Conmemoramos hoy, como cada 30 de junio, el Día del
Parlamentarismo y lo hacemos en medio de un incremento de la crispación en las
asambleas legislativas de nuestro país. Me gusta recordar que hace casi cien
años el político, jurista e intelectual Fernando de los Ríos dijo que la
revolución pendiente en nuestro país es la del respeto. Desgraciadamente, esta
sentencia está más vigente que nunca.
Sufrimos una carencia evidente de respeto al
adversario y al representado. Lo comprobamos en cada sesión del Congreso, la
cámara con mayor resonancia, aunque también en el Senado y en el resto de las
asambleas autonómicas. El cúmulo de salidas de tono hace que algunos episodios que
deberían resultar inadmisibles -o como mucho ocasionales- resulten ya prácticas
habituales. Solo en los últimos meses hemos visto a un diputado encararse con
agresividad en la Mesa del Congreso a quien presidía en ese momento la sesión;
cruces de acusaciones graves y sin pruebas de “asesino” o “criminal” entre sus
señorías y, por citar solo algún fenómeno especialmente ruidoso, comunicadores
reconvertidos en agitadores ultras que acosan a representantes públicos e
impiden el trabajo verdaderamente útil del resto de periodistas.
El insulto se ha convertido en parte de la
estrategia política de confrontación. Causa un bochorno insoportable ver hasta
qué niveles se hace uso de exabruptos y los ataques indiscriminados. ¿Quién
podía imaginar que la presidenta de una comunidad autónoma llamase “hijo de
puta” al presidente del Gobierno de España en el propio Congreso y que, lejos
de disculparse y rectificar, ironizase con ello una vez tras otra, o más
recientemente le calificase de “sinvergüenza”, como si se tratase de algo
convencional? Ya incluso hay ministros que hacen gala de un lenguaje más propio
del ‘matonismo’ que del decoro.
Más allá de aceptar que los insultos son los
argumentos de quienes, como diría Rousseau, “están equivocados”, enfangar el
terreno de juego hasta esos niveles nos conduce justo al extremo opuesto al que
deberíamos ocupar: nos estamos convirtiendo en un nuevo problema de la
sociedad, en lugar de ser parte activa en la resolución de los problemas que ya
existen. Y por eso resulta imprescindible recordar lo que debería ser obvio: se
puede discrepar con los planteamientos del adversario, e incluso contestar con vehemencia
sus posiciones, pero hay que hacerlo de manera respetuosa y ejemplar, sin
perder de vista que nuestro paso por las instituciones debería mejorar la vida
de la gente a la que representamos, algo imposible si perdemos las formas.
Lo expresó muy bien el sabio expresidente uruguayo
Pepe Mujica: “el problema es ganar voluntades, no aplastar”. Pero parece obvio
que estamos en una espiral constante de aplastamiento y que hemos renunciado a
buscar los puntos de encuentro.
A menudo digo que en las Cortes de Castilla-La
Mancha el nivel de decibelios aún sigue por debajo de la locura nacional y que
disfrutamos de cierto microclima de moderación y entendimiento, pero me
preocupa el deterioro que pueden conllevar la proximidad de las elecciones, que
siempre predispone a las subidas de tensión, y la contaminación permanente a la
que estamos sometidos por los comportamientos nacionales tan tóxicos.
Por otra parte, el método recurrente de algunos
grupos de acusar con palabras tan gruesas como veto o censura a los órganos de
dirección del parlamento por no admitir asuntos que son presentados a sabiendas
de que no cumplen el Reglamento resulta una deslealtad y una falta de respeto
con la institución. El código de circulación prohíbe saltarse los semáforos:
nadie se puede rasgar las vestiduras por que le restrinjan la libertad de
circulación cuando no se atienda a las normas. Quienes precisamente trabajamos
produciendo leyes debemos ser especialmente escrupulosos con el cumplimiento de
las reglas.
Téngase en cuenta que en esta legislatura ha habido
predisposición para acordar nuevas normas, y ese fue el ánimo con que avanzamos
hasta que una de las partes acordantes ha decidido dar marcha atrás a los
acuerdos adoptados. Me estoy refiriendo obviamente a la profunda Reforma del
Estatuto de Autonomía pactada entre los dos grandes partidos y con la sociedad
civil y que ahora ha quedado paralizada en el Congreso, con motivo de un cambio
de postura por parte del PP. Si no se
han puesto en marcha nuevos mecanismos relativos al control al gobierno, ha
sido exclusivamente porque los pactos en los que se enmarcaron han quedado
dinamitados.
El problema de respeto alcanza por tanto al trato
entre las personas que ejercemos en los parlamentos, a la palabra dada y votada
en sede parlamentaria y al funcionamiento de las propias instituciones. Las
faltas de respeto en cada uno de estos ámbitos nos llevan a reivindicar otro
ejercicio del parlamentarismo. Y el mejor ejemplo lo tenemos en La Transición:
hace 50 años nuestro país vivió un momento crucial, el paso de la dictadura a
la democracia, y lo hizo en un ambiente de enorme agitación social. Lejos del
idílico mito de una Transición pacífica, hay que recordar que había un clima de
enormes hostilidades en las calles.
En este ambiente marcado por el terrorismo de ETA,
Grapo y grupos de extrema derecha; con la heridas recientes de la Guerra Civil
y de la durísima represión franquista; con amenazas de golpes de estado
permanentes; con manifestaciones muy tensas, una severa crisis económica y
decenas de muertos por violencia social cada año, los representantes políticos
españoles supieron calmar los ánimos y tender puentes para llegar a acuerdos
que han propiciado el mayor periodo de progreso, paz y bienestar de nuestro país.
El papel de esa generación política resultó no solo determinante sino
providencial. Cada una de las partes renunció a una victoria total -que en
realidad era solo una victoria parcial- para pensar en el interés común. Con
una mirada a largo plazo y por supuesto con respeto. Cuanto más se elevaba el
volumen en la calle, más necesario fue rebajar el tono en los despachos y el
Congreso para hacer posible un diálogo fructífero, porque se entendió que “el
ruido no hace bien, ni el bien hace ruido”.
Por eso merece la pena reivindicar la Transición
política española, como vamos a hacer a la vuelta del verano desde las Cortes
Regionales y el Gobierno Autonómico. Ojalá que esta mirada atrás nos inspire
para retomar el espíritu constructivo con el que se debemos afrontar nuestro
trabajo en los parlamentos. Una tarea que no solo debemos vivir como un
privilegio, sino como una ocasión única para mejorar la vida de nuestros
vecinos y vecinas.
Pablo Bellido, presidente de las Cortes
de Castilla-La Mancha
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Martes, 30 de Junio del 2026
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