El paso del tiempo y la brecha digital
Cualquier
cosa que decimos o escribimos se convierte en “tiempo pasado”. Incluso cuando
escribimos con formas verbales del presente, sobre asuntos del “ahora”,
irremediablemente todo se convierte en pasado. Este mismo acto, las palabras
que yo estoy leyendo, diciendo, son simultáneamente el presente y a la vez ya
son el pasado. Nuestras experiencias, por optimistas que seamos, mientras que
las vivimos estamos consumiendo un tiempo que fluye hacia el pasado. El Tiempo,
la Vida, no son “los ríos que van a dar a la mar”, como dijo el poeta Jorge
Manrique en el siglo XV, sino los ríos que vuelven a su manantial. No obstante,
hay que ser precavidos porque el Tiempo no necesariamente es lineal sino que
puede ser circular. De ser así, si no estamos en estado de alerta constante, si
no desarrollamos un pensamiento crítico, autocrítico, el pasado pude volverse
contra nosotros mismos y convertirnos de nuevo en víctimas de nuestros errores
colectivos e individuales.
La escritura, por quedarnos en un solo ámbito de las
capacidades humanas de recrear tiempos pretéritos, la escritura, decía, tiene
un don especial: que a la vez que se hace pasado deja un sedimento, una
semilla, para que la palabra se haga presente y florezca en unos ojos ajenos
que desconocemos. Es decir, que cuando escribimos, paradójicamente creamos
pasado y futuro a la vez: el futuro de que, si tenemos esa suerte, alguien nos
leerá algún día.
Este “resucitar” de y en nuestras palabras dependerá, pues,
de otra persona o de una máquina. Porque sí, por mucho que critiquemos el uso
de los ordenadores y de la Inteligencia Artificial, nuestro futuro es posible
que ya no esté solo en los documentos impresos en papel y en forma de libros,
sino que buena parte del quehacer humano y de su creatividad estarán
digitalizados, almacenados en el cerebro artificial de una o de muchas
máquinas.
Esta descentralización del sujeto, de nuestra persona y de
nuestro cerebro, de una inteligencia exclusivamente humana, individualizada,
tiene ya sus consecuencias. Pero volvamos, a modo de testimonio, sin nostalgia,
a la era analógica, a la de los libros y a la de las bibliotecas donde el papel
reinaba sobre cualquier otra forma de transmitir el conocimiento y la
creatividad humana. En otras palabras, volver, pero solo como una referencia, a
la época durante la que yo hice gran parte de mi trabajo intelectual y poético,
razón por la cual hoy tengo el honor de ser el Mantenedor de esta Fiesta de las
Letras en su 75 aniversario.
Cuando en el siglo XV se inventó la imprenta, los escribas,
los copistas, “escribidores”, se fueron al desempleo; hoy le llamamos a esa
situación el “paro”. Pero resultaba que en esa época la mayoría de la población
era analfabeta. Entonces la palabra oral prosperó por todas partes al mismo
tiempo que la escritura impresa en papel. Las desigualdades ya no eran solo por
razones económicas, sino que también lo eran por saber leer y escribir.
El libro, al igual que la imprenta, se fueron
transformando, hasta llegar al “formato de bolsillo” ya en el siglo XX, el
libro, decía, se democratizó: personas con pocos recursos tuvieron acceso a la
lectura. Antes, claro está, existieron las novelas por entregas (novelas de
amor o del “Oeste”), que se podían comprar por 25 o 50 céntimos en los kioscos;
con el tiempo pasarían a ser unas pocas pesetas. También fueron aumentando
numéricamente las Bibliotecas Públicas, las cuales facilitarían la posibilidad
de lectura para aquellos y aquellas que no tenían el dinero suficiente para
comprarse un libro, inclusive si el formato era muy barato, como el libro de
bolsillo. Este fue el caso de dos ilustres poetas de Tomelloso, Eladio Cabañero
y Félix Grande; eso sí, con la ayuda de otro prestigioso tomellosero, Francisco
García Pavón. Y así llegamos hasta el siglo XXI, cuando el índice de
analfabetismo se ha ido reduciendo casi a algo anecdótico en España: solo un 1%
de españoles son analfabetos. Ahora, un ahora que en poco tiempo también será
“el pasado”, el libro digital, las pantallas y la imagen están remplazando
otras formas del traspaso e intercambio en los diferentes campos del
conocimiento y de la creatividad. Estamos en un momento trascendental de
cambios sociales, políticos y culturales. Sin haber dejado atrás del todo el
pasado, estamos construyendo la sociedad del futuro.
