El problema de la vivienda, capitalizado
políticamente, se ha trivializado de manera bochornosa. El debate sobre el
mismo, complejo, ha sido reducido al más simplista de los enfoques, seguramente
porque es lo que conviene a aquellos que, desde las trincheras, dirigen a sus
acólitos hacia una batalla cuyo objetivo no es resolver asuntos, sino aniquilar
al contrario.
De esta forma, se confunden y entremezclan, según
convenga, tres situaciones que, si bien están referidas a un mismo activo, la
vivienda, merecen un análisis por separado. Faltan viviendas, los precios de
los alquileres son desproporcionados y los deshaucios han cambiado de
naturaleza sin perder de vista el dolor humano que provocan.
Faltan viviendas
El déficit de viviendas está cifrado actualmente en
750.000. Esto no quiere decir que exista el mismo número de familias viviendo
en la calle, sino que la diferencia entre los hogares creados y las viviendas
construidas es esa. En otras palabras, el aumento de los hogares es mucho mayor
que las casas construidas. Este problema, en su mayor parte, se halla
localizado en Madrid, Barcelona, Alicante, Valencia, Murcia y Málaga. Se
explica porque se trata de zonas donde la actividad económica es intensa
(Madrid y Barcelona son responsables de un tercio de ese déficit) en general y,
en particular, por tratarse de zonas receptoras de turismo, segundas
residencias y receptoras de no residentes. Es un problema que no es homogéneo
ni atribuible a todos los territorios. Faltan casas allí donde están aumentando
los hogares, principalmente por la actividad económica.
¿No hay casas vacías? ¿Dónde van los hogares que no
encuentran vivienda?
Según el Banco de España, hay casi cuatro millones
de viviendas vacías. Sin embargo, la mayor parte no están donde se las
necesita. Y se las necesita donde hay trabajo y oportunidades para progresar.
El déficit de viviendas es el que es y los nuevos y potenciales hogares no
terminan de constituirse. Se comparte piso, se vive con los padres y familiares,
se alquilan las pocas viviendas disponibles o las que se están creando de
manera artificial (locales transformados en infraviviendas) y, en el menos
probable de los casos, se cambia de lugar de residencia hacia territorios menos
tensionados.
La vivienda es un bien muy especial
Es más que el sueño de una vida, que las cuatro
paredes donde formar una familia. Es un bien no homogéneo, pues importa su
localización, su tamaño y sus calidades. No es almacenable ni transportable (en
este último caso, existen soluciones que aún tardarán tiempo en calar en
nuestra cultura). Necesita financiación, lo que nos conduce inmediatamente al
concepto de inversión y, sobre todo, requiere de la existencia de una capacidad
productiva suficiente y de tiempo, mucho tiempo. Esto último aparece como la
condición más restrictiva cuando se trata de construir miles de viviendas en
las zonas tensionadas. Construir dos o tres miles de casas requiere,
previamente, contar con infraestructuras y servicios. Agua, saneamiento,
accesos, escuelas, institutos, atención sanitaria son algunos de ellos en la
lista, intervenciones que necesitan ser ejecutadas a través de procedimientos
normativos y legales que implican a los tres niveles de la Administración, con
especial hincapié en el autonómico. Para hacernos una idea, construir 4.000
viviendas supone hablar de unas 10.000 personas, proveer unos 2.000 metros
cúbicos de agua corriente al día (uso doméstico, público, actividades
económicas, fugas, etcétera), gestionar otros 2.000 metros cúbicos diarios de
aguas residuales y cuatro mil toneladas de residuos al año. Supone estacionar y
da acceso a cinco o seis mil automóviles, ocupar al menos cuatrocientos mil
metros cuadrados de terreno residencial, hectáreas de zonas verdes y planificar
colegios, institutos, seguridad ciudadana, centros deportivos y centros de
salud, entre otros. Todo este proceso debe requerir de informes de viabilidad y
de las garantías de las autoridades administrativas. Lleva tiempo planificarlo
y ejecutarlo. Casi una década. Llegamos tarde, aunque más vale tarde que nunca.
Eso o asumir que los nuevos hogares terminarán mudándose a zonas no
tensionadas, una vez generada una crisis social y política que, según estamos
viendo, no son deseables por la ciudadanía.
