Podrá no haber poetas;
pero siempre habrá poesía.
(Gustavo Adolfo Bécquer)
La posibilidad que deja abierta Bécquer, uno de los poetas más destacados de las letras hispanas, es muy remota. Desde que el mundo es mundo, de un modo u otro, nunca han faltado poetas, y mucho menos en estos tiempos que corren, en los que proliferan como setas después de unas generosas lluvias otoñales —entre otras cosas, porque las editoriales publican todo lo que les llega, sin realizar criba alguna—.
Por extensión, podría decirse que poeta es aquel que hace
poesías. Así lo afirma el diccionario, informándonos a la vez de que el vocablo
goza de un amplio número de sinónimos, entre los que se encuentran términos tan
evocadores y menos utilizados como bardo, rimador, vate, juglar o coplero.
Pero, ¿podemos considerar poetas a todos los que
escriben versos? ¿Lo son y merecen esa denominación, por ejemplo, los que
elaboran esas grotescas composiciones que se denominan ripios? ¿O lo son
aquellos otros que escriben en una especie de prosa ininteligible y hermética,
que solo es poética porque los renglones simulan versos? Creo que
mayoritariamente diríamos que no.
Entonces, ¿quiénes son los poetas? ¿Qué cualidades
tienen en común? ¿Podría hablarse de ellos delimitando una tipología exclusiva
y característica? Para cualquiera, incluido un psicólogo, como es mi caso, la
pregunta resulta tremendamente compleja y difícil de contestar. Ya que pretender
delimitar el perfil del poeta, además, nos enfrenta directamente a otro
concepto no menos peliagudo: el de poesía. Aun así vamos a intentarlo.
En 1983, en una charla didáctica protagonizada por el
poeta Alfonso Carreño y que iba dirigida dirigida a los alumnos del colegio
público La Candelaria, de Manzanares, escuché por primera vez que poesía era
“un extrañamiento del lenguaje”. La definición se me quedó grabada y me dio que
pensar. Como no he vivido alejado del mundo de la poesía, sino que lo he tenido
muy cerca de mí, con el paso de los años, esa particular expresión volvió a
salir a mi encuentro en diversas ocasiones y pude saber que no era solo cosa de
Carreño. El término se había acuñado a comienzos de siglo XX y, desde entonces,
venía siendo sobradamente conocido y familiar en los círculos literarios,
aunque a mí no me llegara la información.
El concepto “extrañamiento” surge con la corriente
intelectual denominada Formalismo, de origen ruso. Un movimiento de comienzos
del siglo XX que en Literatura contribuyó a fortalecer la crítica literaria
como disciplina autónoma. La exposición y defensa del extrañamiento se atribuye
al prolífico crítico y escritor ruso Viktor Shklovki, quien desarrolló un marco
conceptual que iba dirigido no solo a la poesía, sino a la manifestación
artística en general.
Sin embargo, nada o casi nada es nuevo. Mucho tiempo
atrás, Aristóteles también denunció la pérdida de originalidad (y de belleza)
que el uso frecuente y meramente funcional del lenguaje (el habla) trae
consigo. Ese constatado hecho, desde la antigüedad, apuntaba directamente a los
poetas, ya que eran los más comprometidos con la búsqueda de formas originales
de expresión. Y esta misma idea, reformulada y ampliada, es la que Shklovki
reclama para el arte, incluida la poesía. Un planteamiento que de manera
explícita ha sido corroborado —¡y de qué modo!— en el devenir literario
posterior. El fenómeno del extrañamiento en el lenguaje se ha enseñoreado de la
poesía y los poetas buscan con ahínco la asociación de palabras que, en el
habla coloquial e incluso en jergas especializadas, carezcan de proximidad.
En relación con poesía y poetas, la Psicología entra
en juego desde dos campos de estudio diferentes: A) Los efectos perceptivos. B)
La definición de rasgos de personalidad.
Aunque nos centraremos más en el campo B, es preciso destacar que el efecto que genera
el extrañamiento está relacionado con el fenómeno de la percepción de estímulos —la puerta de entrada de toda
información—, sean estos visuales, acústicos táctiles o lingüísticos, y su
efecto sobre la atención. En los estudios del fenómeno atencional, como
cualidad cognitiva de primer orden, se ha comprobado que cuando el uso de
estímulos (palabras y expresiones, para el caso que nos ocupa) deriva en
repeticiones y automatismos, la experiencia del receptor se vuelve anodina y
pierde intensidad. Por el contrario, el extrañamiento en la asociación de
estímulos intensifica la experiencia perceptiva. Y este precisamente es el
efecto que pretende provocar el escritor de versos. El fenómeno defendido por
Shklovki, pues, tiene su fundamento y explicación científica.
