Opinión

El arte de viajar: Cuando el destino eres tú

María Remedios Juanes | Miércoles, 10 de Junio del 2026
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Hace pocos días leía un artículo en el que un arquitecto que reside en Mallorca comentaba: “Las ciudades ya no se diseñan para vivir, sino para ser consumidas”.

Esta reflexión viene al hilo de una conversación que mantuve con una señora sueca en un viaje que hice recientemente a  aquel país. Me dijo con un inglés muy suave: “Estocolmo es horrible, está hecho para los turistas”. En ese momento estaba llegando a la llamada Venecia del norte, dejándome cautivar por cada rincón histórico, las huellas de Descartes y el edificio donde se entregan los Premios Nobel.

Lamentablemente estuve de acuerdo con sus palabras, no teniendo por menos que decirle que llevaba razón. El centro histórico de muchas ciudades europeas está  basado en una logística impregnada por un consumismo masivo. Pero, ¿nos hace ampliar nuestros horizontes y cambiar nuestra actitud frente al espejo de la vida? ¿Venimos más cambiados cada vez que viajamos?

Al final te das cuenta de que todas las ciudades mantienen los mismos rincones, las mismas infraestructuras, el mismo tipo de tiendas de souvenirs para los turistas, bares de tapeo contaminando la esencia de los barrios y sus gentes. El objetivo siempre es el mismo, estar al servicio de los turistas con la única y exclusiva finalidad de hacer “cash” y seguir generando una necesidad de consumo.

Este tipo de viajes a quien más beneficia es a las agencias, las aerolíneas, hoteles, etc. El descubrimiento del turismo fue la panacea del siglo pasado y sigue vigente hasta el día de hoy.

Actualmente nos hemos convertido en turistas feroces que solo buscamos el placer de coleccionar fotos para postear en las redes sociales. Es cierto que estas postales efímeras, cuando las vemos, algunas de ellas, podríamos dudar si son reales o simplemente sacadas con la IA pero lo cierto y seguro es que nos dejan boquiabiertos.

Es la respuesta a decir sí a la vida, al “tempus fugit” como dirían los clásicos o el “Carpe Diem”. La pregunta que lanzo es la siguiente: ¿Son estos viajes idílicos que aparecen en las agencias, con cofres enigmáticos que nos atrapan, viajes que realmente nos cambian la vida o simplemente sirven para vaciarte los bolsillos sin traerte nada a cambio?

Si giramos la mirada al pasado y observamos detenidamente todos los viajes que desde la antigüedad se hacían, servían para el progreso de la humanidad y la búsqueda de uno mismo. Tomemos como ejemplo al filósofo  Platón y al matemático Pitágoras, quienes viajaron a Egipto, Sicilia, la Antigua Siracusa con el ánimo de adquirir conocimientos e impregnarse de algo novedoso que repercutiera en los ciudadanos.

En el siglo XVII se fomentaron los viajes llamados “el Grand Tour” por parte de Inglaterra y Francia en los que se hacían estos viajes entre los más jóvenes para poder visitar otros lugares y adquirir experiencias inolvidables.

Si posamos nuestra mirada por un instante en el siglo XIX, me viene a la memoria el grupo de la segunda generación de románticos ingleses que se fugaron a Italia. Estuvieron en Ginebra y plantearon las locuras más asombrosas para dar fruto a grandes libros de literatura como fue el famoso Frankenstein de Mary Shelley.

Muchos intelectuales, gente emprendedora, curiosa y ávida de saber corrían estas aventuras porque sabían que en la osadía y el estrépito se encontraba el gran tesoro del saber. Existen infinidad de libros de viajes en todos los ámbitos, no solo en el científico como fueron los Viajes de Gulliver, Mark Twain y Julio Verne si no también en el biológico como el gran viaje que emprendió  Charles Darwin, regalándonos el Origen de las especies. 

Gracias a todos estos viajes experimentales se pudo descubrir el mundo y llegar a los lugares más recónditos del planeta, descubrir otras culturas, progresar, dinamizar las experiencias, compartir y divulgar a todos los niveles.