Opinión

La emergencia no empieza cuando llega la ambulancia

Javier Rubio | Lunes, 7 de Septiembre del 2026
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Un concierto no debería convertir una emergencia médica en un problema mayor. El verdadero reto de la medicina en eventos masivos no es únicamente disponer de ambulancias, sino tener capacidad para valorar, clasificar, estabilizar y derivar a cada paciente antes de que el propio sistema sanitario entre en colapso.

Hay una cuestión que debería ser básica cuando hablamos de seguridad sanitaria en conciertos y grandes eventos: no está justificado que, porque una persona vaya a un concierto, aumenten sus riesgos de complicaciones ante un ictus, un infarto o cualquier otra patología respecto a los que tendría caminando por la calle. Una emergencia médica puede producirse en cualquier lugar. Lo que cambia es la capacidad de respuesta que encuentra esa persona cuando sucede. Y aquí aparece una necesidad que va mucho más allá de quién preste el servicio: tiene que existir una regulación y un modelo sanitario específico para los eventos multitudinarios.

La dificultad está en que esa evolución afecta a un sistema que durante años ha entendido buena parte de la prevención desde una lógica muy concreta, vinculada fundamentalmente a la disponibilidad de transporte sanitario. Pero un evento masivo necesita algo más. No basta con tener ambulancias esperando, un puesto médico avanzado y profesionales preparados para intervenir cuando aparece un paciente. Hay que pensar qué sucede después.

Imaginemos un festival con 15.000 almas: entre ellas, con patologías previas que en cualquier momento se descompensen, personas que desarrollen una patología sobrevenida, intoxicaciones, accidentes y situaciones que inicialmente no parezcan graves pero que posteriormente evolucionen. Todo eso no puede absorberse simplemente con cuatro ambulancias, un puesto médico avanzado y la decisión de ir derivando pacientes a los hospitales. Tiene que existir un triaje y tiene que existir un criterio.

Y ese criterio no consiste únicamente en decidir quién necesita una ambulancia. También implica responder a una pregunta fundamental: ¿a qué lugar debe llevarse a cada paciente? En un festival no se puede trabajar con el concepto genérico de «al hospital». Habrá pacientes que necesiten un recurso de atención primaria, otros que puedan ser tratados en un hospital comarcal o de segundo nivel y otros que necesiten un hospital de referencia por la naturaleza de su patología. No se puede improvisar en mitad de una emergencia diciendo: «este aquí, este allí, este al otro hospital». Tiene que existir una coordinación previa, un conocimiento de los recursos disponibles y un circuito definido antes de que llegue el paciente.

Esto no es algo extraño para el propio sistema hospitalario. Dentro de un hospital existen continuamente pacientes con diferentes niveles de necesidad y los profesionales tienen que establecer prioridades. Un paciente ingresado puede haber sido visitado por su médico y tener una medicación prescrita, pero después puede producirse una circunstancia sobrevenida: se agudiza su cuadro, aparece un síntoma nuevo o se produce un cambio que necesita ser evaluado. Enfermería puede detectar que, por ejemplo, un paciente ha empezado a vomitar de forma súbita y presenta un vómito sanguinolento, pero no puede decidir por su cuenta qué hacer más allá de sus competencias; tiene que avisar al médico, explicarle lo que está ocurriendo y esperar a que valore la situación. El médico, a su vez, tiene que ordenar esa nueva necesidad dentro de todas las demás que está atendiendo.

Lo mismo sucede en una unidad de paliativos. También allí se producen agudizaciones, crisis respiratorias, cambios en el estado de confusión o en la orientación del paciente. Son situaciones que requieren atención, pero forman parte de un sistema en el que hay que establecer prioridades. No significa que un paciente en paliativos no sea importante; significa que el sistema sanitario tiene que decidir qué necesita una intervención inmediata y qué puede esperar unos minutos. La asistencia sanitaria funciona porque existe una capacidad de priorización.

Trasladar esa lógica a un gran evento resulta imprescindible. No todos los pacientes necesitan lo mismo, ni todos tienen que ser trasladados, ni todos deben ser trasladados al mismo lugar. Y además hay un elemento especialmente importante: la gravedad no siempre se manifiesta de forma evidente en el primer momento. Una persona puede tener un dolor intenso en el pecho, sufrir un síncope y responder bien al primer tratamiento y al reposo. Puede que no haya sido un infarto, pero puede haber sufrido una angina. Y aunque aparentemente se encuentre mejor, la situación necesita ser valorada. Lo mismo puede ocurrir con un episodio neurológico: puede no tratarse de un ictus establecido, sino de un accidente vascular transitorio. ¿Qué ocurre entonces? Que la desaparición de los síntomas no significa necesariamente que el episodio haya dejado de ser relevante.

Por eso no podemos construir la asistencia sanitaria de un festival únicamente alrededor de las emergencias que se presentan con una gravedad evidente. Hace falta capacidad para observar, interpretar y decidir. El paciente que mejora también puede necesitar un circuito asistencial. Y si no existe esa capacidad dentro del dispositivo, el resultado termina siendo enviar prácticamente cualquier situación al hospital, trasladando el problema en lugar de resolverlo.

Esto es especialmente importante porque un evento multitudinario puede convertirse en una especie de macrohospital improvisado. Pensemos de nuevo en 15.000 personas potencialmente expuestas a problemas de naturaleza muy distinta. No podemos pretender absorber esa complejidad con unos pocos recursos y una cadena automática de traslados. Si todos los pacientes terminan en urgencias, el dispositivo del evento puede parecer eficaz porque ha conseguido sacar pacientes del recinto, pero lo que realmente ha hecho es trasladar la presión asistencial al siguiente punto de la cadena. El objetivo no debería ser derivar más, sino derivar mejor.

