Un concierto no
debería convertir una emergencia médica en un problema mayor. El verdadero reto
de la medicina en eventos masivos no es únicamente disponer de ambulancias,
sino tener capacidad para valorar, clasificar, estabilizar y derivar a cada
paciente antes de que el propio sistema sanitario entre en colapso.
Hay una cuestión que
debería ser básica cuando hablamos de seguridad sanitaria en conciertos y
grandes eventos: no está justificado que, porque una persona vaya a un
concierto, aumenten sus riesgos de complicaciones ante un ictus, un infarto o
cualquier otra patología respecto a los que tendría caminando por la calle.
Una emergencia médica puede producirse en cualquier lugar. Lo que cambia es la
capacidad de respuesta que encuentra esa persona cuando sucede. Y aquí aparece
una necesidad que va mucho más allá de quién preste el servicio: tiene que
existir una regulación y un modelo sanitario específico para los eventos
multitudinarios.
La dificultad está en
que esa evolución afecta a un sistema que durante años ha entendido buena parte
de la prevención desde una lógica muy concreta, vinculada fundamentalmente a la
disponibilidad de transporte sanitario. Pero un evento masivo necesita algo
más. No basta con tener ambulancias esperando, un puesto médico avanzado y
profesionales preparados para intervenir cuando aparece un paciente. Hay que
pensar qué sucede después.
Imaginemos un festival
con 15.000 almas: entre ellas, con patologías previas que en cualquier momento
se descompensen, personas que desarrollen una patología sobrevenida,
intoxicaciones, accidentes y situaciones que inicialmente no parezcan graves
pero que posteriormente evolucionen. Todo eso no puede absorberse simplemente
con cuatro ambulancias, un puesto médico avanzado y la decisión de ir derivando
pacientes a los hospitales. Tiene que existir un triaje y tiene que existir
un criterio.
Y ese criterio no
consiste únicamente en decidir quién necesita una ambulancia. También implica
responder a una pregunta fundamental: ¿a qué lugar debe llevarse a cada
paciente? En un festival no se puede trabajar con el concepto genérico de
«al hospital». Habrá pacientes que necesiten un recurso de atención primaria,
otros que puedan ser tratados en un hospital comarcal o de segundo nivel y
otros que necesiten un hospital de referencia por la naturaleza de su
patología. No se puede improvisar en mitad de una emergencia diciendo: «este
aquí, este allí, este al otro hospital». Tiene que existir una coordinación
previa, un conocimiento de los recursos disponibles y un circuito definido
antes de que llegue el paciente.
Esto no es algo
extraño para el propio sistema hospitalario. Dentro de un hospital existen
continuamente pacientes con diferentes niveles de necesidad y los profesionales
tienen que establecer prioridades. Un paciente ingresado puede haber sido
visitado por su médico y tener una medicación prescrita, pero después puede
producirse una circunstancia sobrevenida: se agudiza su cuadro, aparece un
síntoma nuevo o se produce un cambio que necesita ser evaluado. Enfermería
puede detectar que, por ejemplo, un paciente ha empezado a vomitar de forma
súbita y presenta un vómito sanguinolento, pero no puede decidir por su cuenta
qué hacer más allá de sus competencias; tiene que avisar al médico, explicarle
lo que está ocurriendo y esperar a que valore la situación. El médico, a su
vez, tiene que ordenar esa nueva necesidad dentro de todas las demás que está
atendiendo.
Lo mismo sucede en una
unidad de paliativos. También allí se producen agudizaciones, crisis
respiratorias, cambios en el estado de confusión o en la orientación del
paciente. Son situaciones que requieren atención, pero forman parte de un
sistema en el que hay que establecer prioridades. No significa que un paciente
en paliativos no sea importante; significa que el sistema sanitario tiene que
decidir qué necesita una intervención inmediata y qué puede esperar unos
minutos. La asistencia sanitaria funciona porque existe una capacidad de
priorización.
