Tomelloso

Tonino Tarquini: Maldita ignorancia

Este mes con nuestro psicólogo experto en inteligencia emocional Tonino Tarquini tratamos los peligros que esconde la comodidad de no pensar

La Voz | Domingo, 28 de Junio del 2026
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Este mes reflexionamos sobre una de las epidemias silenciosas de nuestro tiempo: la ignorancia. No hablo de la falta de estudios ni de títulos académicos, sino de esa peligrosa combinación de certezas absolutas, incapacidad de cuestionarse y renuncia al pensamiento crítico que parece extenderse con sorprendente facilidad en la sociedad actual.

La palabra ignorancia proviene del latín ignorare: no saber, desconocer. A simple vista parece un concepto sencillo, casi inocente. Sin embargo, pocas cosas resultan tan peligrosas como una ignorancia disfrazada de certeza.

Porque la verdadera ignorancia no siempre nace de la falta de estudios o de la ausencia de formación académica. Hay personas enormemente cultas que jamás pisaron una universidad y otras con las paredes llenas de diplomas que no han aprendido a cuestionarse a sí mismas ni una sola vez.

Ignorancia y cultura no son conceptos opuestos, aunque con frecuencia choquen frontalmente. La ignorancia implica una ausencia de conocimiento real, contrastado o mínimamente verificado. La cultura, en cambio, es algo mucho más amplio: experiencia, curiosidad, sensibilidad, capacidad de escucha, empatía y apertura hacia otras formas de entender el mundo. Mientras la ignorancia cierra cerebros y abre bocas, la cultura actúa de forma diametralmente opuesta.

La cultura constituye probablemente uno de los mejores antídotos contra la ignorancia, porque nos obliga a convivir con la duda. Y la duda, aunque incómoda, suele ser mucho más inteligente que muchas certezas.

Sócrates ya lo resumía hace más de dos mil años con una frase que sigue siendo profundamente actual: «Solo sé que no sé nada». Precisamente ahí residía buena parte de su sabiduría. Reconocer nuestros límites intelectuales y emocionales es el primer paso para aprender. El problema comienza cuando la ignorancia se mezcla con la arrogancia.

Existen personas que desconocen algo y lo reconocen con humildad. Son capaces de escuchar, preguntar y aprender. Pero existe otro perfil mucho más problemático: el ignorante arrogante. Aquel que convierte sus prejuicios en verdades absolutas y sus opiniones en dogmas incuestionables. Curiosamente, la ignorancia rara vez se sostiene sobre la seguridad. Más bien sobre el miedo. Miedo a equivocarse. Miedo a cambiar de opinión. Miedo a admitir que quizá llevamos años defendiendo una idea errónea. La ira suele ser únicamente la parte visible del iceberg. Debajo encontramos inseguridad, temor y una enorme resistencia al cambio. El ignorante arrogante no dialoga; sentencia. No escucha; espera su turno para hablar. Es simultáneamente su propio médico, economista, psicólogo, epidemiólogo y entrenador personal. Posee respuestas para todo y preguntas para nada.

Y ahí reside una de las grandes tragedias de nuestro tiempo.

Nunca en la historia habíamos tenido acceso a tanta información. Tampoco había sido tan sencillo confundir información con conocimiento. Hoy llevamos en el bolsillo más datos de los que poseían algunas bibliotecas hace apenas unas décadas, pero eso no significa necesariamente que comprendamos mejor el mundo.

La psicología conoce bien este fenómeno. Existe incluso un sesgo cognitivo denominado efecto Dunning-Kruger, según el cual las personas con menos conocimientos en una materia suelen sobreestimar sus capacidades, mientras que quienes realmente poseen experiencia suelen mostrarse más prudentes y conscientes de sus limitaciones. Dicho de forma sencilla: cuanto menos sabemos, más fácil resulta creer que lo sabemos todo.

Vivimos además en la era de la opinión permanente. Cualquier persona con un teléfono móvil puede convertirse en referente sobre medicina, nutrición, psicología, economía,  relaciones humanas o relaciones sexuales. El problema no es que opine. Opinar es legítimo y necesario en una sociedad democrática. El problema aparece cuando la opinión sustituye al conocimiento.

La ciencia avanza despacio gracias a la duda, a la verificación y a la posibilidad de estar equivocados. Las redes sociales, por el contrario, suelen premiar exactamente lo opuesto: la contundencia, la simplificación y las respuestas rápidas. Hoy un vídeo de treinta segundos puede generar más influencia que años de investigación científica. No porque sea más cierto, sino porque resulta más entretenido.

El antiguo experto de barra de bar o la máster class en la sala de espera de una peluquería  ha evolucionado. Ahora dispone de perfil, seguidores, micrófono y miles de personas dispuestas a escucharle. Y cuanto más contundente sea su mensaje, más posibilidades tendrá de hacerse viral.

Los algoritmos tampoco ayudan demasiado. No están diseñados para buscar la verdad, sino para captar nuestra atención. Y pocas cosas generan más atención que la indignación, el enfrentamiento y las certezas absolutas. Por eso cada vez vivimos más rodeados de personas que piensan exactamente igual que nosotros. Las llamadas cámaras de eco refuerzan nuestras creencias y nos aíslan de perspectivas diferentes. Terminamos escuchando únicamente aquello que confirma lo que ya pensábamos. Y eso es terreno fértil para la ignorancia. Una sociedad formada por individuos incapaces de cuestionar lo que escuchan resulta extraordinariamente fácil de influir.

Descartes construyó buena parte del pensamiento moderno sobre una idea aparentemente sencilla: Cogito ergo sum, «Pienso, luego existo». Pensar implica analizar, contrastar, reflexionar y, sobre todo, admitir que podemos estar equivocados. Quizá la verdadera cultura no consista en acumular conocimientos, sino en conservar la capacidad de dudar. Porque el día que dejamos de cuestionarnos a nosotros mismos, la ignorancia ya ha empezado a ganar la partida.

En una época dominada por algoritmos que premian nuestra atención más que nuestra inteligencia, quizá la mayor rebeldía posible siga siendo la misma de siempre: Pensar.

Porque una ciudadanía crítica al fin al cabo resulta incómoda. Una ciudadanía ignorante, en cambio, es extraordinariamente fácil de dirigir. Y la historia demuestra que cuando dejamos de pensar por nosotros mismos, siempre aparece alguien dispuesto a hacerlo en nuestro lugar.

La ignorancia favorece la mentalidad de rebaño: individuos que obedecen más de lo que reflexionan. El perro que guía al rebaño puede ser hoy un político, un influencer o un ticktoker; figuras que, en ocasiones, parecen ganar credibilidad cuanto más ladran o ruido hacen. Sin embargo, mientras la atención se centra en quien ladra, los verdaderos pastores permanecen en segundo plano. Son los grandes intereses económicos y comerciales, que necesitan perfiles dóciles, poco críticos y siempre dispuestos a seguir consumiendo.

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