“Las
cadenas del desorden nos están dejando sin aliento, hasta el extremo que el
mismo orden internacional se ha vuelto cada vez más descompuesto y fraccionado,
en parte debido a nuestro estado de podredumbre interna”.
Se comenta que el tiempo es un gran maestro; lo diabólico
es que nos va encadenando hacia un horizonte desordenado y conflictivo, donde
prevalece la desconfianza hacia el semejante. Por desgracia, la cultura del
abrazo sincero, la mano extendida hacia el otro, ha dejado de cohabitar en
nuestros espacios mundanos, haciendo de la vida un verdadero calvario.
Necesitamos, hoy más que nunca, curar heridas. No perdamos más segundos de
nuestra existencia en batallas absurdas; que, al fin, todo se descubre en un
momento, porque el instante es la continuidad de lo vivido, pues une lo pasado
con lo que queda por venir. Por tanto, dejemos de torturarnos, con atmósferas
de trato cruel, inhumano o degradante y busquemos en nosotros vías de
entendimiento, con la ruta del corazón.
Las cadenas del desorden nos están
dejando sin aliento, hasta el extremo que el mismo orden internacional se ha
vuelto cada vez más descompuesto y fraccionado, en parte debido a nuestro
estado de podredumbre interna. Tanto es así, que las propias instituciones
creadas para defender la idea de un destino común y de un bien global, apenas
se dejan oír y ver. En realidad nos falta ética y estética para tomar
conciencia del soplo, que nos toca purificarlo con espíritu cooperante, en vez
de sembrar aislamiento y tormentos, actitudes marcadas por el odio, el
desprecio, la crueldad, el abandono de los inocentes, o el aluvión de revanchas
irracionales. Todo este cúmulo de hechos y realidades bárbaras, nos desfiguran
totalmente y nos destruyen como seres pensantes y sensatos.
En efecto, no hay pretexto para recurrir a los mil
suplicios que nos enlazan como borregos, hasta ahorcarnos en perennes
desconsuelos, que nos clavan en nuestro propio interior, por mucha indiferencia
y pasividad que pongamos y derrochemos. Desde luego, tenemos que revelarnos,
frente a tanto fracaso, con consecuencias dramáticas. Ojo por ojo y todo el
vecindario acabará ciego. Seamos consecuentes y promovamos la adopción de
remedios adecuados y eficaces. Las mismas fuerzas que sustentan el crecimiento
económico suelen agravar la exclusión y la marginación; porque, aunque aliviar
el sufrimiento, sea un principio ampliamente reconocido como fundamental, las
preocupaciones compasivas son cada vez más débiles.
Esta dinámica en la que nos movemos suele ser más salvaje
que benévola. Nos falta situar a la persona en el centro de las preocupaciones.
No tiene sentido alentar y alimentar las contiendas antes que al propio
ciudadano. La educación también se ha convertido en una de las víctimas menos
visibles de las crisis humanitarias. Precisamente, un reciente informe de
Naciones Unidas, advierte que la combinación de violencia, pobreza y fenómenos
climáticos extremos, está profundizando las desigualdades y limitando las
oportunidades de millones de menores en todo el orbe. Olvidamos que la
educación es vital y que allá donde cohabita, no hay distinción de clases,
porque es el arma más poderosa para cambiar el planeta, haciéndolo más benigno y
benefactor.
La auténtica enseñanza es aquella que saca lo mejor de uno
mismo; savia que es vital para esta época destructiva y destructora, en el que
hablan todo tipo de artefactos, mientras las leyes callan, omitiendo que el
mundo debería ser un lugar seguro, con espíritu democrático. Tampoco podemos permanecer
insensibles e inactivos ante la multiplicación de realidades insufribles; y,
aunque los derechos humanos son fundamentales para la protección y promoción de
la dignidad de todos, lo cierto es que en diferentes partes de la tierra se
continúan produciendo situaciones en las que estos derechos son vulnerados, a
pesar de ser universales. Al fin y al cabo, la vida carece de valor si deja de causar
satisfacciones. Fomentemos el encuentro, pues, con el cumplimiento del deber
cumplido.
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Martes, 23 de Junio del 2026
Jueves, 25 de Junio del 2026
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