Ha vuelto Dionisio Cañas, treinta y nueve años después,
al atril de la Fiesta de las Letras. Y no podía haber mejor ocasión que
esta LXXV edición de la gran fiesta de la cultura tomellosera para que el
poeta, ensayista, catedrático, artista e Hijo Predilecto de Tomelloso volviera
a ejercer de Mantenedor. Mucho ha cambiado el mundo desde aquel 1987. Hemos
dejado atrás la ingenuidad de los ochenta, hemos pasado por guerras, atentados
terribles, crisis humanitarias, revoluciones tecnológicas y pandemias. Y nos
han pasado casi cuarenta años por encima, que no es moco de pavo.
Cañas ha despertado una enorme expectación, que su discurso
ha sabido recompensar. Como ya paso en aquel verano del 87, el Mantenedor ha
vuelto a sorprendernos. Brillante, irónico, reivindicativo, cercano, cómplice,
cómodo, ha desplegado un gran discurso Ha hablado del amor, pero también del
tiempo, de la tecnología, de la memoria, de la solidaridad y de ese sentimiento
profundo de pertenencia a una tierra. Y lo ha hecho a su manera: mezclando
poesía, pensamiento, recuerdos, humor y esa mirada crítica que nunca ha dejado
de acompañar su obra. Tras los agradecimientos, prolijos, Cañas es géneros, a recordado
a los partidos la necesidad de una biblioteca para Tomelloso.
Se encuentra en un estado que ha calificado como “entreluz”.
Esa situación le hace hablar del amor. Lee parte del Canto 120 de Ezra Pound y
Cañas, se mete en harina
El punto de partida ha sido precisamente el tiempo. Todo lo
que decimos, ha venido a explicar, se convierte inmediatamente en pasado,
incluso cuando hablamos en presente. La palabra, sin embargo, tiene la
capacidad de dejar un sedimento, una semilla que puede volver a florecer en
otros ojos. “Cuando escribimos, paradójicamente creamos pasado y futuro a la
vez”, ha señalado.
En esa reflexión sobre el tiempo ha aparecido también Jorge
Manrique. Cañas ha recordado los célebres versos de las Coplas a la muerte
de su padre para proponer su propia mirada: “El Tiempo, la Vida, no son
‘los ríos que van a dar a la mar’, sino los ríos que vuelven a su manantial.”
Una imagen que le ha servido para advertir de que el pasado puede regresar si
no somos capaces de mantener un pensamiento crítico y autocrítico.
Desde ahí, el Mantenedor ha tendido un puente entre aquella
época analógica en la que desarrolló buena parte de su trabajo intelectual y
poético y este presente dominado por las pantallas, Internet y la inteligencia
artificial. Un cambio que ha generado una nueva forma de analfabetismo: el
digital. “Buena parte de mi generación se puede considerar como una tribu
inepta respecto a las habilidades de los nativos y nativas digitales”, ha dicho
con su habitual mezcla de ironía y lucidez.
Del analfabetismo digital al aprendizaje del amor
Pero Cañas no se ha quedado en la brecha tecnológica. Frente
a quienes dominan las nuevas herramientas, ha reivindicado un territorio en el
que la edad y la experiencia siguen teniendo mucho que enseñar: el amor y la
inteligencia emocional.
Ha hablado del amor individual como ese extraño mecanismo
capaz de poner a cero el reloj de la vida. El poema El cero de los días,
que en el acto ha cobrado además forma de canción interpretada en vídeo por una
joven, ha servido de puerta de entrada a una de las partes más personales de su
intervención.
“¿Qué sería de nosotros sin el amor?”, se ha preguntado.
Enamorarse, ha explicado, supone en cierto modo apagar la razón para que la
pasión ocupe su lugar. Pero el amor, para Cañas, necesita también reciprocidad.
“El problema es que el amor tiene que ser parecido a una carretera: debe ir
en dos direcciones.”