Trasladar esa lógica a
un gran evento resulta imprescindible. No todos los pacientes necesitan lo
mismo, ni todos tienen que ser trasladados, ni todos deben ser trasladados al
mismo lugar. Y además hay un elemento especialmente importante: la gravedad
no siempre se manifiesta de forma evidente en el primer momento. Una
persona puede tener un dolor intenso en el pecho, sufrir un síncope y responder
bien al primer tratamiento y al reposo. Puede que no haya sido un infarto, pero
puede haber sufrido una angina. Y aunque aparentemente se encuentre mejor, la
situación necesita ser valorada. Lo mismo puede ocurrir con un episodio
neurológico: puede no tratarse de un ictus establecido, sino de un accidente
vascular transitorio. ¿Qué ocurre entonces? Que la desaparición de los síntomas
no significa necesariamente que el episodio haya dejado de ser relevante.
Por eso no podemos
construir la asistencia sanitaria de un festival únicamente alrededor de las
emergencias que se presentan con una gravedad evidente. Hace falta capacidad
para observar, interpretar y decidir. El paciente que mejora también puede
necesitar un circuito asistencial. Y si no existe esa capacidad dentro del
dispositivo, el resultado termina siendo enviar prácticamente cualquier
situación al hospital, trasladando el problema en lugar de resolverlo.
Esto es especialmente
importante porque un evento multitudinario puede convertirse en una especie de
macrohospital improvisado. Pensemos de nuevo en 15.000 personas potencialmente
expuestas a problemas de naturaleza muy distinta. No podemos pretender absorber
esa complejidad con unos pocos recursos y una cadena automática de traslados.
Si todos los pacientes terminan en urgencias, el dispositivo del evento puede
parecer eficaz porque ha conseguido sacar pacientes del recinto, pero lo que
realmente ha hecho es trasladar la presión asistencial al siguiente punto de la
cadena. El objetivo no debería ser derivar más, sino derivar mejor.
La evolución de los
sistemas de emergencias demuestra, además, que la coordinación previa puede
ahorrar tiempo. En algunas unidades de soporte vital avanzado ya se utiliza
telemetría para que determinada información llegue al hospital antes que el
propio paciente. Esto supone un cambio respecto a un modelo anterior mucho más
manual, en el que había que avisar por teléfono al hospital y, antes incluso,
utilizar un walkie-talkie para comunicar que se estaba trasladando a un
paciente. El objetivo siempre era el mismo: que el hospital supiera que alguien
estaba llegando para que las puertas estuvieran abiertas y los profesionales
preparados. Hoy la tecnología permite avanzar mucho más en esa dirección.
La diferencia se
aprecia especialmente cuando hablamos de patologías graves. No es lo mismo
llegar a la puerta de urgencias con una parada cardíaca, un politraumatismo, un
ictus o un infarto sin que nadie sepa exactamente qué está llegando, que
hacerlo después de que el hospital haya recibido la información y pueda
preparar al equipo correspondiente. En determinados casos quirúrgicos,
cuando se avisaba de que llegaba un paciente con una fractura de fémur o de
cadera, los profesionales que estaban de guardia, incluso con una organización
compartida entre urgencias y quirófano, podían empezar a preparar directamente
el quirófano de urgencias. Cuando el paciente llegaba, después de la primera
exploración y valoración básica, podía continuar rápidamente hacia la mesa
quirúrgica.
Ese tiempo es
fundamental. Si el paciente llega sin información previa, entra en el circuito
general: triaje, box, valoración y espera de los profesionales que tengan que
hacerse cargo de él. No se trata de eliminar esos pasos ni de saltarse el
triaje. Se trata de conseguir que el sistema empiece a trabajar antes de que
el paciente cruce la puerta. Cuando el hospital sabe qué está llegando,
puede activar las diferentes áreas en función de la patología y preparar los
recursos necesarios. La información deja de ser simplemente una comunicación
administrativa y se convierte en una herramienta asistencial.
