En Tomelloso hay mañanas que no parecen mañanas. Parecen un regalo. Son las azules mañanas del otoño. Llegan con el cielo limpio, alto, sin una nube, y dejan en el aire un frío bueno, de esos que explican y dan ganas de salir a la calle.
Es el tiempo en que la Mancha se vuelve dorada. Las viñas, que ya nos dieron su fruto, se quedan vestidas de amarillo y de ocre, como si el sol se hubiera quedado a dormir entre sus hojas. Entre las hileras, la tierra clara de Tomelloso respira. El rocío brilla, la niebla baja se agarra un rato a lo lejos, sobre los caminos, y luego se va.
En estas mañanas el azul manda. Un azul hondo, sereno, que no hace ruido. Un azul que hace que todo parezca más cerca y más nuestro: el bombo a lo lejos, la silueta de un tractor madrugador, el olor a mosto limpio que aún queda en las bodegas, el pan de las primeras horas.
Caminar por los campos de Tomelloso en otoño es entender de qué estamos hechos. Somos tierra llana, cielo grande y gente que sabe esperar. El otoño aquí no es tristeza. Es descanso. Es la viña que se recoge, que guarda fuerza para volver. Nos enseña que hay belleza en parar, en mirar cómo la luz se posa en una hoja, en sentir que pertenecemos a este llano infinito que nos ha dado nombre y vida.
Poema para Tomelloso
Amanece en Tomelloso y el cielo, azul entero, limpio y levantado, despierta a la Mancha en cada lado con luz de octubre sobre nuestro suelo.
La viña amarilla con desvelo, la niebla sueña en el llano mojando y el sol la borra con cálido anhelo.
No muere el campo, no, no se muere: descansa y guarda el vino en su memoria, nos mira y sabe lo que el hombre quiere.
Que esta mañana azul sea nuestra historia.
Tomelloso despierto que floreciere bajo este azul que nos devuelve gloria.
Juan Romero Gómez. Otoño 2026.
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Viernes, 16 de Octubre del 2026
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