Hace pocos días leía un
artículo en el que un arquitecto que reside en Mallorca comentaba: “Las
ciudades ya no se diseñan para vivir, sino para ser consumidas”.
Esta reflexión viene al
hilo de una conversación que mantuve con una señora sueca en un viaje que hice
recientemente a aquel país. Me dijo con
un inglés muy suave: “Estocolmo es horrible, está hecho para los turistas”.
En ese momento estaba llegando a la llamada Venecia del norte, dejándome
cautivar por cada rincón histórico, las huellas de Descartes y el edificio
donde se entregan los Premios Nobel.
Lamentablemente estuve de
acuerdo con sus palabras, no teniendo por menos que decirle que llevaba razón.
El centro histórico de muchas ciudades europeas está basado en una logística impregnada por un
consumismo masivo. Pero, ¿nos hace ampliar nuestros horizontes y cambiar
nuestra actitud frente al espejo de la vida? ¿Venimos más cambiados cada vez
que viajamos?
Al final te das cuenta de que todas las ciudades mantienen los mismos rincones, las mismas infraestructuras, el mismo tipo de tiendas de souvenirs para los turistas, bares de tapeo contaminando la esencia de los barrios y sus gentes. El objetivo siempre es el mismo, estar al servicio de los turistas con la única y exclusiva finalidad de hacer “cash” y seguir generando una necesidad de consumo.
Este tipo de viajes a quien más beneficia es a las agencias, las aerolíneas, hoteles, etc. El descubrimiento del turismo fue la panacea del siglo pasado y sigue vigente hasta el día de hoy.
Actualmente nos hemos
convertido en turistas feroces que solo buscamos el placer de coleccionar fotos
para postear en las redes sociales. Es cierto que estas postales efímeras,
cuando las vemos, algunas de ellas, podríamos dudar si son reales o simplemente
sacadas con la IA pero lo cierto y seguro es que nos dejan boquiabiertos.
Es la respuesta a decir
sí a la vida, al “tempus fugit” como dirían los clásicos o el “Carpe Diem”. La
pregunta que lanzo es la siguiente: ¿Son estos viajes idílicos que aparecen en
las agencias, con cofres enigmáticos que nos atrapan, viajes que realmente nos
cambian la vida o simplemente sirven para vaciarte los bolsillos sin traerte
nada a cambio?
Si giramos la mirada al
pasado y observamos detenidamente todos los viajes que desde la antigüedad se
hacían, servían para el progreso de la humanidad y la búsqueda de uno mismo.
Tomemos como ejemplo al filósofo Platón
y al matemático Pitágoras, quienes viajaron a Egipto, Sicilia, la Antigua
Siracusa con el ánimo de adquirir conocimientos e impregnarse de algo novedoso
que repercutiera en los ciudadanos.
En el siglo XVII se
fomentaron los viajes llamados “el Grand Tour” por parte de Inglaterra y
Francia en los que se hacían estos viajes entre los más jóvenes para poder
visitar otros lugares y adquirir experiencias inolvidables.
Si posamos nuestra mirada
por un instante en el siglo XIX, me viene a la memoria el grupo de la segunda
generación de románticos ingleses que se fugaron a Italia. Estuvieron en
Ginebra y plantearon las locuras más asombrosas para dar fruto a grandes libros
de literatura como fue el famoso Frankenstein de Mary Shelley.
Muchos intelectuales,
gente emprendedora, curiosa y ávida de saber corrían estas aventuras porque
sabían que en la osadía y el estrépito se encontraba el gran tesoro del saber.
Existen infinidad de libros de viajes en todos los ámbitos, no solo en el científico
como fueron los Viajes de Gulliver, Mark Twain y Julio Verne si no también en
el biológico como el gran viaje que emprendió
Charles Darwin, regalándonos el Origen de las especies.
Gracias a todos estos viajes experimentales se pudo descubrir el mundo y llegar a los lugares más recónditos del planeta, descubrir otras culturas, progresar, dinamizar las experiencias, compartir y divulgar a todos los niveles.