Alrededor de la Casa del Gallego hay una historia de
solidaridad que atraviesa más de dos siglos. Los terrenos donde se levanta
pertenecieron a María López de la Parra, la primera benefactora de
Tomelloso, que en sus disposiciones testamentarias estableció un Patronazgo
gracias al cual numerosos vecinos pudieron acceder durante generaciones,
mediante rentas muy bajas, a pequeñas propiedades para labrar o levantar sus viviendas.
En 1869 se levantó allí una casa de labor que con el tiempo se convertiría en
una de las construcciones más reconocibles de aquel Tomelloso agrícola y
vitivinícola. Décadas después llegaría Ramón Vázquez, natural de Lugo,
que acabaría convirtiéndose en propietario del inmueble y dando origen al
nombre de Casa del Gallego. Ramón un hombre que, según recuerdan sus
nietos, hizo de la solidaridad su forma de vida; tenía la puerta abierta para quien necesitara una mula, una tartana o
simplemente ayuda. Su entierro fue multitudinario y entre quienes acudieron
estaban también las familias gitanas de los alrededores a las que había
ayudado.
La explotación tuvo bodegas, jaraíz, cuadras, carros, mulas,
vendimias y producción de vino y holandas, además de numerosos trabajadores que
pasaron por ella. Leticia y José Ramón Ortiz Vázquez, nietos de Ramón,
han vivido esa casa desde dentro. Al hablar de ella aparecen la familia, las
tardes de reunión, las bicicletas, las mulas, la cueva y las pequeñas escenas
de una infancia que todavía conservan intacta. La restauración del edificio,
que este sábado abre sus puertas como Casa de las Artes y las Artes de La
Mancha, les permite volver la mirada hacia una parte fundamental de sus
viviencias.
De Galicia a la Casa del Gallego
La historia familiar de Leticia y José Ramón empieza con
Ramón Vázquez, un joven llegado de Galicia que acabaría convirtiéndose en
propietario de aquella casa y dando origen al nombre con el que todavía hoy la
conocemos. Ramón era natural de Lugo y sobre su llegada a Tomelloso han
circulado varias versiones entre los nietos. Leticia conserva la que le contaba
su madre, Antonio Ropero y Pilar Muñoz, un matrimonio que no tenía hijos,
habría acogido al niño y terminó quedándose con él. Ella misma reconoce que
quizá haya algo de idealización en aquel relato familiar, aunque es la historia
con la que se ha quedado. “A lo mejor la tengo un poco idealizada, pero
quiero quedarme con esa porque es la que a mí me gusta. Es una historia muy
romántica.”
Los documentos que la familia ha ido conservando permiten poner algunas fechas a aquella historia. Pilar murió en 1933 y dejó a Ramón la mitad de la propiedad. Antonio Ropero falleció en 1935 y le legó la otra mitad. Ramón pasó así a ser propietario de la casa completa. Desde entonces, aquel enorme conjunto de la calle Alfonso XII (antes la del Molino Viejo) quedó ligado a su nombre y al sobrenombre de Gallego, que terminaría imponiéndose entre los tomelloseros. El eucalipto que aún sobresale por encima de la construcción ha quedado también en la memoria familiar como una de las imágenes más características del lugar. “Siempre me acuerdo de ver asomar el eucalipto por encima del tejado.”

Aquella era una casa de labor con mucha actividad. Había
trabajadores durante buena parte del año y las vendimias reunían a más gente
todavía. Algunas habitaciones se preparaban para los vendimiadores, mientras en
las cuadras se atendía a caballos y mulas y en las naves se guardaban los
carros. La bodega, el jaraíz y la alquitara formaban parte de una explotación
en la que se elaboraba vino y se producían holandas. Leticia y José Ramón no
llegaron a ver la fábrica funcionando, aunque crecieron rodeados de aquellos
espacios y de las historias que les habían contado sus mayores.
Una casa llena de vida
La casa tuvo también una vida familiar intensa. Ramón tuvo
cinco hijos y, salvo una de ellas, que marchó a Madrid para estudiar Medicina,
los demás permanecieron en Tomelloso. Las reuniones eran habituales y los
nietos iban detrás. “Era una familia muy, muy, muy unida. Nos juntábamos
todas las tardes allí.” Para ellos, las cámaras, las naves, el corral de
las gallinas, los carros y las nueces de los árboles formaban parte de un
enorme territorio de juegos que parecía no acabarse nunca.
Con los años llegaron las exploraciones de la bodega, la
noria, la fábrica y la cueva. La vendimia tenía su propio ritmo y los espacios
de la casa se adaptaban a las necesidades de cada época. La cueva sigue siendo
uno de los lugares que más les llaman la atención. José Ramón recuerda la luz
que entra por las lumbreras. “Te pones al principio de la cueva y ves el
horizonte. Ves cómo cae la luz de las lumbreras y todo lo demás queda negro. Es
una preciosidad.”
