Vivimos en un tiempo en el que nunca se ha creado, publicado y mostrado tanto como ahora. La facilidad para expresar una idea, compartir una obra o difundir una creación ha abierto unas posibilidades extraordinarias para quienes desean manifestarse artísticamente. Cualquier persona puede escribir un libro, pintar un cuadro, crear una obra audiovisual o exponer su visión del mundo. Sin embargo, precisamente por esa enorme facilidad de acceso surge una pregunta que considero necesaria: ¿todo aquello que se presenta ante nosotros como arte posee realmente la profundidad, la intención y la calidad necesarias para merecer ese nombre?
No planteo esta reflexión desde la nostalgia de
un pasado que probablemente nunca fue tan perfecto como algunos quieren
hacernos creer, ni desde la pretensión de establecer unas normas rígidas sobre
lo que debe ser considerado arte. El arte, por definición, evoluciona, rompe
fronteras, provoca y cuestiona. Muchas obras que en su momento fueron
incomprendidas acabaron siendo reconocidas con el paso del tiempo. Mi reflexión
va en otra dirección: si aceptamos que todo vale, si renunciamos completamente
al criterio y a la capacidad crítica, corremos el riesgo de confundir la
apariencia con la esencia, la provocación con la profundidad y la novedad con
el verdadero valor artístico.
A esa actitud de aceptación acrítica, a esa
tendencia a admirar aquello que se nos presenta como importante porque
determinados círculos culturales así lo establecen, es a lo que denomino, con
cierta ironía, “Patetismo Ilustrado”.
Al poner este título a mi artículo no pretendo
acuñar un nuevo movimiento artístico dentro del panorama del arte del siglo
XXI. No deseo aparecer como fundador de una corriente ni atribuirme una
importancia que corresponde únicamente a críticos, historiadores y estudiosos
del arte. Ellos serán quienes, con la perspectiva que da el tiempo y el
conocimiento, determinen qué movimientos, tendencias o creadores merecen ocupar
un lugar en la historia.
Mi intención es mucho más sencilla: expresar una
reflexión personal sobre aquello que, desde mi punto de vista, debería exigirse
a una creación para que pueda ser considerada verdaderamente artística. La
ventaja de cumplir años, quizá la única, es que uno adquiere una visión más
amplia y sosegada de la realidad. Con el paso del tiempo aparecen preguntas que
antes no nos hacíamos, quizá porque estábamos demasiado ocupados navegando “a
troche y moche” por ese enorme océano del conocimiento humano.
Es desde esa experiencia acumulada desde donde me
permito opinar sobre algunas manifestaciones artísticas, especialmente sobre la
pintura y la literatura, ámbitos donde me siento más cómodo para expresar mis
dudas y mis convicciones. No pretendo escribir un tratado sobre estética ni
competir con quienes han dedicado su vida al estudio del arte. Simplemente
quiero compartir una inquietud que cada vez percibo con mayor claridad.
Durante muchos años presté más atención al fondo
que a la forma. Me interesaban las motivaciones del creador, sus pensamientos,
sus emociones y aquello que una obra pretendía transmitir. Incluso me dejaba
llevar por etiquetas como “moderno”, “rompedor”, “transgresor”, “provocador” o
“disruptivo”. Sin embargo, con los años he comprendido que la forma no es un
elemento secundario, sino el instrumento mediante el cual una idea consigue
llegar a los demás. Una emoción que no encuentra un lenguaje adecuado puede
perderse; una gran intención que no consigue expresarse puede quedarse
encerrada en la mente de quien la crea.
Por eso considero que la creación artística exige
algo más que una voluntad personal. No basta con querer ser artista; la obra
debe demostrar una capacidad de comunicación, una elaboración y una intención
que la sitúen por encima del simple acto de crear.
No todo vale.
Y mucho menos debería aceptarse que quienes no
sienten emoción ante determinadas manifestaciones artísticas sean
automáticamente considerados ignorantes o incapaces de comprender el arte. Como
escribió Oscar Wilde, “la belleza está en los ojos de quien mira”. Pero esa
afirmación, tantas veces utilizada para defender cualquier manifestación
artística sin posibilidad de crítica, no debería llevarnos a pensar que todo
juicio tiene el mismo valor o que cualquier cuestionamiento es fruto de la
ignorancia.
El arte necesita libertad, pero también necesita
criterio.
Voy a poner un ejemplo imaginario. Supongamos una
ciudad cualquiera donde se convoca un importante premio de pintura. En una sala
se exponen las obras seleccionadas y premiadas. Coloquemos a un investigador en
la puerta del recinto con una hoja de papel dividida en dos columnas: “me
gusta” y “no me gusta”. Su tarea sería preguntar a cada visitante qué impresión
le han causado las obras contempladas y anotar sus respuestas.
Evidentemente, el resultado de esa encuesta no
determinaría por sí mismo el valor artístico de una obra. La historia del arte
demuestra que muchas creaciones fundamentales fueron rechazadas inicialmente
por la sociedad de su época. Pero también nos recuerda que una obra que
pretende ser arte no puede ser completamente ajena al diálogo con quienes la
reciben.
El arte no vive únicamente en la intención del
creador; vive también en el encuentro entre la obra y el espectador.