Y ahí ha aparecido Tomelloso. Porque Cañas puede decir que
está enamorado de Tomelloso, aunque se haya preguntado con cierta sorna si
Tomelloso está enamorado de él. Su respuesta ha dibujado una relación de amor
con curvas, baches, señales de peligro, stops y algún que otro desprendimiento.
Una metáfora muy suya para explicar también las relaciones humanas y la
necesidad de guardar las formas, practicar la empatía y recordar que todos
tenemos “un corazoncito”.
En este tramo ha recuperado también a Jaime Gil de Biedma,
que escribió que “es inquietante constatar que casi todas las historias de
amor terminan mal”. Cañas ha utilizado la cita para adentrarse en las
distintas formas del amor y el desamor, aunque enseguida ha preferido quedarse
con el primero. Porque, como ha defendido, ese “cero de la felicidad” al que
alude en su poema no tiene por qué representar un final, sino “una puerta
para un nuevo principio, un nuevo amor”.
Ha reivindicado también el amor social, el que lleva
a tantas personas a ayudar a los demás sin esperar recompensa. Ha citado a
Médicos Sin Fronteras, Bomberos para el Mundo, Cáritas, Cruz Roja y las
organizaciones ecologistas y de protección de los animales. Y ha lanzado uno de
los mensajes más rotundos de su discurso: “¡No pierdas el tiempo odiando!”
Un Tomelloso que se extiende hasta donde alcanza la
mirada
Pero el gran hallazgo de su intervención ha llegado cuando
Cañas ha explicado qué significa para él el amor por el lugar. Porque el
Tomelloso que ama ya no cabe únicamente dentro de los límites administrativos
de su término municipal.
Ha recordado también que el gran artista tomellosero Antonio
López ha utilizado recientemente la misma expresión que él pronunció al final
de su intervención como Mantenedor en 1987: “Estoy enamorado de Tomelloso.”
Casi cuatro décadas después, Cañas ha vuelto sobre aquella frase para explicar
que su manera de entender ese amor ha cambiado y, al mismo tiempo, se ha hecho
mucho más amplia.
Es un Tomelloso expandido, el de los campos y las viñas, los
melonares, los pimientos, las sandías, los cereales, los ajos y las cebollas,
los olivares, las encinas, los pistachos y los almendros. Un territorio
agrícola que alcanza también espacios de Campo de Criptana, Argamasilla de
Alba, Alcázar de San Juan, Socuéllamos, Pedro Muñoz y Villarrobledo. Ese es
ahora el territorio de su amor.
Allí está su bombo, su refugio de piedra seca, su lugar en
el mundo. Allí encuentra, ha dicho, “el kilómetro cero de mi felicidad”.
Cañas ha recordado que dejó Nueva York en 2005 para regresar
a Tomelloso y que desde entonces se ha acostumbrado a despertar con los ojos
llenos de horizonte. Las grandes ciudades le agobian porque le impiden verlo. Y
ha recuperado, para explicarse, las palabras del Quijote al salir de la
Cueva de Montesinos: “Yo era allí entonces el que soy aquí ahora.”
Treinta y nueve años después, Dionisio Cañas ha regresado al
atril siendo el mismo y siendo otro. Con menos alcohol, menos juerga y, según
ha confesado, menos preocupación por la apariencia. Pero con un amor por su
tierra que se ha hecho más grande.
Lo ha llamado “amor expandido”. Un amor que ya no
termina en las lindes del término municipal, sino que alcanza todo el horizonte
que puede contemplar desde su bombo.
Y así, con la palabra convertida en declaración de amor, ha
cerrado su discurso de Mantenedor. “Tengo hambre de él”, ha dicho del
horizonte. Y después ha pronunciado la frase que resume toda su intervención y
acaso buena parte de su relación con esta tierra: “Estoy enamorado de La
Mancha”.
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Domingo, 30 de Agosto del 2026
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