Hay mañanas en las que el sol no ilumina el camino: ilumina lo que uno lleva dentro. Basta mirar al suelo para descubrir que nunca caminamos del todo solos.
Camino despacio, y sin querer, miro mi sombra. Va adelante de mí, larga silenciosa, como si conociera el destino antes que mis propios pasos. No habla no pregunta no impacienta. solo avanza.
En esa figura oscura caben muchas vidas. Está el niño que fui, con las rodillas llenas de polvo y la cabeza llena de sueños. Está el joven que creyó que el tiempo era infinito y el adulto que aprendió que los días pasaban más deprisa de lo que parecen.
También están quienes ya no caminan a mi lado y, sin embargo, siguen ocupando un rincón de esa sombra que el sol dibuja sobre la tierra.
Quizá por eso caminar en tiene algo de conversación, uno empieza mirando un camino y termina recorriendo recuerdos. La sombra no juzga los errores ni celebra los aciertos. Simplemente acompaña. Es el único equipaje que nunca pesa y la única compañía que nunca pide explicaciones.
Hay quien busca respuestas levantando la vista hacia el horizonte . Yo, algunas mañanas, las encuentro mirando abajo. Porque la sombra me recuerda que sigo aquí, que aún queda trecho por delante y que cada paso deja una historia invisible sobre el polvo.
Cuando el sol cambie de lugar, ella también cambiará de forma. Se hará pequeña, casi desaparecerá, como tantas cosas que creíamos eternas. Pero volverá al día siguiente para recordarme que la vida no consiste en escapar de la oscuridad, sino en aprender a caminar con ella .
Mientras exista una sombra delante de mis pies, Sabré que todavía hay luz a mis espaldas .
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