Pero para que ese
sistema funcione también necesitamos profesionales preparados para ese
contexto. La formación universitaria proporciona una base médica muy amplia,
pero seis años de facultad no pueden proporcionar experiencia específica en
todas las situaciones que un profesional puede encontrarse después. Un médico
joven puede encontrarse en urgencias con un ictus, un infarto, una intoxicación
por opioides o psicoestimulantes o un episodio de psicosis delirante y tener
una excelente formación médica general, pero no necesariamente experiencia
suficiente en todas esas situaciones. La experiencia se adquiere también en los
servicios de urgencias y mediante formación específica. Y si trasladamos esos
escenarios a un festival, añadimos además las particularidades de trabajar en
un entorno con miles de personas, presión temporal, información incompleta y
recursos limitados.
Por eso la medicina de
eventos necesita profesionales específicamente preparados para ese entorno. No
se trata de cuestionar la formación médica, sino de reconocer que cada contexto
asistencial tiene unas necesidades propias. Del mismo modo que un
profesional desarrolla experiencia en determinadas áreas hospitalarias, quienes
trabajan en eventos multitudinarios necesitan conocer las patologías y
situaciones que pueden encontrarse allí, pero también los circuitos de
coordinación, los criterios de derivación y la forma de trabajar dentro de un
dispositivo que tiene que gestionar simultáneamente muchas variables.
Todo esto nos devuelve
al problema inicial: la necesidad de regulación. Porque una organización puede
desarrollar un modelo más avanzado, incorporar telemetría, formar
específicamente a sus profesionales, establecer protocolos de triaje y
coordinarse previamente con los hospitales, pero si ese modelo depende
exclusivamente de la iniciativa de cada operador, tendremos respuestas muy
diferentes ante situaciones similares. Si realmente queremos que la seguridad
sanitaria de los grandes eventos evolucione, necesitamos establecer unos
estándares que definan qué significa una prevención sanitaria adecuada, qué
capacidades debe tener un dispositivo, cómo se realiza el triaje, cómo se
coordinan las derivaciones y cómo se comunica la información con el sistema
sanitario.
El cambio de
paradigma, por tanto, no consiste simplemente en poner más ambulancias.
Consiste en construir un sistema capaz de utilizar correctamente los recursos
disponibles. Un sistema en el que el puesto médico no sea simplemente un lugar
de paso antes de una ambulancia; en el que el triaje permita decidir qué puede
resolverse en el propio evento y qué necesita continuar dentro del sistema
sanitario; en el que la derivación tenga un destino definido; en el que el
hospital conozca previamente qué paciente va a recibir y pueda preparar su
respuesta; y en el que los profesionales tengan la formación necesaria para
tomar esas decisiones.
Porque un evento de
15.000 personas no es simplemente un lugar donde puede ocurrir un accidente. Es
un entorno en el que, en cualquier momento, pueden coexistir patologías
previas, emergencias sobrevenidas, intoxicaciones, traumatismos y episodios que
requieren observación y seguimiento. La prevención consiste precisamente en
diseñar el sistema antes de que todas esas situaciones ocurran.
No podemos impedir que
alguien sufra un infarto, un ictus, una intoxicación o una descompensación
mientras está viendo un concierto. Lo que sí podemos decidir es qué ocurre
desde el momento en que esa persona necesita ayuda. Podemos limitar la
respuesta a llamar a una ambulancia y decir «al hospital», o podemos construir
un circuito en el que alguien detecte, otro valore, otro estabilice, el sistema
comunique y el hospital se prepare para recibir al paciente adecuado en el
lugar adecuado.
Ahí está la diferencia
entre reaccionar y prevenir.
La verdadera
seguridad sanitaria de un evento no consiste en estar preparados para cuando
llegue la ambulancia. Consiste en haber preparado todo el sistema mucho antes
de que alguien necesite llamarla.
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