Tomelloso

Eduarda Sevillano “El secreto es no tener pereza para nada”

Afincada en Tomelloso desde los doce años, el próximo domingo cumplirá cien años una mujer que es un ejemplo de vitalidad y superación

Carlos Moreno | Viernes, 5 de Junio del 2026
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El próximo domingo, Eduarda Sevillano Toledo cumplirá cien años. Alcanza un siglo de vida una mujer nacida en Villarrobledo, pero afincada en Tomelloso desde los 12 años, madre de cinco hijos, abuela de 12 nietos y con 10 bisnietos ya en su gigantesco árbol genealógico. Eduarda, que ha vivido en cuatro regímenes políticos diferentes, ya hizo visibles su buen aspecto, energía y vitalidad  en el programa de televisión “El concurso del año” que emitía la cadena Cuatro y en el que los concursantes tenían que adivinar la edad de una persona. La de Eduarda, que entonces tenía 93 años, estuvieron lejos de averiguarla.  

Siete años después, Eduarda llega a los míticos cien y lo celebrará con su conocida alegría y en compañía de los suyos. Nos recibe en su casa de la calle Raimundo Cepeda de Tomelloso que viene a ser un homenaje a la familia. En las paredes cuelgan fotos de bodas, bautizos, comuniones y otros acontecimientos sociales que sigue mirando con emoción. Las fotos se mezclan con pequeñas imágenes de vírgenes, Eduarda es una profundamente religiosa, que pide por los suyos y también por los demás. Al inicio de la entrevista está presente una de sus nietas que le aconseja para salir favorecida en las fotos. Y saldrá bien Eduarda, coqueta siempre, que viste una falta celeste con una blusa estampada a juego y que luce un asombroso lustre de cara.

-¿Qué siente alguien que está a punto de cumplir cien años?

-Pues mire, lo que siento es que me acuesto por la noche y digo: “Lo que haya”. Rezo a todas las virgencicas de las que me acuerdo y les pido que me levante como me acosté. Rezo por mis hijos, por mis nietos y por mis bisnietos, para que no les ocurra nada.

-En este cumpleaños tan especial, ¿qué balance realiza de un siglo de vida?

-Puedo decir que he vivido muy bien. He trabajado mucho, eso sí. Mi marido se iba a la panificadora a las dos de la mañana y yo me quedaba cosiendo ropa para mis hijos. Les hacía las bolsas, los pantaloncitos, las faldas... Todo.

-Y ha llegado a los cien años en un estado admirable…

-Me encuentro bien, gracias a Dios. Todavía me levanto temprano. A las siete ya estoy despierta. Barro, riego la acera y hago mis cosas.

-Todo el mundo le pregunta por el secreto de la longevidad. ¿Cuál es?

-El secreto es no tener pereza para nada. Si estoy sentada y pienso que tengo que hacer algo, me levanto y lo hago. Nunca lo dejo para mañana. Eso es lo primero.

-¿Sigue siendo una mujer activa?

-Mucho. Voy al baile todos los domingos con mis amigas. Bailamos en la Posada y cuando terminamos nos vamos a tomar algo. Además, paseo todos los días. Si llueve y no puedo salir, camino por dentro de la casa. Tengo un pasillo largo que recorro una y otra vez. Hay que moverse porque si no, las rodillas se quedan tiesas.

-También parece cuidarse bastante, ¿no es así?

-Claro. Siempre me he cuidado. He bebido mucha leche toda mi vida porque mi padre era pastor y teníamos ganado. Ahora sigo tomando leche y procuro no cenar mucho. Hay que cuidarse.

-Esta pregunta la puede contestar usted mejor que nadie ¿Qué diferencias encuentra entre la vida de antes y la de ahora?

-La de ahora es mejor. Yo la veo más cómoda. Hay más libertad y se vive mejor. Antes había costumbres y cosas buenas también, pero todo era más sacrificado y difícil. Hoy las personas están más protegidas y tienen muchas más oportunidades. Lo veo en mis nietos.

