—No le puedo asegurar que sea la comida —espetó el
doctor sin dejar de mirar las manos de Gonzalo Bonsalve. Las mantenía
agarradas, moviéndolas para observar alguna otra señal. —Tampoco creo que salir
hasta altas horas de la madrugada, según sus elucubraciones, tenga que ver y
descarto la razón genética, pues tiene usted, corríjame si me equivoco, ya
cincuenta y cuatro años y nunca había padecido algo similar, según me ha
comunicado hace unos minutos, no afectando, tampoco, a nadie de su familia.
Para serle franco, no encuentro, a priori, explicación alguna. Puedo
solicitarle una resonancia, eso sí.
Gonzalo se hallaba angustiado y muy preocupado.
Ciertamente, ver las uñas de las manos reproducir sus pensamientos no parecía
una dolencia muy común. Gonzalo, avergonzado, las volvió a mirar, extendidas
sobre la mesa, leyendo, dedo a dedo «este-hombre-no-tiene-ni-idea-de-lo-que-pasa».
Un minuto más tarde, Gonzalo caminaba avenida abajo, en busca de un bar donde
tomar algo para calmar su ansiedad. Educadamente, había sido puesto de patitas
en la calle, no sin antes cargarle en la visa el precio de la consulta —Me temo
que está usted en lo cierto, señor Bonsalve —rezó el facultativo al leer el
mensaje grabado en sus uñas —No tengo ni la más remota idea de lo que le puede
estar ocurriendo a sus manos. Sin embargo, como comprenderá, mi tiempo tiene un
precio. Le atenderá Rebeca a la salida. Tenga usted un buen día.
Apuró la cerveza de un trago y, mientras daba cuenta
de la ensaladilla rusa, se apresuró a pedir otro tercio de Mahou —verde, si es
posible, por favor. —Hallarse en mitad del verano le impedía colocarse unos
guantes. Obsesionado, se refugió en el último rincón de la barra y únicamente
agarró la bebida una vez el camarero se había dado la vuelta. Empinándose el
tercio, podía comenzar a leer «qué-bar-más-…» —¡Asqueroso, sí! ¡Dígalo, hombre!
¡No lo piense! —reclamaron detrás de la barra, al tiempo que cuchicheaban los
clientes habituales —¡Que ahí hay uno que lleva las uñas escritas! —decían,
señalándolo.
Gonzalo fue despedido del trabajo, abandonado por su
novia, repudiado por sus padres, expulsado del Colegio de Aparejadores, quedose
sin amigos y sin citas casuales. Con enormes dificultades para aprovisionarse
de víveres y sustento básico en los comercios, a punto estuvo de perecer, si no
es porque, en última instancia, viendo que el otoño se atrasaba por culpa del
cambio climático, decidió comerse las uñas. Pero las muy putas volvieron a
crecer, exhibiendo unas letras cada vez más grandes, por lo que su desdicha
iba, de nuevo, en aumento. Extenuado, cayó en trance y la falta de nutrientes,
más que nublar su cerebro, aclaró sus pensamientos, limpiando sus manos y
haciendo retornar el blanco a sus uñas.
Al fin pudo hacer vida normal, si bien hubo de
mudarse a cientos de kilómetros para comenzar de nuevo. Llevó cuidado con lo
que pensaba y, por si acaso, se volvió un optimista, lo que condujo a
convertirlo en un ludópata, pues se aficionó al juego creyendo que los premios
tocarían a su puerta a las primeras de cambio. También recibió bofetadas de
aquellas mujeres a las que se acercaba, convencido del éxito de sus tácticas de
seducción, a todas luces obsoletas y fuera de lugar. Ser un bobalicón sólo
podía tener un fin, dar con la bebida. Borracho y arruinado, tocó fondo. Volvió
a comerse las uñas y a pensar lo que le diera la gana. La muerte esperaba tras
la primera esquina.
Sin embargo, el destino quiso que Gonzalo encontrara
el trabajo de su vida como validador de mensajes publicitarios en una agencia
de marketing. De un día para otro, se convirtió en el azote de los creativos
que diseñaban campañas absurdas y que no hacían más que generar enormes
pérdidas a la firma. Gonzalo actuaba como filtro, de tal manera que, únicamente
mostrando sus manos, podría saberse si la acción de mercadotecnia sería un
éxito o, en cambio, un estrepitoso fracaso. Como la cuenta de resultados de la
agencia mejoró notablemente, Gonzalo fue ascendido a secretario general y
ubicado en un despacho de la última planta. El éxito profesional, unido a una
abultada nómina fueron argumentos más que suficientes como para recuperar su
vida amorosa, un inesperado vigor sexual y un elenco de amistades que muchos
envidiarían.
Cómo llegó a ser contratado merece ser contado
aparte. Aquí diremos, para finalizar, que Gonzalo fue, primeramente, una
persona desdichada por padecer una afección singular, viéndose agravado su
bienestar hasta extremos severos, al tratar, primero, de esconderla y, segundo,
de corregirla y que, a la postre, experimentaría el mismísimo concepto de la
autorrealización al aceptarla y comprender cómo vivir con ella. —Resultó,
—pensaba Gonzalo para sus adentros, balanceándose en la silla del despacho —que
la abuela llevaba razón con tanto jodido refrán.
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Jueves, 6 de Agosto del 2026