Tomelloso

«La del Gallego ha sido para nosotros una casa muy querida y muy vivida»

Leticia y José Ramón Ortiz Vázquez repasan sus recuerdos en el edificio que este sábado abre sus puertas como CALMA, Casa de las Artes y las Letras de La Mancha

Francisco Navarro | Viernes, 21 de Agosto del 2026
{{Imagen.Descripcion}} Miembros de la familia Vázquez en la Casa del Gallego Miembros de la familia Vázquez en la Casa del Gallego

Alrededor de la Casa del Gallego hay una historia de solidaridad que atraviesa más de dos siglos. Los terrenos donde se levanta pertenecieron a María López de la Parra, la primera benefactora de Tomelloso, que en sus disposiciones testamentarias estableció un Patronazgo gracias al cual numerosos vecinos pudieron acceder durante generaciones, mediante rentas muy bajas, a pequeñas propiedades para labrar o levantar sus viviendas. En 1869 se levantó allí una casa de labor que con el tiempo se convertiría en una de las construcciones más reconocibles de aquel Tomelloso agrícola y vitivinícola. Décadas después llegaría Ramón Vázquez, natural de Lugo, que acabaría convirtiéndose en propietario del inmueble y dando origen al nombre de Casa del Gallego. Ramón un hombre que, según recuerdan sus nietos, hizo de la solidaridad su forma de vida; tenía la puerta abierta para quien necesitara una mula, una tartana o simplemente ayuda. Su entierro fue multitudinario y entre quienes acudieron estaban también las familias gitanas de los alrededores a las que había ayudado.

La explotación tuvo bodegas, jaraíz, cuadras, carros, mulas, vendimias y producción de vino y holandas, además de numerosos trabajadores que pasaron por ella. Leticia y José Ramón Ortiz Vázquez, nietos de Ramón, han vivido esa casa desde dentro. Al hablar de ella aparecen la familia, las tardes de reunión, las bicicletas, las mulas, la cueva y las pequeñas escenas de una infancia que todavía conservan intacta. La restauración del edificio, que este sábado abre sus puertas como Casa de las Artes y las Artes de La Mancha, les permite volver la mirada hacia una parte fundamental de sus viviencias.

De Galicia a la Casa del Gallego

La historia familiar de Leticia y José Ramón empieza con Ramón Vázquez, un joven llegado de Galicia que acabaría convirtiéndose en propietario de aquella casa y dando origen al nombre con el que todavía hoy la conocemos. Ramón era natural de Lugo y sobre su llegada a Tomelloso han circulado varias versiones entre los nietos. Leticia conserva la que le contaba su madre, Antonio Ropero y Pilar Muñoz, un matrimonio que no tenía hijos, habría acogido al niño y terminó quedándose con él. Ella misma reconoce que quizá haya algo de idealización en aquel relato familiar, aunque es la historia con la que se ha quedado. “A lo mejor la tengo un poco idealizada, pero quiero quedarme con esa porque es la que a mí me gusta. Es una historia muy romántica.”

Los documentos que la familia ha ido conservando permiten poner algunas fechas a aquella historia. Pilar murió en 1933 y dejó a Ramón la mitad de la propiedad. Antonio Ropero falleció en 1935 y le legó la otra mitad. Ramón pasó así a ser propietario de la casa completa. Desde entonces, aquel enorme conjunto de la calle Alfonso XII (antes la del Molino Viejo) quedó ligado a su nombre y al sobrenombre de Gallego, que terminaría imponiéndose entre los tomelloseros. El eucalipto que aún sobresale por encima de la construcción ha quedado también en la memoria familiar como una de las imágenes más características del lugar. “Siempre me acuerdo de ver asomar el eucalipto por encima del tejado.”

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Aquella era una casa de labor con mucha actividad. Había trabajadores durante buena parte del año y las vendimias reunían a más gente todavía. Algunas habitaciones se preparaban para los vendimiadores, mientras en las cuadras se atendía a caballos y mulas y en las naves se guardaban los carros. La bodega, el jaraíz y la alquitara formaban parte de una explotación en la que se elaboraba vino y se producían holandas. Leticia y José Ramón no llegaron a ver la fábrica funcionando, aunque crecieron rodeados de aquellos espacios y de las historias que les habían contado sus mayores.

Una casa llena de vida

La casa tuvo también una vida familiar intensa. Ramón tuvo cinco hijos y, salvo una de ellas, que marchó a Madrid para estudiar Medicina, los demás permanecieron en Tomelloso. Las reuniones eran habituales y los nietos iban detrás. “Era una familia muy, muy, muy unida. Nos juntábamos todas las tardes allí.” Para ellos, las cámaras, las naves, el corral de las gallinas, los carros y las nueces de los árboles formaban parte de un enorme territorio de juegos que parecía no acabarse nunca.

