Opinión

El falso vendedor de vino o cómo defenderse del acoso telefónico

Tomás Perales Benito | Jueves, 28 de Mayo del 2026
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La recoleta sala conservaba la noble sencillez de las sociedades rurales. Al contemplar sus techos, tan accesibles, casi a la altura de las manos, el alma del acusado se apaciguó. Presentía que bajo el manto de ese templo de la Ley, la diosa de los ojos vendados no sucumbiría a la presión de las botas de los poderosos del mundo, que de su veredicto emanaría la luz inmaculada de los justos.

El magistrado mantenía las puñetas rectas, estáticas sobre el terciopelo del apoyabrazos de su trono brocado. Sobre su cabello nevado, peinado a dos aguas, pendía una lámpara de araña que invitaba a ver en ella una espada de Damocles vigilante de la rectitud del oficiante. Los haces de luz amarillenta de su madeja de brazos concéntricos se reflejaban en el ribeteado de chinchetas doradas del paño rojizo del alto espaldar de su sillón, proyectando una suerte de caleidoscopio que empañaba la gravedad y reflexión que exigía el lugar y el momento.

Encajonados a derecha e izquierda del estrado los abogados; el de la acusación, un atildado figurín entrado en años, rostro alargado y pequeña boca de pez, pelo engominado, cejas sometidas a disciplina y mirada retadora, y el de la defensa, treinta y tantos y rostro indefinible, aunque sí la escurrida panza de su faltriquera por la raída toga con que envolvía su cuerpo flaco y su espalda encorvada. Al abrigo de los alfiles los contrincantes. Al fondo de la sala, en un improvisado cercado de madera que recordaba las empalizadas para ganado que recrean las películas de western, el jurado popular: tres mujeres y seis hombres, todos vecinos del pueblo.

Por la raquítica ventana del lateral orientado al levante, abierta por consejo de la climatología, penetraba una franja de oro del sol de media mañana que se proyectaba, con airada molestia, sobre el rostro de algunos de los cuarenta asistentes —su aforo— que se encontraban sentados en los trémulos bancos corridos de madera impregnada en capas de reseco barniz.

El silencio era sepulcral. Lo justificaba la ansiedad: se iba a dirimir una denuncia tan jocosa como morbosa, con miles de seguidores batiéndose en apuestas, que se balanceaban ante cada sentencia de los gurús mediáticos. La había interpuesto un capitalino contra León Ortega, un tomellosero vecino del barrio del Carmen, conocido anteriormente como las Casas Baratas. Dos severos golpes de martillo del magistrado anunciaron lo que todos esperaban con el alma en vilo: «¡Se inicia la sesión!». Estaba en juego la posibilidad de contemplar una nueva gesta de David frente a un Goliat de los nuevos tiempos.

«Don León Ortega Martínez, este tribunal le juzga por coacción, intimidación, acoso, espionaje industrial y falsedad comercial en la persona de don Zoilo Raimundo Salazar-Espinosa de los Monteros-Cuatrocasas. ¿Tiene algo que decir en su defensa?».

El acusado dirigió una mirada implorante a su abogado. Desconocedor de las leyes por no haber tenido otros encuentros con la diosa cegata, no esperaba semejante retahíla de acusaciones, algunas de definición y alcance desconocidos. Sin embargo, el letrado, con la defensa bien aprovisionada, contesta a la sala con talante tranquilo, incluso con medidas dosis de ironía, dando a entender que pisa con firmeza el terreno bajo sus pies. Su experiencia le advertía, y el brillo de su rostro tomaba nota, que la balanza se inclinaría de su parte, que el peso de la razón superaría en valor inconmensurable al de la opresión, en cuanto expusiera sus argumentos, tan sólidos, incluso tan menesterosos: «Señoría, no aceptamos ninguno de los cargos presentados; mi cliente se ha limitado a ofrecerle a don Zoilo, con criterios de bíblica solidaridad humana, un producto alimenticio de calidad contrastada en más de medio mundo. Deseo que conste en acta que decidió hacer las llamadas tras enterarse de que el abuelo de un amigo suyo había alcanzado la avanzada edad de 104 años a cuenta de tomar diariamente una copa de ese vino».

Las palabras del letrado de la toga raída alcanzan al momento coloración cómica: las resecas maderas del artesonado resuenan con los torrentes de carcajadas del público conocedor de la liza. El abogado del presidente de la compañía Teléfonos Para Todos (TPT), un tipo duro bregado en los grandes juicios internacionales, contrataca elevando teatralmente los brazos al cielo. Con claros signos orientados al jurado, pide el amparo de la justicia para poner fin al “padecimiento sangrante de su cliente y familia”, una piadosa mujer con un hermoso racimo de hijos que Dios había dado al matrimonio, por las reiteradas llamadas “criminales” del acusado. Pone como ejemplo del quebranto familiar la huida de la cama conyugal de la esposa: «Tras las comunicaciones telefónicas asesinas de ese señor, mi marido volvía con sentimientos perversos que hacían referencia a no sé qué abordaje del ano y otras cosas que yo no entendía», dijo a la policía.

Después de su estudiada andanada, solicita presentar a la sala la prueba principal, la base de la acusación. «Proceda, letrado, oigamos la grabación de los hechos», dijo severamente el magistrado, agitando levemente su mano derecha hueca. «Con la venia, Señoría», dijo mientras posaba sobre una mesa bailarina lo que según él era un moderno reproductor MP-4 PLUS, representación de la alta tecnología para el bienestar social de la empresa de su defendido, «lo que en tiempos pretéritos se llamaba magnetófono o casete», aclaró indulgente para los legos en el avance imparable de la ciencia.

