, en un momento de crecientes tensiones,
pongamos orden en nuestras existencias. Está visto que el ser humano es bueno
por naturaleza y que la maldad toca lo antinatural. Realmente esta afirmación,
lo que nos pone visible, es que parte de la creación lleva inscrita una bondad
originaria y una verdad notoria, que nuestra frágil mirada debe custodiar,
cultivando la caricia en la mirada y madurando composturas; puesto que ningún
país está por encima de otro, ni debe abusar de su potestad para acometer. No
hay nada más embellecedor que el respeto entre semejantes y la cordialidad
entre análogos. Será un buen modo de promover la comprensión y de suscitar la
igualdad de todas las naciones en términos de derechos y oportunidades.
Lo armónico empieza con cada uno de nosotros; es cuestión
de aprender a reprenderse uno así mismo, de ponerse en acción como esas fuerzas
de mantenimiento de la concordia, que sacrifican sus vidas cada día por los
demás. El que todos podamos florecer, exige una
corresponsabilidad valiente de que el sentido humano prevalezca sobre el
interés frívolo, pero también un discernimiento cooperante de persistir
caritativos; tanto para poder interpretar las dinámicas de la globalización,
como para poder inspirar un orden internacional más justo y pacífico. Lo
trascendente no es simplemente mantenerse enérgico, sino aguantar benigno en
este valle de desconsuelos por el que transitamos a diario. El saber no se
salvará sin la certeza, pero la certeza sin el saber, tampoco será humana.
Todo es correspondencia. Siempre he pensado que, si bien el
individuo esperanzado en la condición humana es un soñador, el que desespera de
los hechos y no espera un cambio es un miedoso, lo que nos requiere a todos
vivir como poetas en guardia, al menos para no correr el riesgo de desviarnos
hacia metas engañosas. Al observar nuestro tiempo, no podemos ignorar algo tan
esencial como la tutela de los derechos humanos, que no deben quedar por debajo
de los beneficios o el poder. De hecho, la calidad del desarrollo, ha de
medirse por su capacidad de mantenernos humanos, que es lo que fomenta la unión
y la unidad, favoreciendo condiciones existenciales dignas, acceso a los bienes
necesarios, relaciones sociales justas, atención y cuidado de la creación.
¡Buen propósito!
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