-Usted ha conocido también tiempos muy difíciles ¿cómo los recuerda?

-Sí. Me han tocado la guerra y la posguerra. Eso fue muy duro. Las cosas eran muy distintas entonces. Cuando ahora veo en la tele las guerras en las que andan otros países, me parece poco comprensible. La guerras no traen nada bueno, ni siquiera para los que las ganan.

-¿Qué recuerdos conserva de su infancia?

-Muchísimos. Éramos seis hermanos. Ya solo quedamos dos. Mi madre nos hacía tortas fritas en el fuego porque entonces no había estufas. Me acuerdo de una vez que me quemé un pie con una sartén de aceite y estuve un año sin poder andar bien. Yo era un torbellino, no podía parar quieta. Iba a la confitería de mi tío a ayudarles. Disfrutaba también en las matanzas del gorrino. Recuerdo esas noches de invierno en la que mi madre nos calentaba la cama con una plancha de mano o cuando jugaba con mis hermanas en el corral. Una vez mi madre me dijo que barriera el corral, le dije a mis hermanas que me ayudaran y no quisieron. Ni corta ni perezosa, cogí una tomiza y até a una de ellas. (risas).

-Nació en Villarrobledo, pero llegó a Tomelloso siendo una niña. ¿Ha vivido bien en esta ciudad?

-Vine con doce años para vivir con unos tíos. Mi tía era modista y yo quería aprender a coser. Me he criado aquí y estoy muy contenta. Tomelloso me ha gustado mucho. Tanto es así que cuando venía mi madre a verme, pensaba que venía a por mí, y me escondía.

-Aquí también conoció a su marido…

-Sí. Él era panadero como su hermana Julia. Lo curioso es que cuando empezó a pretenderme me ocultó la edad. Luego me confesó que era cinco años más joven que yo. Me enfadé muchísimo porque entonces no estaba bien visto que la mujer fuera mayor que el hombre. Le cerré la puerta en las narices (risas).

-Pero al final acabaron casándose…

-Sí, porque tenía que ser para mí. Y mire, estuvimos toda la vida juntos. Falleció hace 17 años y lo sigo recordando mucho, Marcelino era muy buena persona.

-La familia ocupa un lugar muy importante en su vida…

-Lo es todo. Tengo cinco hijos, doce nietos y diez bisnietos. Y gracias a Dios sigo viendo cómo la familia crece, la vida, el trabajo e ilusiones de cada uno.

-También es una mujer profundamente religiosa, ¿verdad?

-Mucho. Tengo una Virgen de Fátima que le tocó a mi marido en una feria. La llevé a un sacerdote para que la bendijera y todas las noches le doy un beso antes de acostarme. Le pido que cuide de todos los míos.

-¿Con qué momento de su vida se quedaría?

-Con muchos. Con mis hijos cuando eran pequeños, con mi familia, con todas las cosas buenas que he vivido. He sido feliz dentro de la posibilidades de vida que he podido tener.

-¿Y qué consejo daría a los jóvenes desde el púlpito de la experiencia de cien años de vida?

-Que no tengan pereza. Que se muevan, que trabajen, que se cuiden y que disfruten de la familia. Y que den gracias a Dios por cada día que se levantan.

-¿Cómo celebrará este cumpleaños?

-Una nieta me ha dicho que me vaya a comer. No sé si me habrán preparado alguna sorpresa. Sea de la forma que sea, quiero disfrutar mucho de ese día y también de los que Dios quiera que puedan venir después.

Eduarda sonríe al terminar la conversación. En las paredes de su casa, que nos enseña habitación por habitación, las fotografías familiares parecen observarla con orgullo. Ella las mira de reojo y vuelve a repetir la frase que mejor resume su filosofía de vida. La misma que, quizá, explique cómo se llega a los cien años con tanta energía: “No tener pereza para nada.”


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