Opinión

La paz también se cultiva

María Remedios Juanes | Jueves, 6 de Agosto del 2026
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«No nos atañe a nosotros dominar a todas las mareas del mundo…, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza.»  - J. R. R. Tolkien, El retorno del Rey

Muchos de nuestros lectores recordarán al famoso escritor Tolkien quien puso estas palabras en boca de uno de sus protagonistas, Gandalf, hace ya más de medio siglo pero que siguen haciendo eco de forma sorprendente en nuestra sociedad.

Se refería a las fuerzas del bien y del mal en la Tierra Media.

¿Alguien se ha parado a pensar en la desconfianza que existe y  el frecuente uso de un lenguaje agresivo tanto a nivel presencial como de redes sociales? ¿Y qué decir sobre la cultura del ego, la incapacidad de escuchar a quién tenemos al lado…?

Basta con echar un vistazo a todo el panorama de las últimas noticias que nos llegan con imágenes impactantes, en las que muchas veces solo quieres llorar y expresar todo el dolor por el sufrimiento que sientes ante tantas desgracias humanas.

Mi propósito no es quedarme con la parte más apocalíptica del mensaje sino tratar de dar esperanza a través de este artículo que apuesta por la paz, y especialmente por cultivarla en todos los ámbitos. Esto es lo que propone el personaje Gandalf: cultivar el pequeño terruño que nos ha sido confiado para las generaciones posteriores.

Los expertos sostienen que nunca antes la humanidad había disfrutado de un nivel de bienestar como el que tenemos actualmente. Sin embargo, este privilegio no surgió de la nada. Es el fruto del trabajo de nuestros padres y abuelos quienes se sacrificaron para regalarnos todo un legado: nuestras raíces

Aunque, paradójicamente, se han invertido los roles, y si somos honestos, ¿estamos nosotros contribuyendo a cultivar esta tierra que tenemos?, ¿es lo que realmente nos gustaría dejarles a nuestros hijos y nietos?

En nuestra sociedad actual adormecida por el bienestar, la opulencia y las nuevas tecnologías es fácil  ver a niños y niñas pequeños con un teléfono móvil deslizando sus dedos por las pantallas. ¿No estaremos subestimando las consecuencias que se derivan de estas situaciones?

Se manejan muchos dispositivos muy potentes y todo el mundo es capaz de navegar por las redes aunque sin tener ni idea de cómo manejarlas realmente.

Pero….¿existe conexión con los vecinos de nuestro barrio, miramos al que tenemos al lado?

Quizá la mayor pobreza de este siglo XXI no sea solo la brecha económica sino la relacional, especialmente a la hora de tener empatía y escuchar a las personas. Vivimos hiperconectados pero cada vez nos comprendemos menos y nos irritamos por cualquier cosa.

Posiblemente, el verdadero desafío pueda ser la deshumanización que estamos teniendo, tal y cómo vino a recordarnos en algunos de sus discursos el Santo Pontífice. La deshumanización aparece cuando dejamos de ver personas y sólo vemos “clichés”. Así vemos un inmigrante como un problema, a un creyente como un fanático, a un político como un enemigo, los periodistas como manipuladores, el que piensa diferente como un adversario, etc.

Cultivar la paz es mucho más serio y más profundo y para ello tenemos que mirar a las personas, no con etiquetas y prejuicios sino con comprensión y tolerancia. ¿Cómo podemos hacerlo? A partir de nuestro lenguaje, con empatía, escuchando para comprender a nuestro semejantes.

Tratar de dominar el ego y no adueñarse de la razón tal y como decía Aristóteles: “El dominio de sí mismo es la mayor de las victorias”.

Sembrando semillas

La primera semilla de la paz comienza por conquistar los corazones de las personas, educar a los jóvenes y ayudarles a argumentar y ser más críticos pero siempre desde el respeto, sin odiar ni discrepar. Quizá esta sea la asignatura pendiente del siglo XXI.

La segunda semilla es la de sembrar la esperanza y la alegría, como un pilar fundamental, sin dejarnos llevar por la tristeza y la negatividad. Trabajar en equipo, desde las familias, el aula, nuestro trabajo cotidiano, en nuestro barrio, con las personas que nos rodean.

La tercera semilla sería la de cultivar la paciencia y sembrar la concordia. Arrancar la mala hierba del odio y dejar de mirar al otro con recelo. Preparar la tierra para las generaciones venideras.

Aunque verdaderamente la paz comienza en nuestro interior, cuando nos apartamos del ruido y buscamos nuestro propio silencio para conectarnos en medio del caos. Si no hay una reconciliación con uno mismo no podremos ser capaces de dar comprensión, esperanza y compasión a los demás.

La paz se ha conquistado a través de personas sencillas y con grandes convicciones que han luchado por ella como es el caso de  Teresa de Calcuta, Nelson Mandela, Gandhi, Martin Luther King y muchos más. Nadie elige el tiempo que nos toca vivir pero sí podemos elegir cambiar nuestra actitud.

Para finalizar, me gustaría dejar algunas de las citas  de Santa Teresa de Calcuta que siempre viene bien recordar y desde luego nos ayudan a cultivar la paz:

“La paz comienza con una sonrisa”.

“La falta de amor es la mayor pobreza”.

“Que nadie venga a ti sin irse mejor y más feliz”.

“Si queremos que haya paz en el mundo, empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras propias familias”.

“No siempre podemos hacer grandes cosas, pero sí cosas pequeñas con un gran amor”.

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