Tomelloso

El Marcelo Grande redescubre a Mihura, un genio entre la risa y la melancolía

«Mihura, el último comediógrafo», de Nave 10 Matadero y Entrecajas Producciones Teatrales, inauguró la temporada de Artes Escénicas y cosechó una larga ovación

Francisco Navarro | Domingo, 11 de Octubre del 2026
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A Miguel Mihura lo conoció el periodista de niño, en casa de un vecino. El padre de un amigo tenía un volumen de la editorial Summun, de Barcelona, con la cubierta de imitación a cuero y más de mil páginas, en papel cebolla, como las postconciliares biblias Nácar-Colunga. Tres sombreros de copa, Ninette y un señor de Murcia, Maribel y su extraña familia, El caso de la mujer asesinadita… A uno, entonces, le gustaba ojear aquel inacabable volumen que incluía una fotografía del autor poniendo cara de actor de Hollywood.

Con los años y las funciones se confirmó que aquello era, efectivamente, la biblia de la comedia española del siglo XX. Y Mihura, su gran evangelista.

Mihura —y el teatro— protagonizaron la primera de las funciones del Programa de Artes Escénicas de esta temporada en Tomelloso. Nave 10 Matadero y Entrecajas Producciones Teatrales estrenaban en el Marcelo Grande Mihura, el último comediógrafo. Un montaje que cosechó una larga ovación del público tomellosero que, hay que decirlo, no acudió a la función como la obra se merecía. Una pena, porque la propuesta daba para mucho.

Escrita por Adrián Perea y dirigida por Beatriz Jaén, la obra recorre la vida de Miguel Mihura, ya saben, el polifacético Mihura: comediógrafo, humorista, fundador de La Codorniz, guionista de Bienvenido, Mister Marshall… Lo hace a través del proceso creativo, el fracaso inicial y el rotundo éxito posterior de Tres sombreros de copa. Una vida, nos cuenta el programa de mano, repleta de desencantos, desamores y «algún que otro éxito que apareció casi al final de sus días».

Y es que Tres sombreros de copa, escrita en 1932, tuvo que esperar dos décadas para llegar a los escenarios. Mihura había escrito una obra adelantada a su tiempo, una comedia que rompía con las convenciones y que no encontró de inmediato quien apostara por ella. El éxito llegó tarde, cuando su autor ya había aprendido unas cuantas cosas sobre la vida, el oficio y las decepciones. De esa espera, y de lo que el tiempo hizo con el hombre y con el dramaturgo, se alimenta buena parte de la función.

El hombre detrás del comediógrafo

Mihura, el último comediógrafo es metateatro (un recurso muy bien logrado en el montaje que vimos anoche), una obra dentro de otra. Una suerte de juego en el que Mihura revive su historia, pero también la interpreta, la cuestiona y la revisa desde el presente. La ficción y la realidad se entrecruzan con naturalidad sobre las tablas. Mientras asistimos al proceso creativo, nos adentramos en las contradicciones, las dudas y los conflictos de don Miguel, personaje y protagonista de su propia historia.

El montaje nos propone distintas líneas temporales que nos llevan por la evolución personal y artística del protagonista. Nos ofrece dos versiones del dramaturgo: el joven, entusiasta y lleno de esperanza, y el maduro, cínico, desencantado y herido por el desamor. Dos maneras de mirar la vida que conviven sobre el escenario y que nos ayudan a entender mejor al personaje. Porque una cosa es el humor que Mihura regaló a los demás y otra, quizá, la manera en que él mismo se enfrentó a sus propias frustraciones.

Es el comediógrafo maduro, al que Rulo Pardo borda, dándole consistencia y sentido, cinismo y humanidad, quien nos cuenta la historia del Mihura joven. David Castillo es un torrente de frescura y vitalidad, de arrolladora juventud y grandes esperanzas. Kevin de la Rosa, Paloma Córdoba, Esperanza Elipe, Esther Isla y Nacho de la Isla completan un elenco que resulta fundamental para construir el universo emocional de Mihura.

Un homenaje al oficio de hacer reír

En fin, disfrutamos de dos horas de teatro —sin tregua— en las que terminamos convirtiéndonos en cómplices de Mihura. La escenografía de Pablo Menor mezcla el ensayo, el camerino y el teatro sin llegar a fundirlos del todo. Espejos, bombillas teatrales y percheros evocan la atmósfera de un teatro antiguo. La iluminación de Pedro Yagüe y el vestuario de Vanessa Actif completan una propuesta visual que juega con los tiempos, los ambientes y las distintas edades de Mihura.

Hay en todo ello una mirada cariñosa al teatro y a quienes viven por y para él, pero también algo de melancolía. La obra nos recuerda que detrás de los grandes cómicos no siempre hay vidas fáciles, ni triunfos tempranos, ni una correspondencia sencilla entre el talento y el reconocimiento. A veces, como le ocurrió a Mihura, la vida tarda demasiado en darle a uno la razón.

Fue, en definitiva, una fantástica noche de teatro, con un montaje que es un claro homenaje a los cómicos y, sobre todo, al cómico por antonomasia, don Miguel Mihura. Mihura, el último comediógrafo cosechó un merecido éxito en Tomelloso.

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