Opinión

La fe: el refugio que encontré en Jesucristo

Cristina Grueso García | Viernes, 7 de Agosto del 2026
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Vivimos en un mundo que corre demasiado deprisa. Las preocupaciones, la incertidumbre y el ruido constante parecen ocupar cada rincón de nuestra vida. En medio de todo ello, muchos buscan un refugio donde descansar el corazón. Yo lo he encontrado en Jesucristo.

La fe no es para mí una simple tradición ni un conjunto de normas. Es una relación viva con Aquel que nunca abandona, incluso cuando todo parece derrumbarse. Creer en Jesucristo significa descubrir que el amor de Dios no depende de nuestros éxitos o fracasos, sino que permanece firme y fiel. En Él encuentro esperanza cuando aparecen las dificultades, fortaleza cuando las fuerzas escasean y paz cuando el mundo ofrece únicamente inquietud.

Sin embargo, la fe no nace de la nada. Muchas veces florece gracias al testimonio silencioso de personas que, con su forma de vivir, nos enseñan el verdadero significado del Evangelio. En mi caso, quiero recordar con especial cariño a mi tía abuela Vicen. Ella me ha inculcado algo inmensamente valioso: vivir en el amor.

No hablo de un amor basado únicamente en las palabras, sino del amor que se traduce en gestos cotidianos, en la generosidad, en el perdón, en la paciencia y en la capacidad de mirar al prójimo con misericordia. Ese ejemplo ha dejado una huella profunda en mi vida y me recuerda que la mayor predicación no siempre se hace desde un púlpito, sino desde la sencillez de una existencia entregada a los demás.

Jesucristo nos enseñó que el mayor mandamiento es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Esa enseñanza, tan sencilla de pronunciar y tan difícil de vivir, cobra sentido cuando encontramos personas que la encarnan con autenticidad. Vicen ha sido una de esas personas para mí, y doy gracias a Dios por haber puesto en mi camino un ejemplo tan luminoso.

En tiempos en los que parece imponerse el individualismo, la fe cristiana sigue recordándonos que el verdadero refugio no está en acumular bienes, poder o reconocimiento, sino en permanecer unidos a Cristo y aprender a amar como Él amó. Porque quien vive en el amor descubre que nunca está realmente solo.

Creo que el mundo necesita menos discursos y más testimonios. Necesita personas que, como Jesucristo, sean capaces de tender la mano, escuchar, comprender y sembrar esperanza. Y necesita referentes cotidianos que, con humildad, enseñen que el amor sigue siendo la fuerza más transformadora que existe.

Por eso, cuando pienso en la fe, no pienso únicamente en una iglesia o en una oración. Pienso en Jesucristo como mi refugio seguro y en personas como mi tía abuela Vicen, cuyo ejemplo me recuerda cada día que la mejor manera de creer es vivir en el amor.


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