En este ahora, donde lo virtual convive con lo real
alegremente, lo falso y lo auténtico son difíciles de distinguir, ahora, cuando
la apariencia es casi más importante que la esencia, es cuando más atentos
tenemos que estar al significado de las palabras. Aunque esto no es ninguna
novedad, ni en Tomelloso ni en cualquier lugar del mundo, y no solo importa la
apariencia individual (mi abuela siempre me decía, “vas hecho un Adán”) también
las personas con quienes te relacionas marcan tu imagen, tu apariencia; el
refrán “dime con quién andas y te diré quién eres” lo expresa con claridad
meridiana. Sin embargo, lo que ahora se conoce como “Redes Sociales”, son
también una trampa en la que con facilidad caemos, como peces tontos, en dar
por bueno cualquier eslogan, cualquier bulo, sin preguntarnos cuánto hay de verdad,
cuánto no es solo manipulación y adoctrinamiento político para crear un
malestar, un descontento generalizado, para impulsarnos a lo que se ha dado en
llamar un “golpe de estado blando”. Hay que aprender a pensar y a volar con
nuestras propias alas, de lo contrario nos puede pasar lo mismo que le ocurrió
al desafortunado Ícaro, que caeremos fulminados por nuestra propia estupidez.
Desde el inicio de la cibernética, pasando por la creación
de Internet y de la telefonía móvil, hasta la eclosión actual de la
Inteligencia Artificial, algunos de nosotros y de nosotras, como los copistas
en el siglo XV, nos hemos ido quedando también en “el paro” virtual. Es decir, somos analfabetos digitales. Y, yo
diría, que buena parte de mi generación se puede considerar como una tribu
inepta respecto a las habilidades de los nativos y nativas digitales. Y la pregunta
sería ¿Y QUÉ, SON MÁS FELICES ELLOS Y
ELLAS QUE NOSOTROS, LOS ANALFABETOS DIGITALES?
La brecha digital nos ha llevado por primera vez en la
historia de la humanidad a una situación anómala: los nietos y las nietas son
los que enseñan a los abuelos y a las abuelas. No obstante, hay un campo de la
sabiduría y de la inteligencia emocional en el cual la edad y la experiencia
son tan importantes y poderosas como las nuevas tecnologías: es en la
experiencia amorosa y en el amplio concepto de lo que se suele llamar AMOR.
EL
CERO DE LOS DÍAS
Amar
no tiene
cuatro
puntos cardinales
sino
cuatro ceros anclados
en un
horizonte ajeno.
Si el
monte arde
tú
también ardes con él.
Si la
selva se inunda
tu
corazón se ahoga.
Si el
mar se seca
tú
eres la asfixia del pez.
Si la
montaña tiembla
es
posible que llores.
Eres
la víctima de tu felicidad
en
todas partes:
Norte-Sur-Este-Oeste.
No sin
temor
se
aman los desconocidos
que
vienen
desde
los cuatro puntos cardinales.
En el
Centro se unen sus caminos.
Con
polvo y tierra construyen
el
Cero de su felicidad.
El amor individual
Por muy pesimista que parezca este poema, esta canción, sí, en el fondo siempre que nos
enamoramos todo empieza de nuevo, ponemos el cronómetro de nuestra vida en el
Cero de nuestra felicidad. Algo así como si todo el pasado no hubiera existido
y, como niños y niñas inocentes, caemos y recaemos en ese abismo azul,
radiante, luminoso que es el AMOR;
con o sin nuevas tecnologías, el ser humano siempre termina enamorándose, ya
sea de una persona, de un lugar, de un objeto, o de un ser virtual.
¿QUÉ
SERÍA DE NOSOTROS SIN EL AMOR? Por mucha experiencia que
tengamos en asuntos amorosos, por muchos desengaños que hayamos tenido, una y
otra vez caemos en la trampa del AMOR.
Digo trampa porque con frecuencia nuestra racionalidad se cortocircuita cuando
nos enamoramos. Es algo así como si se produjera un apagón eléctrico en nuestro
cerebro: ¿Te quiero, pero me quieres tú
a mí?
Sí,
enamorarse individualmente consiste en apagar la razón para que la pasión ocupe
su lugar. En esto sí es vedad que los y las mayores les podemos enseñar algo a
la generación digital, no porque seamos más sabios sino porque somos más
viejos.
El AMOR es una
de esas maravillosas enfermedades que no tiene cura y que ocurre a un nivel
global, en todos los lugares de nuestro maltrecho planeta y, también, para
algunos y algunas, en la pantalla de su ordenador o de su teléfono móvil.
Los ingredientes del AMOR
individual son muchos y, con frecuencia, se confunden con el deseo carnal.