Con los años llegaron las exploraciones de la bodega, la noria, la fábrica y la cueva. La vendimia tenía su propio ritmo y los espacios de la casa se adaptaban a las necesidades de cada época. La cueva sigue siendo uno de los lugares que más les llaman la atención. José Ramón recuerda la luz que entra por las lumbreras. “Te pones al principio de la cueva y ves el horizonte. Ves cómo cae la luz de las lumbreras y todo lo demás queda negro. Es una preciosidad.”

Los recuerdos más queridos llevan, sin embargo, nombres de familia y escenas domésticas. Leticia recuerda una galería enorme, el jardín de canto rodado y una chimenea alrededor de la que se sentaban todos los nietos. Su tía, la más joven y soltera, los reunía allí y se encargaba de tenerlos entretenidos. “Nos sentaba alrededor y, con un tenedor largo, largo, ponía onzas de chocolate del Cristo de Villajos y las calentaba.” También están los braseros de las tardes de invierno, con eucalipto y romero, y las tertulias que se alargaban durante horas.

El carácter de Ramón aparece en muchos de esos recuerdos. Era un hombre dispuesto a ayudar a quien acudiera a él. Prestaba una mula o una tartana cuando alguien las necesitaba y mantenía una relación cercana con personas de distintos ambientes de Tomelloso. Su muerte dejó una imagen que los nietos conservan especialmente. Ramón falleció un 2 de marzo y ellos eran todavía pequeños. No fueron al entierro, pero Leticia recuerda a su madre vestida de negro, con el manto de luto, cruzando el patio de la fábrica. “La recuerdo con el manto que se ponían entonces. Eso era como de las películas de antes.” Después supieron que al funeral había acudido muchísima gente, también familias gitanas de los alrededores a las que Ramón había ayudado. “Era muy buena persona y una persona muy querida. Ayudaba a todo el que se lo pedía.”

La Guerra Civil dejó también historias alrededor de la casa. Los hermanos han escuchado distintas versiones a lo largo de los años y conocen la diferencia entre los recuerdos familiares y las leyendas que han ido creciendo alrededor de un edificio tan grande y llamativo. Durante la contienda fue ocupada por los republicanos y, terminada la guerra, una familia de los ocupantes permaneció allí. La relación con los Vázquez continuó durante años. Leticia recuerda especialmente a Maruja (la tía Maruja acabo siendo), una de aquellas mujeres. “Jamás se habló de política, jamás se contrastaron ideas. Y eso es lo bueno.”

La memoria de una casa

Con el paso del tiempo fue desapareciendo buena parte de aquella actividad. Se vendieron tinajas, algunas instalaciones dejaron de utilizarse y determinados elementos de la casa se perdieron. Los hermanos relacionan esa desaparición con una época en la que “no se tenía conciencia de lo que era el patrimonio.” Recuerdan otras casas que desaparecieron y lamentan que buena parte de aquella arquitectura tradicional no haya llegado hasta nuestros días.

La Casa del Gallego estuvo cerca de correr la misma suerte. Cuando Leticia supo que podía ser derribada, su reacción fue contundente, “cuando me dijeron que la iban a tirar, dije: muerto el perro, se acabó la rabia.” Después conoció el proyecto de restauración y la percepción cambió. Le gustan los estucos recuperados, los artesonados, los lienzos de muralla, el jaraíz y la cueva. Reconoce algunos elementos de la casa familiar, aunque la contempla desde una mirada distinta. “Me da gusto verla, sí. La pena de la casa de mis abuelos se me ha ido porque no me parece ella.”

José Ramón valora la recuperación del edificio y el protagonismo que mantiene la arquitectura dentro del nuevo proyecto. La cueva tendrá además un espacio propio dentro del centro de interpretación de esos recursos únicos de Tomelloso, con información sobre distintas construcciones subterráneas de la localidad.

A los dos hermanos les gusta también el planteamiento de la nueva Casa de las Artes, que dará cabida a distintos creadores de Tomelloso y de La Mancha. Leticia cita a Dionisio Cañas, José Luis Cabañas, Pepe Carretero, García Pavón o Félix Grande y celebra esa mirada amplia sobre la creación local. “Me ha encantado que no sea monográfico. Hay que nombrar también a los artistas que hay en Tomelloso, que son muchísimos.”

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La conversación vuelve una y otra vez a la vida que hubo allí. Aparecen las bicicletas, las mulas, los carros, los corderos de una de sus tías, las cámaras, las bodegas y aquella chimenea donde se reunían los nietos. Las hijas de Leticia también vivieron la casa. La mayor está a punto de cumplir 38 años y Blanca tiene 31. “Han disfrutado de esa casa lo mismo que hemos podido hacerlo nosotros.”

Ahora la Casa del Gallego comienza otra etapa como espacio cultural. Para Leticia y José Ramón seguirá siendo la casa de Ramón Vázquez, el Gallego; la de los trabajadores de las vendimias, las mulas y las bodegas; la del eucalipto que sobresale sobre el tejado y la de aquellas tardes en las que toda la familia terminaba reunida alrededor de la chimenea.

José Ramón lo resume con un recuerdo de infancia: “Ahí aprendimos todos a montar en bicicleta.” Leticia completa la escena: “Con la mula detrás.”

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