Casi cuarenta años después, Dionisio Cañas volverá a
ejercer como mantenedor de la Fiesta de las Letras de Tomelloso, que
este año alcanza su 75 edición. La primera vez fue en 1987, cuando
sorprendió hablando del cosmopolitismo de una ciudad que entonces muchos
todavía miraban con ojos de pueblo. Ahora regresa «con más años, menos juergas
y una mirada distinta» sobre el lugar al que decidió volver después de su etapa
en Nueva York.
Nos encontramos en el Museo López Torres, buscando el fresco
en una mañana de calor injusto. Los cuadros del maestro acompañan una
conversación que va del paso del tiempo al amor, de la literatura al paisaje y
de Tomelloso al horizonte de La Mancha. Cañas prepara un discurso que no quiere
desvelar, pero deja algunas pistas. También habla de su bombo, de su actividad y
de esa necesidad casi física de mirar lejos. Este 12 de agosto, día de la
entrevista, verá el eclipse total de sol desde su bombo junto a su hermana
Isabel (ya habrá tenido lugar cuando publiquemos esta entrevista).
Hace calor. Mucho. Pero hemos encontrado consuelo en el
López Torres, entre los cuadros del genio de la luz manchega, que parecen soplarnos
en el cogote. Cañas nos da alguna semblanza de su intervención en la Fiesta de
las Letras y hablamos del paso del tiempo, de Nueva York, de su regreso a
Tomelloso y de ese horizonte de La Mancha que se ha convertido en una parte
esencial de su vida.
No quiere mostrarnos demasiado de lo que dirá el 30 de
agosto, pero sí permite conocer el hilo de su intervención. El punto de partida
será el tiempo transcurrido desde aquella primera vez que fue mantenedor, en
1987, hasta ahora. Para explicarlo recurrirá a una cita del capítulo XXIII de
la segunda parte del Quijote, el episodio de la cueva de Montesinos.
Cuando Don Quijote cuenta lo que ha visto y los demás ponen en duda su relato,
responde: «Yo soy aquí el mismo que era allí».
El poeta lo extrapola a sí mismo: «Soy la misma persona
de 1987, con más años, más peso, menos alcohol y menos juergas. Pero el mismo a
fin de cuentas».
Antes de llegar ahí, reconoce que la propuesta de volver a
ser mantenedor le sorprendió. «Para mí ha sido una sorpresa que me lo
pidieran, pero lo he aceptado con mucho gusto y es un gran honor», señala.
Lo es también por el momento que vive la celebración, que alcanza este año su
75 edición.
Han pasado casi
cuatro décadas. ¿Qué ha cambiado entonces? «Mi acercamiento a Tomelloso no
se reduce ya solo al casco urbano, también al horizonte», explica.
Después de tantos años en Nueva York, una megalópolis de
edificios y paredes de cristal, las grandes ciudades han terminado por
agobiarle. En cambio, necesita la amplitud del paisaje manchego. «Soy un
adicto al horizonte», subraya. Y es que, defiende, «el horizonte de La
Mancha es incomparable. Aquí las puestas de sol duran horas y horas, los
crepúsculos son interminables. Todo el mundo se queda asombrado de ello, menos
nosotros».
Los cuadros de Antonio López Torres parece que nos
miran mientras hablamos. La luz que Cañas reivindica en el paisaje también está
ahí, delante de nosotros. «Eso es básicamente lo que ha cambiado en mi
acercamiento a la idea de Tomelloso. Queriéndolo igual, pero ya no es Tomelloso
solo, sino más bien toda esta expansión del horizonte de La Mancha».
Una Fiesta de las Letras que ha sabido mantenerse
Hablamos de la supervivencia de la Fiesta de las Letras, que llega a su edición número 75. Más allá de la cifra, lo significativo es que una celebración que pudo parecer en sus comienzos una suerte de juegos florales haya terminado convirtiéndose en algo mucho más sólido. «Tomelloso la ha convertido en una reivindicación de las letras y el arte, como queda en pocos sitios».