En lo referente a la composición poética, la
conclusión es rotunda: si importante son los significados mucho más lo son los
significantes; es decir, priman en ella los elementos que dan soporte al
lenguaje: las formas y los componentes del conjunto de signos verbales. Por esa
razón, por el alto valor de los significantes, en la construcción de versos destacan, como en ninguna otra producción escrita,
las figuras retóricas; esas formas de expresión que sirven para embellecer la
lengua: la metáfora, la hipérbole, el símil, la comparación, la anáfora, el asíndeton,
etc.
Asumiendo esta característica inherente a la poesía, que afecta y condiciona a quienes la cultivan, ¿podría hablarse de un perfil psicológico de poeta? ¿Sería posible delimitar lo que tienen en común los creadores de versos, con independencia de la lengua o el lugar del mundo en el que desarrollen su obra? Creemos que sí. La delimitación de perfiles es cometido de la Psicología de la Personalidad. Vamos a exponer cuáles serían esas cualidades.
El rasgo más destacado de ese perfil común, compartido
por todos los poetas, sin duda, es el dominio de la lengua en la que escriben.
Por esa exigencia, salvo rarísimas excepciones, el poeta escribe en su lengua
materna. Los poetas gozan de una admirable amplitud
de léxico, muy por encima de la media de la población a la que pertenecen.
Un vocabulario extraído, como es natural, de las relaciones comunicativas que
han tenido lugar en los diferentes círculos sociales de los que han participado,
también —cómo no— de lo que pudieran haber aprendido en los procesos de
formación seguidos (cursos, lecciones, charlas o conferencias desempeñadas por
personas con una competencia lingüística enriquecedora). Pero, sobre todo, la
riqueza de palabras de la que hace gala el poeta proviene de la lectura. ¡Sería
un milagro dar con un buen poeta que no hubiera sido y siga siendo un buen
lector! A escribir poesía se aprende leyendo. Y, por esa circunstancia,
simplemente ojeando un libro o un
compendio de poesías, se nota cuando los versos están respaldados por años de
experiencia lectora o si solo son el fruto del atrevimiento de alguien que
apenas ha leído.
Pero no basta con poseer palabras, el poeta también
debe dominar la forma de relacionarlas entre sí con corrección; es decir, ha de
poseer un excelente dominio de la
sintaxis de la lengua en la que escribe. El sentido sintáctico de una
persona puede estar altamente desarrollado sin estudiar gramática o sin llegar
a ser un experto en ella; aunque si esta se estudia y se conoce a fondo todo
resulta mucho mejor. La obra del imitador de poeta, por grande que sea su
empeño y dedicación, suele estar plagada de numerosos errores sintácticos (solecismos):
defectos de concordancia, oraciones inconclusas, uso incorrecto de nexos,
fallos a la hora de emplear los signos de puntuación, etc. La presencia de
faltas gramaticales devalúan cualquier composición poética, la reiteración de
las mismas la anula por completo, por
muy grande que sea el afán de quien pretenda llamarla poesía.
En el plano de los afectos y emociones, el poeta suele
hacer gala de una gran sensibilidad,
referida a toda clase de aspectos humanos, pero, sobre todo, a cuestiones y
problemas emocionales o de índole existencial. Y no solo porque le afecten a sí
mismo, sino también porque sabe que le afectan a los demás.
Se tilda al poeta de “ensimismamiento” cuando le
referida sensibilidad solo se proyecta sobre aspectos personales. Y si esta
característica (no salir del propio yo) se mantuviera como una constante en toda
su obra, mostrando alejamiento de los problemas y sentimientos de los demás,
implicaría una notable limitación. En efecto, la autosuficiencia o el desprecio
implícito de lo que sienten y comunican otras personas cercena la dimensión
sensible del poeta. Dar rienda suelta a las sensaciones personales y plasmarlas
en verso, transmitiendo la impresión de que quien escribe se considera solo y
único en el mundo, siendo este un lugar
donde las percepciones y sentimientos de los otros apenas merecen
respeto y atención, podría llegar a convertirse en la más grave de las amenazas
que se ciernen sobre el poeta. Afortunadamente, por lo común, la mencionada
sensibilidad lleva aparejada otra cara, una rara habilidad: saber escuchar. Es
por eso que el poeta, de manera consciente o inconsciente, busca romper el
culto al YO, intentando que el lector pueda y llegue a identificarse con él.