Una obra creativa, ya sea una pintura, un libro,
una composición musical o cualquier otra manifestación, nace con una finalidad.
Existe detrás de ella una necesidad de expresar algo. El artista tiene la
difícil tarea de transformar sus pensamientos y emociones personales en una
creación capaz de ser compartida con otros seres humanos.
El arte no puede existir únicamente para quien lo
crea. Una obra escondida en una habitación, sin posibilidad de encuentro con el
mundo, pierde una parte esencial de su naturaleza. El arte es comunicación,
diálogo y transmisión de una experiencia humana.
En este sentido resulta interesante recordar a
Lev Tolstói, quien defendía que el arte era una forma de comunicación
emocional entre personas. Una obra debía ser capaz de transmitir una
experiencia interior del creador y provocar algún tipo de respuesta en quien la
contempla. Aunque la evolución artística ha ampliado enormemente esta idea, la
pregunta sigue siendo válida: ¿qué permanece después de contemplar una obra?,
¿qué deja en nosotros?
Aquí aparece mi concepto de “Patetismo
Ilustrado”.
No se trata de negar el valor de la innovación ni
de rechazar cualquier forma de arte que rompa con lo establecido. Precisamente
la historia del arte está llena de rupturas necesarias. Lo que planteo es que
la ruptura, por sí sola, no garantiza la existencia de una gran obra.
La provocación necesita pensamiento. La
transgresión necesita una razón. La originalidad necesita contenido.
El ejemplo de Marcel Duchamp y sus conocidos
“ready-made” es significativo. Su importancia no estuvo simplemente en
presentar un objeto cotidiano como obra artística, sino en obligar al mundo del
arte a formularse preguntas profundas sobre la naturaleza de la creación. La
diferencia está precisamente ahí: detrás del gesto debe existir una reflexión.
Para explicar mejor mi idea recurro a un cuento
que siempre me ha parecido extraordinario: “El traje nuevo del emperador”,
de Hans Christian Andersen.
Todos conocemos la historia. Un rey caprichoso
desea un traje extraordinario y un sastre astuto le hace creer que ha creado
una vestimenta maravillosa que solo pueden ver las personas inteligentes. El
rey acepta la mentira y los cortesanos también, porque nadie quiere parecer
ignorante. Hasta que un niño, libre de prejuicios, dice la verdad: el rey está
desnudo.
La metáfora es evidente. En ocasiones, la
sociedad acepta determinadas ideas no porque realmente las comprenda, sino
porque teme cuestionarlas. A veces confundimos prestigio con calidad y
reconocimiento con verdadero valor.
Imagen creada
con la ayuda de la IA Gemini
En el mundo del arte ocurre algo parecido.
Debemos preguntarnos: ¿ese cuadro transmite algo?, ¿ese poema nos conmueve?,
¿esa novela aporta una mirada nueva sobre el ser humano?
No todo arte tiene que ser bello en un sentido
tradicional. El arte también puede mostrar dolor, conflicto, inquietud o
incluso fealdad. Pero incluso aquello que incomoda debe contener una búsqueda,
una intención y una razón de existir.
Algo parecido sucede en la literatura. España es
un país con una enorme producción editorial. Miles de personas escriben y
publican cada año, y ese deseo de expresarse merece respeto. Escribir es una de
las formas más profundas de comunicación humana.
Pero publicar un libro no convierte
automáticamente a alguien en escritor, del mismo modo que colocar un cuadro en
una sala no convierte automáticamente a alguien en artista. La creación
necesita tiempo, aprendizaje, lectura, autocrítica y una relación profunda con
aquello que se quiere transmitir.
Llevo muchos años escribiendo y sigo
considerándome un aprendiz. Tengo varios libros publicados y cuando vuelvo a
leer algunos textos antiguos muchas veces pienso: “Ahora no lo habría escrito
así”. Y quizá esa sea precisamente una de las señales de quien continúa
aprendiendo.
Imagen creada
con la ayuda de la IA Gemini
El “Patetismo Ilustrado” es un movimiento que yo
mismo acabo de inventar. No pretende convertirse en una nueva corriente
artística ni establecer una doctrina. Es simplemente una llamada de atención
sobre la necesidad de recuperar algo que considero esencial: el valor del
criterio.
Los grandes artistas no son únicamente quienes
aparecen en galerías, premios o escaparates culturales. Los grandes artistas
son aquellos capaces de crear obras que atraviesan el tiempo, que comunican
emociones, que expresan belleza, dolor, esperanza, denuncia o misterio.
Como escribió Pablo Picasso, “el arte limpia del
alma el polvo de la vida cotidiana”. Quizá por eso debemos protegerlo de
aquello que lo convierte únicamente en apariencia, mercado o moda pasajera.
Porque al final, como en el cuento del emperador
desnudo, siempre será necesario que alguien tenga la valentía de preguntarse: ¿Estamos
realmente ante una gran obra? ¿O simplemente estamos admirando un traje que
nadie se atreve a reconocer que no existe?
{{comentario.contenido}}
Eliminar Comentario
"{{comentariohijo.contenido}}"
Eliminar Comentario
Domingo, 21 de Junio del 2026
Lunes, 22 de Junio del 2026
Lunes, 22 de Junio del 2026