Hagamos casas
Hagámoslas. Introduzcamos esta premisa en nuestras
funciones de bienestar. Votemos a los gobiernos que promuevan Pactos de Estado
transversales a los tres niveles de la Administración (central, autonómica y
local) y castiguemos a quienes viven políticamente del enfrentamiento. Los
ciudadanos deben enviar señales. La vivienda es un derecho, no un bien
patrimonial de la función objetivo del político. Tengamos en cuenta las
restricciones temporales de las que hablábamos en el anterior párrafo, exijamos
más flexibilidad normativa y, después, entremos en el debate acerca de cómo
construirlas. Las tesis más liberales lo confían todo al simple aumento de la
oferta (cuidado, hay muchos tipos de casas, pensemos en cuáles son las que son
necesarias). Sin embargo, se requiere de financiación (préstamos) para
construir 4.000 viviendas. Quién y cómo se financian es algo importante, pues
como mínimo quien financie pretenderá, legítimamente, recuperar lo prestado más
unos intereses. Si lo cargamos al gasto público, habrá que decidir qué otras
partidas se reducen (pensiones, educación, sanidad). Si lo fiamos a la
iniciativa privada, los incentivos fiscales deben estar sobre la mesa ¿Se puede
hacer? Sí. Sólo hace falta voluntad y que la clase política deje de usar este
bien tan especial como activo sobre el que perpetuar sus posiciones, logrando
dividir al ciudadano, generando odio entre nosotros.
El alquiler
Otro gran problema es el alquiler y sus precios. La
legislación que genera inseguridad en los propietarios de los inmuebles
destinados a alquiler no ayuda. Los controles de precios y de rentas de
alquiler, así como la obligatoriedad de prorrogar contratos o la simple
sospecha de un alquiler indefinido resta oferta y, es más, desplaza y margina a
los más desfavorecidos pues los alquileres terminan en manos de quienes sí
pueden pagar fianzas muy altas, presentar garantías suficientes o contar con
una situación personal determinada (contrato de trabajo indefinido y ausencia
de hijos en la unidad familiar). Parece que las medidas planteadas van más en
la línea de blindar unas condiciones a los que sí están ya bajo alquiler y
menos en hacer accesible a los que aún no están y esto nos recuerda a aquella
vieja teoría económica sobre a quién protegen los sindicatos (insiders
vs outsiders). Es comprensible que un sindicato que se denomina de
inquilinos proteja y luche, legítimamente, por quienes son inquilinos. Pero eso
no resuelve el resto de problemas a quienes no encuentran vivienda ni pueden
comprarla por sus elevados precios.
La actual legislación (situación)
Es la tormenta perfecta. Tres niveles de la
Administración enzarzados entre sí, partidos políticos usando las viviendas
como arma arrojadiza, reduciendo al más simplista de los enfoques un problema
complejísimo y lleno de aristas, una normativa sobre el suelo antigua y rígida,
una legislación sobre alquiler que genera inseguridad a todo aquel pequeño
propietario que ofrece las casas en alquiler y ayudas a la demanda que son
absorbidas por la escasa oferta, no son más que el caldo de cultivo perfecto
para la especulación. La especulación solamente aparece cuando la escasez es
intensa. No se puede especular con aquello que es suficiente y,
paradójicamente, todo lo que se está haciendo favorece la especulación. Los
llamados fondos buitre deben estar preparando las puertas giratorias para
devolver favores a diestro y siniestro, sin distinguir colores ni niveles
administrativos.
Los desahucios
Los desahucios han cambiado su naturaleza en los
últimos años, siendo predominantes los que responden al impago por alquiler. Es
cierto que han caído con respecto al último año, aunque no es un dato que
alivie, porque los expulsados del mercado bien pueden haber regresado con sus
familias o compartir piso sin haber tenido que pasar por el mal trago de la
ejecución judicial. En cualquier caso, un desahucio supone un drama humano.
Afortunadamente, de los tres problemas asociados a la vivienda, es el más
sencillo de resolver, si se quiere y hay voluntad para ello, claro está, si no
se cae en la tentación de usarlo como reclamo político y activista. La solución
la tenemos en el campo del seguro, uno de los más espléndidos productos que la
Humanidad ha inventado. Son posibles las soluciones públicas o privadas,
válidas si están bien definidas y las cláusulas protegen de manera inmediata al
propietario y, por ende, al inquilino que pasa por una mala racha vital.
Contamos con ejemplos que parecen funcionar en Francia (Visale) y que logran
que determinados colectivos sí puedan encontrar quién les alquile una vivienda.
En este sentido, la evidencia muestra que la opción de seguro público sería más
adecuada que la privada al evitar la posibilidad de que esta última seleccione
a inquilinos que, potencialmente, no causarían impagos.
Conclusiones
La vivienda es uno de los mayores problemas de
nuestra economía, que se magnifica en las grandes áreas de actividad económica
y turística. La principal solución requiere de tiempo y acuerdos entre
administraciones y partidos políticos, acuerdos que no se están produciendo. La
vivienda debe dejar de ser empleada como activo político y la ciudadanía
debería castigar a aquellas opciones que se nieguen a lograr un Pacto de Estado
a tres niveles (central, autonómico y local). Las soluciones al mercado de
alquiler y los desahucios pasan por un aumento de la competencia y una mayor
seguridad jurídica y normativa a la propiedad. Los seguros públicos podrían
tener un papel activo en la reducción de desahucios. Es posible, con tiempo y
voluntad.
Ramón
Castro Pérez es profesor de Economía en Secundaria.
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