Este es el secreto y el recurso artístico que pone en juego; es decir, pretende
generar admiración por el lenguaje en el que se expresa y, a la vez, que el
lector llegue a hacer suyas las reflexiones fruto de su particular inteligencia
y manera de percibir. Si esa identificación llega a tener lugar, el ensimismamiento
se diluye, desaparece, y entonces se produce un fenómeno mágico, que únicamente
la poesía es capaz de suscitar, una
especie de catarsis que solo quien es un asiduo lector puede experimentar.
Así mismo, el poeta trasluce en sus composiciones un
fundamentado conocimiento de la realidad
en la que vive y una reiterada preocupación por los grandes temas que afectaron
y afectan a la humanidad. El poeta es un buen conocedor de la historia y de las
circunstancias que concurren en el tiempo que le ha tocado vivir. Por esa
razón, no deja de ser un humanista y, en
cierto sentido, un filósofo; cualidades que lo convierten en un intelectual. El
acercamiento a la historia o al momento presente los lleva a cabo manteniendo
una visión global de todo lo que observa. Y esta actitud es la que le permite
analizar los problemas personales y sociales en todas sus dimensiones. Un
posicionamiento que necesariamente lo aleja de la visión del científico, quien,
por regla general, se desenvuelve exclusivamente en sola parcela del saber y,
para referirse a ella, utiliza un lenguaje lo más objetivo posible.
Y para cerrar el conjunto de rasgos que definen —o
deben definir— el perfil del poeta actual, no podemos olvidar uno más: la
importancia de mantener una actitud
crítica dirigida hacia todas las manifestaciones lingüísticas y muy en
especial, como es lógico, hacia sus propias formas de expresión, desde el habla
coloquial que el mismo utiliza hasta su producción literaria. Por esa razón, no
solo ejerce su función en momentos de trabajo creativo, a los que se aplica con
dedicación y tesón, sino que también emplea mucho tiempo, investido de juez
implacable, a leer y releer sus escritos, a escudriñarlos, analizarlos y
corregirlos. Ese proceso está guiado por un exacerbado celo. Un celo que le
obliga a pasar revisión de todo lo que escribe una y otra vez, ya que es el
único método para evitar los insidiosos e involuntarios errores que pasan
desapercibidos. Un trabajo arduo que parece no tener fin.
Por otra parte, el poeta también ejerce la crítica al
exterior y no es ajeno a las formas de expresión de los demás. Ama su lengua y,
a menudo, sufre cuando observa cómo se la maltrata; no tanto en el habla
coloquial como en los ámbitos públicos, foros institucionales o en los medios
de comunicación. El lenguaje oral y escrito de muchos profesionales de la
enseñanza, desde la escuela a la universidad, no contribuye a la extensión de
modelos comunicativos correctos. La televisión, el principal canal informativo,
no cumple con su responsabilidad en lo referente a la difusión de
manifestaciones ejemplares de la lengua y permite que invitados y contertulios
se expresen ante millones de oyente de manera penosa. Tampoco despierta
admiración la clase política, que tanta presencia tiene en los medios de
comunicación y que suele ser responsable de la propagación de muletillas y
frases manidas de pésimo gusto entre la población. Esa condición de sufridor
impotente también está muy generalizada entre los poetas, desesperados al ver cómo la función pragmática
del lenguaje impera sobre las demás.
En esencia, desde nuestro punto de vista, esas cinco
cualidades referidas definirían el perfil
del poeta del siglo XXI. Nos arriesgamos a establecerlas a sabiendas de
que no hay dos casos iguales y que la diversidad, esa característica tan propia
de los seres humanos, sería la nota dominante de un grupo especialmente variado
y heterogéneo. Sin embargo, por el carácter intelectual de su actividad, por su
amor por las palabras y su deseo de transmitir a los lectores sus reflexiones,
sus inquietudes, sus emociones o sus fantasías, creemos que, en mayor o menor
medida, esas cualidades están y siempre estarán presentes en un colectivo tan
importante y necesario como es el de los poetas.
{{comentario.contenido}}
Eliminar Comentario
"{{comentariohijo.contenido}}"
Eliminar Comentario
Jueves, 1 de Octubre del 2026
Martes, 29 de Septiembre del 2026
Jueves, 1 de Octubre del 2026
Jueves, 1 de Octubre del 2026