Todas las miradas se concentraron en el artilugio tecnológico. El presidente de la TPT hizo una mueca de satisfacción, al tiempo que autorizaba su puesta en marcha. «A continuación vamos a oír —dijo el letrado engominado, encarándose nuevamente con el jurado— una de las últimas llamadas telefónicas recibidas en el domicilio de mi defendido, ¡¡a las cuatro de la madrugada!!, como todas. Es una llamada ejecutada por don León Ortega Martínez, según la investigación de la policía. Se podrá constatar por el tono de voz que mi cliente hierve en desesperación por la sacrílega invasión de su santificado hogar en horas debidas al sueño reparador, el que todo hombre de bien necesita para encarar el día en provecho de sus semejantes».

Se oyen risas aisladas: los conocedores de las andanzas de don Zoilo se identificaban así. Los nueve miembros del jurado popular esperaban, con sus oídos bien afilados, que el artilugio tecnológico vomitara su carga acusatoria. El letrado pulsa, con sus cuidados dedos de manicura, una sucesión de teclas y la sala se inunda de vibraciones de una voz masculina, aunque con algunos giros femeninos y alargamiento excesivo de las vocales de las últimas sílabas: «(...) sí, sí, los clientes ni lo sospechan, pero con la nueva operación de marketing telefónico en marcha, vamos a meter en sus hogares más de un millón de unidades del modelo KTG, el que nos fabrican como negros los amarillos». «¡Corte, coño, corte!». En pie, don Zoilo Raimundo, colérico por la metedura de pata del conspicuo letrado, se dirige a él con grandes aspavientos de brazos y manos: «¡Le he dicho la pista seis, no la dieciséis!». Nueva sesión de carcajadas muy bien recibida por el abogado de la defensa, que al instante la anota en su haber: la TPT había mostrado en público sus largos y afilados colmillos y su ansia de sangre inocente de los ciudadanos.

«Pido disculpas a la sala», dijo ligeramente azorado. «Oigamos ahora la grabación que prueba la culpabilidad del encausado y los buenos sentimientos cristianos de mi cliente al no haberlo acusado también de asesinato, porque una de aquellas noches, tras la llamada criminal de don León, sufrió un amago de infarto».

«¡Protesto!, el letrado de la acusación está juzgando a mi defendido». «Se admite la protesta», sentenció secamente el magistrado.

El dardo envenenado con estudiada ponzoña iba dirigido al jurado. Ante el vacío que se produce, el magistrado clama ritmo: «¡Proceda, letrado, escuchemos de una santa vez la grabación de la prueba acusatoria!». Unos instantes después comenzaron a oírse cuatro o cinco tonos de llamada, el ruido mecánico al descolgar el auricular y un “¿diga?” con voz somnolienta que daba paso al mensaje: «Buenas noches. ¿Don Zoilo Raimundo Salazar-Espinosa de los Monteros-Cuatrocasas?». «Sí, sí, soy yo, diga, diga, ¿quién llama, qué sucede?». «Buenas noches, don Zoilo, soy su vendedor personal de vino manchego y le llamo para saber si ya ha decidido la compra, porque el precio del Don Eugenio y la calidad son inigualables, y como usted debe saber…». «¡Otra vez usted, hijo de puta!».

El reproductor, orgullo de la tecnología y de su dueño, se estremeció en la mesa con el ruido provocado por el auricular al estrellarse contra su base, y enmudeció. Los dos letrados cruzaron miradas desafiantes. Mientras tanto la grey estallaba en desternillantes carcajadas, lo que fue sofocado por el juez con violentos golpes a su mesa y con amenazas de desalojo si no cesaba inmediatamente «el jolgorio de taberna».

La vista había finalizado. Los argumentos de retado y retador se habían expuesto con claridad. El letrado del acusador había defendido con su astucia revalidada las buenas intenciones de la compañía de su cliente: «Las llamadas que hace la TPT tienen carácter humanitario, casi de ONG. Son llamadas sin ánimo de lucro, para facilitar honestamente medios de comunicación que eviten el hastío entre las paredes de los fríos hogares. Y lo hace —continuó con aspecto de maestro de escuela con vara aleccionadora en la mano— en las horas de descanso de los consumidores, para que estos se encuentren más relajados y avispados para apreciar las bondades de la TPT frente al engaño de sus competidores».

El del acusado, envalentonado por la oportunidad de enfrentarse con ventaja a un colega encumbrado, lanza un ariete que sorprende al engominado de la boca de pez: «Mi cliente tiene intención de interponer una querella criminal contra don Zoilo Raimundo por daños a la humanidad; las llamadas telefónicas incitando a la compra de servicios de esa compañía hacen añicos los nervios de las gentes de bien hasta extremos de locura. Y se probará en su momento —continuó enardecido— que algunos usuarios, tras las llamadas, se han vuelto locos, llegando incluso a desear comerse su aparato telefónico».

En respuesta a un conocido gesto desde el estrado, el presidente del jurado popular anuncia que están preparados para retirarse a deliberar. La orden llega. Los nueve, en ordenada fila, en silencio, con la vista baja, se retiran. Al cabo de quince minutos se abre ruidosamente la puerta y se sitúan ceremoniosamente en su improvisado corralito.

«¿Tienen su veredicto?»

«Lo tenemos, Señoría», contesta el que hace de presidente.

El alguacil retira el papel doblado y se lo entrega al juez, que reacciona recolocándose sus gafas cuadrangulares. Eleva su mirada sin destino y, sin cambiar un ápice su semblante circunspecto, ordena ponerse en pie. Cuando advierte que se ha cumplido su orden, dice con voz firme: «Listo para sentencia».

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