La evolución de los sistemas de emergencias demuestra, además, que la coordinación previa puede ahorrar tiempo. En algunas unidades de soporte vital avanzado ya se utiliza telemetría para que determinada información llegue al hospital antes que el propio paciente. Esto supone un cambio respecto a un modelo anterior mucho más manual, en el que había que avisar por teléfono al hospital y, antes incluso, utilizar un walkie-talkie para comunicar que se estaba trasladando a un paciente. El objetivo siempre era el mismo: que el hospital supiera que alguien estaba llegando para que las puertas estuvieran abiertas y los profesionales preparados. Hoy la tecnología permite avanzar mucho más en esa dirección.

La diferencia se aprecia especialmente cuando hablamos de patologías graves. No es lo mismo llegar a la puerta de urgencias con una parada cardíaca, un politraumatismo, un ictus o un infarto sin que nadie sepa exactamente qué está llegando, que hacerlo después de que el hospital haya recibido la información y pueda preparar al equipo correspondiente. En determinados casos quirúrgicos, cuando se avisaba de que llegaba un paciente con una fractura de fémur o de cadera, los profesionales que estaban de guardia, incluso con una organización compartida entre urgencias y quirófano, podían empezar a preparar directamente el quirófano de urgencias. Cuando el paciente llegaba, después de la primera exploración y valoración básica, podía continuar rápidamente hacia la mesa quirúrgica.

Ese tiempo es fundamental. Si el paciente llega sin información previa, entra en el circuito general: triaje, box, valoración y espera de los profesionales que tengan que hacerse cargo de él. No se trata de eliminar esos pasos ni de saltarse el triaje. Se trata de conseguir que el sistema empiece a trabajar antes de que el paciente cruce la puerta. Cuando el hospital sabe qué está llegando, puede activar las diferentes áreas en función de la patología y preparar los recursos necesarios. La información deja de ser simplemente una comunicación administrativa y se convierte en una herramienta asistencial.

Pero para que ese sistema funcione también necesitamos profesionales preparados para ese contexto. La formación universitaria proporciona una base médica muy amplia, pero seis años de facultad no pueden proporcionar experiencia específica en todas las situaciones que un profesional puede encontrarse después. Un médico joven puede encontrarse en urgencias con un ictus, un infarto, una intoxicación por opioides o psicoestimulantes o un episodio de psicosis delirante y tener una excelente formación médica general, pero no necesariamente experiencia suficiente en todas esas situaciones. La experiencia se adquiere también en los servicios de urgencias y mediante formación específica. Y si trasladamos esos escenarios a un festival, añadimos además las particularidades de trabajar en un entorno con miles de personas, presión temporal, información incompleta y recursos limitados.

Por eso la medicina de eventos necesita profesionales específicamente preparados para ese entorno. No se trata de cuestionar la formación médica, sino de reconocer que cada contexto asistencial tiene unas necesidades propias. Del mismo modo que un profesional desarrolla experiencia en determinadas áreas hospitalarias, quienes trabajan en eventos multitudinarios necesitan conocer las patologías y situaciones que pueden encontrarse allí, pero también los circuitos de coordinación, los criterios de derivación y la forma de trabajar dentro de un dispositivo que tiene que gestionar simultáneamente muchas variables.

Todo esto nos devuelve al problema inicial: la necesidad de regulación. Porque una organización puede desarrollar un modelo más avanzado, incorporar telemetría, formar específicamente a sus profesionales, establecer protocolos de triaje y coordinarse previamente con los hospitales, pero si ese modelo depende exclusivamente de la iniciativa de cada operador, tendremos respuestas muy diferentes ante situaciones similares. Si realmente queremos que la seguridad sanitaria de los grandes eventos evolucione, necesitamos establecer unos estándares que definan qué significa una prevención sanitaria adecuada, qué capacidades debe tener un dispositivo, cómo se realiza el triaje, cómo se coordinan las derivaciones y cómo se comunica la información con el sistema sanitario.

El cambio de paradigma, por tanto, no consiste simplemente en poner más ambulancias. Consiste en construir un sistema capaz de utilizar correctamente los recursos disponibles. Un sistema en el que el puesto médico no sea simplemente un lugar de paso antes de una ambulancia; en el que el triaje permita decidir qué puede resolverse en el propio evento y qué necesita continuar dentro del sistema sanitario; en el que la derivación tenga un destino definido; en el que el hospital conozca previamente qué paciente va a recibir y pueda preparar su respuesta; y en el que los profesionales tengan la formación necesaria para tomar esas decisiones.

Porque un evento de 15.000 personas no es simplemente un lugar donde puede ocurrir un accidente. Es un entorno en el que, en cualquier momento, pueden coexistir patologías previas, emergencias sobrevenidas, intoxicaciones, traumatismos y episodios que requieren observación y seguimiento. La prevención consiste precisamente en diseñar el sistema antes de que todas esas situaciones ocurran.

No podemos impedir que alguien sufra un infarto, un ictus, una intoxicación o una descompensación mientras está viendo un concierto. Lo que sí podemos decidir es qué ocurre desde el momento en que esa persona necesita ayuda. Podemos limitar la respuesta a llamar a una ambulancia y decir «al hospital», o podemos construir un circuito en el que alguien detecte, otro valore, otro estabilice, el sistema comunique y el hospital se prepare para recibir al paciente adecuado en el lugar adecuado.

Ahí está la diferencia entre reaccionar y prevenir.

La verdadera seguridad sanitaria de un evento no consiste en estar preparados para cuando llegue la ambulancia. Consiste en haber preparado todo el sistema mucho antes de que alguien necesite llamarla.

 

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