La lista de escritores, artistas y personalidades que han
pasado por Tomelloso a lo largo de estos años da cuenta de esa trayectoria.
Pero Cañas cree que también hay que mirar hacia adelante. La Fiesta de las
Letras debe conservar su identidad, pero quizá necesite adaptarse a los
tiempos. «Hay que ir pensando que estamos en el siglo XXI y que se puede
replantear de otra manera, sin quitarle la solera que tiene». Encuentra un
ejemplo muy cercano en las cuevas de Tomelloso. Las que se han conservado,
señala, mantienen su carácter y su historia, pero han sido adaptadas para
seguir teniendo sentido hoy. «Son cuevas preparadas para el siglo XXI».
De Nueva York al bombo
Además de preparar su intervención como mantenedor, Cañas ha
seguido con una actividad intensa. Ha trabajado en un nuevo libro que presentará
previsiblemente entre septiembre y octubre con Almud Ediciones. Lo firma
como Ricardo Blanco, un heterónimo que ya utilizaba en Nueva York para escribir
artículos relacionados con el arte. «Es como si no lo hubiera escrito yo»,
explica.
Su intervención en la Fiesta de las Letras llega también al
final de un periodo intenso y cierra un ciclo de casi cuarenta años. Si hay
algo que resume ese recorrido es el camino de Nueva York a Tomelloso y,
finalmente, al bombo. «De todo eso voy a hablar. De cómo ha sido pasar de
Nueva York a Tomelloso y a mi bombo. Porque eso es fundamental. El bombo se ha
convertido en algo esencial para mí».
Podría parecer una paradoja vivir en un refugio de piedra
seca en mitad de La Mancha mientras mantiene una actividad profesional que le
lleva a Madrid, Barcelona, París o Nueva York. En el caso de Dionisio Cañas no
lo es. En septiembre impartirá un taller en el Museo Thyssen de Madrid.
Trabaja también con Barcelona y viaja a París para colaborar con un compositor.
«No es excluyente».
Tampoco cree el poeta que vivir en un pueblo implique
quedarse fuera del mundo. «Tengo en mis contactos del teléfono y WhatsApp,
porque ya no uso las redes sociales, gente de todas partes del mundo». La
relación entre lo local y lo global también ha cambiado. Ya no es necesario
estar físicamente en una gran ciudad para formar parte de una conversación
internacional. «Creo que hay más gente que se da cuenta de que puede vivir
en un pueblo y estar conectado globalmente».
El síndrome de Caperucita Roja
Dionisio Cañas cuenta una anécdota para explicar su relación
con el horizonte. Hace dos años le invitaron a Galicia, a una fundación situada
en medio de un bosque. Al segundo día decidió marcharse a A Coruña y buscar un
hotel con vistas al mar. Los responsables de la fundación se preocuparon y
empezaron a buscarle. «¿Dónde estás?», le preguntaron. «Es que yo
necesito horizonte», respondió.
La explicación, aclara, no tiene ninguna base psicológica. «Lo
llamo el síndrome de Caperucita Roja, porque es que yo siento que si no veo
horizonte me va a atacar algún lobo por algún lugar». La broma esconde una
realidad que Cañas tiene perfectamente asumida, «la cuestión del horizonte
se ha convertido en mí en algo obsesivo, esencial y parte de mi persona».
Quizá por eso el bombo tenga tanto sentido en su vida. No
como aislamiento, sino como lugar desde el que mirar. Y ahí aparece de nuevo
aquella frase cervantina que utilizará en su discurso: «Yo soy aquí el mismo
que era allí».
Cañas vuelve a ser mantenedor de la Fiesta de las Letras
casi cuarenta años después. El hombre que en 1987 hablaba del cosmopolitismo de
Tomelloso es ahora alguien que ha vivido en Nueva York, trabaja
internacionalmente y ha elegido instalar parte de su vida en un bombo manchego.
Él insiste en que sigue siendo el mismo. Su manera de mirar,
sin embargo, ha cambiado.
Ahora necesita el horizonte.
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