Los recuerdos más queridos llevan, sin embargo, nombres de
familia y escenas domésticas. Leticia recuerda una galería enorme, el jardín de
canto rodado y una chimenea alrededor de la que se sentaban todos los nietos.
Su tía, la más joven y soltera, los reunía allí y se encargaba de tenerlos
entretenidos. “Nos sentaba alrededor y, con un tenedor largo, largo, ponía
onzas de chocolate del Cristo de Villajos y las calentaba.” También están
los braseros de las tardes de invierno, con eucalipto y romero, y las tertulias
que se alargaban durante horas.
El carácter de Ramón aparece en muchos de esos recuerdos.
Era un hombre dispuesto a ayudar a quien acudiera a él. Prestaba una mula o una
tartana cuando alguien las necesitaba y mantenía una relación cercana con
personas de distintos ambientes de Tomelloso. Su muerte dejó una imagen que los
nietos conservan especialmente. Ramón falleció un 2 de marzo y ellos eran
todavía pequeños. No fueron al entierro, pero Leticia recuerda a su madre
vestida de negro, con el manto de luto, cruzando el patio de la fábrica. “La
recuerdo con el manto que se ponían entonces. Eso era como de las películas de
antes.” Después supieron que al funeral había acudido muchísima gente,
también familias gitanas de los alrededores a las que Ramón había ayudado. “Era
muy buena persona y una persona muy querida. Ayudaba a todo el que se lo
pedía.”
La Guerra Civil dejó también historias alrededor de la casa. Los hermanos han escuchado distintas versiones a lo largo de los años y conocen la diferencia entre los recuerdos familiares y las leyendas que han ido creciendo alrededor de un edificio tan grande y llamativo. Durante la contienda fue ocupada por los republicanos y, terminada la guerra, una familia de los ocupantes permaneció allí. La relación con los Vázquez continuó durante años. Leticia recuerda especialmente a Maruja (la tía Maruja acabo siendo), una de aquellas mujeres. “Jamás se habló de política, jamás se contrastaron ideas. Y eso es lo bueno.”
La memoria de una casa
Con el paso del tiempo fue desapareciendo buena parte de
aquella actividad. Se vendieron tinajas, algunas instalaciones dejaron de
utilizarse y determinados elementos de la casa se perdieron. Los hermanos
relacionan esa desaparición con una época en la que “no se tenía conciencia
de lo que era el patrimonio.” Recuerdan otras casas que desaparecieron y
lamentan que buena parte de aquella arquitectura tradicional no haya llegado
hasta nuestros días.
La Casa del Gallego estuvo cerca de correr la misma suerte.
Cuando Leticia supo que podía ser derribada, su reacción fue contundente, “cuando
me dijeron que la iban a tirar, dije: muerto el perro, se acabó la rabia.” Después
conoció el proyecto de restauración y la percepción cambió. Le gustan los
estucos recuperados, los artesonados, los lienzos de muralla, el jaraíz y la
cueva. Reconoce algunos elementos de la casa familiar, aunque la contempla
desde una mirada distinta. “Me da gusto verla, sí. La pena de la casa de mis
abuelos se me ha ido porque no me parece ella.”
José Ramón valora la recuperación del edificio y el
protagonismo que mantiene la arquitectura dentro del nuevo proyecto. La cueva
tendrá además un espacio propio dentro del centro de interpretación de esos
recursos únicos de Tomelloso, con información sobre distintas construcciones
subterráneas de la localidad.
A los dos hermanos les gusta también el planteamiento de la nueva Casa de las Artes, que dará cabida a distintos creadores de Tomelloso y de La Mancha. Leticia cita a Dionisio Cañas, José Luis Cabañas, Pepe Carretero, García Pavón o Félix Grande y celebra esa mirada amplia sobre la creación local. “Me ha encantado que no sea monográfico. Hay que nombrar también a los artistas que hay en Tomelloso, que son muchísimos.”
La conversación vuelve una y otra vez a la vida que hubo
allí. Aparecen las bicicletas, las mulas, los carros, los corderos de una de
sus tías, las cámaras, las bodegas y aquella chimenea donde se reunían los
nietos. Las hijas de Leticia también vivieron la casa. La mayor está a punto de
cumplir 38 años y Blanca tiene 31. “Han disfrutado de esa casa lo mismo que
hemos podido hacerlo nosotros.”
Ahora la Casa del Gallego comienza otra etapa como espacio
cultural. Para Leticia y José Ramón seguirá siendo la casa de Ramón Vázquez, el
Gallego; la de los trabajadores de las vendimias, las mulas y las bodegas; la
del eucalipto que sobresale sobre el tejado y la de aquellas tardes en las que
toda la familia terminaba reunida alrededor de la chimenea.
José Ramón lo resume con un recuerdo de infancia: “Ahí
aprendimos todos a montar en bicicleta.” Leticia completa la escena: “Con
la mula detrás.”
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