Cuando no hay verdadero AMOR, el
deseo pronto se va diluyendo como un terrón de azúcar en un vaso de agua. El
problema es que el AMOR tiene que
ser parecido a una carretera: debe ir en dos direcciones. Si el AMOR no es mutuo, pronto se puede
convertir en tragedia, en esclavitud y dependencia. ¿Te quiero, pero me quieres tú a mí?
Yo puedo decir que estoy “enamorado de Tomelloso”, pero
“¿está Tomelloso enamorado de mí?”. Pues si les digo la verdad es que hay una
parte que sí, pero otra, como es natural, que no. En ese sentido, mi amor por
Tomelloso es en ambas direcciones, como las carreteras, con algunos baches, con
algunas excepciones, con algunas curvas peligrosas, con cuestas y con señales
que me dicen: “cuidado, peligro, paso de animales”, “peligro de
desprendimientos”, “ceda el paso”…STOP.
Y yo hago con el AMOR y con el
afecto como cundo conduzco mi coche: respeto la velocidad que me indican las
señales, soy prudente, cedo el paso, hago mis “stops”, etcétera.
Lo mismo me pasa en mis relaciones con los seres humanos,
“soy un apercibiote”, como se solía decir antes en Tomelloso, porque nadie está
a salvo de un fatal choque frontal (no con mi coche sino con algunas personas),
pero siempre hay que tratar de guardar las formas, aparentar calma, no olvidar
nunca que todas y todos tenemos un corazoncito, que somos esencialmente
humanos. Pasar de la empatía a la antipatía, del amor al odio, es un mal
negocio (se los digo por mi experiencia propia); es mejor quedarse en la zona
gris de “la indiferencia”.
La vida, como el AMOR,
es un paso de cebra para los peatones: hay que atravesarlo con precaución,
inclusive si el semáforo está en rojo para los automóviles, para los patinetes
eléctricos, para las motos y para las bicicletas, hay que ir con mucho cuidado.
Así ando yo por el Tomelloso físico y también por el emocional y el amoroso,
tomando todas las precauciones. Ahora bien, en cuestiones de AMOR no “cedo el paso” para que otra
persona me quite lo que más quiero; en ese sentido soy intransigente, me olvido
de la apariencia, la esencia animal me sale para defender el ser amado, la cosa
amada, un libro amado. Porque sí, el amor a los libros forma parte de la idea
general del AMOR.
El poeta Jaime Gil de Biedma ya escribió alguna vez que “es
inquietante constatar que casi todas las historias de amor terminan mal”. Claro
que él estaba pensando en los modelos literarios del AMOR: Romeo y Julieta, Los Amantes de Teruel, la ópera Carmen, la película Lo que el viento se llevó o Westside
Story, etcétera. No obstante, hay amores que duran una eternidad, aunque,
la verdad sea dicha, los amores entre dos seres humanos con frecuencia pasan
pronto de una intensidad de alto voltaje a pura compañía o, en los mejores
casos, a una tierna amistad; en los peores casos a una separación o a un
divorcio, que si es amistoso, pues vale, puede ser hasta liberador, mas si deja
cicatrices emocionales, el asunto es ya más penoso. Pero volvamos al AMOR que es más interesante que el DESAMOR.
El
AMOR INDIVIDUAL es algo así como si un coche de carreras se
pusiera en unos segundos a 180 kilómetros por hora al arrancar y, poco a poco,
se fuera ralentizando hasta llegar a unos 20 kilómetros por hora y, finalmente,
al “cero” en el contador; ese “Cero de
la felicidad” del que hablaba en mi poema. Ese cero de la felicidad, ese
final, no tiene por qué ser negativo, sino que también puede ser una puerta
para un nuevo principio, un nuevo AMOR.
El amor social
De cualquier forma, hay otro tipo de amor: EL AMOR SOCIAL, el deseo auténtico de
ayudar a otras personas. El amor social es para mí tan relevante como el amor
individual. Admiro a esas personas que dedican su tiempo a ayudar a los y las
demás; y en Tomelloso hay muchas personas que aman al prójimo sin esperar ninguna
recompensa. Ya sea por puro altruismo humanitario, como Médicos sin Fronteras y
Bomberos para el Mundo, o movidos y movidas por una fe religiosa, o una fe en
el cuidado de los otros y de las otras, como Cáritas, la Cruz Roja y todas las
ONGs, o por amor a la Naturaleza, como los y las ecologistas, o por el amor a
los animales. EL AMOR SOCIAL es
siempre un beneficio, no solo para los otros sino para las y los que lo
practican.
¡AMAR,
AMAR, POR ENCIMA DE TODO! No hay que perder el tiempo odiando y, en
eso creo que sí, que la edad te enseña a dimensionar la importancia del diálogo
frente a la de la confrontación y el odio. En este sentido, las casi
analfabetas digitales y los casi analfabetos digitales, como yo, podemos
aportar algo a la generación de nativos y nativas digitales y decirles bien
alto: ¡NO PIERDAS EL TIEMPO ODIANDO!
