“Cada ciudadano debe labrar sus propios logros, que ha de
participarlos a sus análogos como deber personal y vocación al desarrollo”.
El
camino de la vida no es fácil para nadie, se allana si lo hacemos en comunión y
en comunidad. Siguiéndolo unidos, todo es más llevadero. Para empezar, tenemos
que entrar en conversación entre sí, no podemos permanecer solos como
espectadores, estamos llamados a interpretar nuestro tiempo y a tomar
decisiones conjuntas, siguiendo la senda humanitaria. Indudablemente, estamos
aquí para vencer la resignación y el recelo, en contextos diversos, pero con
aspiraciones comunes, para disipar las dudas y resguardar los anhelos, para
escribir nuevas páginas de la genealogía vivencial. La labor no es fácil, en un
mundo cada día más egoísta, incapaz de fomentar las alianzas y el acceso
equitativo a oportunidades, que permitan a todo ser humano prosperar en todas
partes.
Tanto
los jóvenes como los menos jóvenes, de todos los países, se enfrentan cada vez
más a desafíos interconectados relacionados con la educación, el empleo, el
cambio climático, la inclusión digital y el bienestar mental. Es verdad que la
innovación juvenil está ahí, ofreciendo soluciones prácticas y creativas para
los retos locales y mundiales; pero también la sabiduría de nuestros mayores
debe ser escuchada y considerada, sabiendo que el misterio de los años vividos
con sus caídas y levantadas, son una lección imborrable, que suele transformarse
en acciones concretas, que es lo que realmente nos hace avanzar hacia el
espíritu solidario universal. Todo ello, contribuirá a que nos hermanemos como
sociedad, con capacidad de discernimiento.
Será
precisamente este brío copartícipe, el que nos ayudará a reconstruir juntos un
presente y un futuro, en los que puedan avanzar todas las generaciones. Es
cierto que mientras mil cosas avanzan, otras retroceden; esto es el progreso. Por
eso, cada ciudadano debe labrar sus propios logros, que ha de participarlos a
sus análogos como deber personal y vocación al desarrollo. Ahora bien, si para
llevar a buen término la ansiada prosperidad, las entretelas se endurecen y las
energías se enclaustran; la ciudadanía ya no se une por amistad, sino por
beneficio, con la consabida desunión más pronto que tarde. Desde luego, las
circunstancias actuales nos piden un horizonte benefactor; lo que nos demanda
no sólo técnicos, sino también pensadores de reflexión honda, que busquen el
compasivo quehacer.
Hacer
familia será una cosa hermosa, en la medida que los vínculos sean efectivos y
afectivos. Sin embargo, cada día hay más rupturas y más situaciones cuyas injusticias
claman al cielo. Se me ocurre pensar en esas poblaciones a las que se les priva
de los medios para sobrevivir, que atentan contra las garantías más primordiales
del derecho a la vida y quebrantan el núcleo de la dignidad humana. La
alimentación nunca debe utilizarse como instrumento de presión política. Otra
de las grandes inmoralidades, es la continuidad de los ataques que está dejando
a multitud de familias devastadas, desplazadas o tratando de reconstruir sus
vidas. Lo verdaderamente indigno, es que los suministros humanitarios tampoco
escapan de las ofensivas crueles.
Por
consiguiente, la inquietud es un fuerte aire turbador, que no sólo se reduce a
una ausencia de guerra, es fruto del equilibrio y de los acuerdos entre semejantes.
Por otra parte, si en verdad queremos salir del aislamiento, hay que extender
la mano hacia el análogo, compartir sueños y trazar entre todos el porvenir de
la civilización, que es lo que está en juego, lo que nos demanda, ponernos a
abrir horizontes hacia una vida más humana, en la que cada uno deje de sentirse
excluido, para percibirse amado y ayudado. Latido a latido todo se vuelve
acorde, sólo hay que poner buena voluntad, para que pueda renacer una vida más
fraternal en una comunidad humana verdaderamente universal. Así, pues, todos a
la obra digna. Lo justo es hacer del mortal verbo terrícola, un inmortal verso
celeste.
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Viernes, 7 de Agosto del 2026
Domingo, 9 de Agosto del 2026
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