Te lo dice uno que ha amado mucho, pero que cuando ha odiado el que ha sufrido
más no ha sido el otro o la otra, sino yo, el que torpemente he caído en el
oscuro agujero del odio, el más profundo y más desdeñable de los agujeros
negros de la razón. De nuevo lo repito: ¡NO
PIERDAS EL TIEMPO ODIANDO!
El amor por el lugar
Para ir terminando, quiero aclarar algo que me parece que
no está bien explicado en ningún libro: ¿QUÉ
ES EL AMOR POR EL LUGAR? Cuando alguien dice “estoy enamorado de Tomelloso”,
nuestro gran artista tomellosero, Antonio López, lo expresó así hace unos meses
en una entrevista, yo mismo lo dije al final de mi charla como Mantenedor en el
año 1987, “estoy enamorado de Tomelloso”,
hay que aclarar, digo, que Tomelloso no es solo un conjunto de seres humanos,
ni su pequeño “término municipal”, sino ese inmenso territorio en el que
trabajan y ocupan nuestros agricultores con sus empleados, quienes son
mayoritariamente inmigrantes. Ese es ahora el territorio de mi amor, el que
comprende parte del término de Campo Criptana, de Argamasilla de Alba, de
Alcázar de San Juan, de Socuéllamos, de Pedro Muñoz y de Villarrobledo. Ese
inmenso Tomelloso lleno de viñas, melonares, campos de pimientos, de sandías,
de cereales, de ajos y cebollas, de olivares y encinas, y, últimamente, de
árboles de pistachos y almendros, ese es el Tomelloso expandido que yo amo,
donde tengo mi refugio de piedra seca, mi bombo, donde encuentro que estoy en MI LUGAR, donde está el kilómetro cero
de mi felicidad.
Antiguamente, cuando se iba en carro con mulas a trabajar
en lugares remotos fuera del término de Tomelloso, lugares que para mí también
son Tomelloso, insisto, si se avecinaba una tormenta con rayos y truenos, con
posible granizo, se decía: “¡Meloneros a
la lugar que viene la fin del mundo!” Estamos hablando de la primera mitad
del siglo XX. Entonces, ese “antes” que para cada persona es un momento del
Tiempo y de la Historia diferente, en ese “antes” en el que vivieron mis
abuelos y mis padres, en ese antes de que yo naciera (y que espero que no
vuelva jamás), el LUGAR era el casco
urbano de Tomelloso y unas cuantas parcelas de su entorno. Ahora, como
mencionaba más arriba, es mucho más extenso.
Amar el campo, la tierra, es también una forma del AMOR.
Y ya para terminar, volvamos al AMOR, en este sentido, al AMOR
DEL LUGAR, que como digo, insisto, para mí se expande mucho más allá del
término de Tomelloso.
Si en algo ha evolucionado mi amor por Tomelloso es en ese
sentido: ahora es un AMOR EXPANDIDO
que abarca todo el horizonte que puedo percibir con mi mirada desde mi bombo.
Este amor está tan arraigado en mí, que las grandes ciudades me agobian, me
producen ansiedad. Cuando no puedo ver el horizonte, en mi caso, el sentimiento
de claustrofobia urbana es también un sentimiento que me abruma.
Desde el año 2005 que dejé Nueva York por Tomelloso, y por
mi bombo, me fui acostumbrando a despertarme y moverme siempre con los ojos
llenos de horizonte. A pesar de todo, y ateniéndome al capítulo XXIII de la
segunda parte del Quijote, cuando
éste sale de la Cueva de Montesinos y cuenta todas las maravillas que vio,
frente a la incredulidad de Sancho y de su acompañante, les dice a los dos: “yo
era allí entonces el que soy aquí ahora”; pues lo mismo digo yo respecto a mi
etapa neoyorquina y a los más de veinte años que llevo en La Mancha: YO ERA ALLÍ ENTONCES EL MISMO QUE SOY AQUÍ
AHORA.
Ya para concluir, quiero subrayar que mi amor por Tomelloso
ha cambiado siendo yo el mismo, como hace casi cuarenta años, cuando fui
Mantenedor por primera vez, ahora con menos alcohol, menos juerga, y sin
importarme mucho la apariencia, ni entonces ni hoy, pero ahora amplío este
amor, lo expando y puedo decir, con la misma alegría, que necesito este
horizonte, que tengo hambre de él, y que
ESTOY ENAMORADO DE LA MANCHA.
Dionisio
Cañas
Tomelloso,
30 de agosto, 2026
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Domingo, 30 de Agosto del 2026
Lunes, 31 de Agosto del 2026
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