“La
existencia misma es un árbol enraizado que se une desinteresadamente, bajo un
tronco común, a la espera de generar una arboleda floreciente como parentela”.
Lo único que nos sana es el auténtico cariño vertido en
nuestros propios pasos. Necesitamos conjugar con nuestros andares la alegría
del abrazo sincero y la mirada acariciadora del acompañamiento. Quizás, por
ello, tengamos que tomar aliento, con la pausa debida y la reflexión necesaria.
Hay un deseo desenfrenado de modificarlo todo, sin apenas deliberación o
fundamentación. Sea como fuere, debo indicar que el momento no es fácil, por lo
que requiere el estímulo y la ayuda de la escucha colectiva. Está visto que las
tensiones y los peligros que nos acorralan se resuelven mejor en comunión y en
comunidad, oyéndonos entre sí, dialogando más y reconociéndonos
humanitariamente como ciudadanos de bien, que es lo que realmente contribuye a
humanizar la convivencia.
La existencia misma es un árbol enraizado que se une
desinteresadamente, bajo un tronco común, a la espera de generar una arboleda
floreciente como parentela. Lo bueno siempre germina de la confianza de pulsos,
que es lo que nos concuerda y nos recuerda que no somos islas en un mar de
oleajes. Despojémonos, por consiguiente, de individualismos que nos desvirtúen,
haciendo que prevalezca el afán posesivo y no el espíritu donante. De hecho, en
todos los lugares, la batalla se sirve a diario en nuestra propia
consanguinidad. Por desgracia, se elevan los muros y las distancias, con la
arrogancia manifiesta y el encierro en el egoísmo. En consecuencia, cada día
crece el número de personas que deciden vivir solas, o que conviven sin
cohabitar.
Esto ocasiona un mal acuerdo entre análogos, que únicamente
exigen prestaciones de servicios como un loable sentido de justicia, que no lo
es, porque está mal entendido, al excluir los principios y valores que son los
que sustentan la incondicional entrega benefactora, convirtiéndolo todo en un
mero negocio. Ciertamente, no está siendo fácil comprender las separaciones que
se dan muchas veces en personas que llevan toda una vida unidos, rechazando el
ideal de envejecer cuidándose y sosteniéndose. De igual modo, también cuesta
entender que la sociedad empuje a muchos jóvenes a no poder formar una familia porque
están privados de oportunidades. Por ello, hoy más que nunca, creo que
precisamos cultivar esa querencia efectiva conciliadora, al menos para poder
reír y llorar juntos.
Donde reina el amar sin consideraciones, gobierna la pasión
del sentimiento y sobran las leyes. La desunión es un lógico fracaso, que debilita
y ensombrece nuestros propios vínculos humanitarios. Las crisis, como las diversas
contiendas, deben afrontarse con la valentía del aguante, del diálogo sincero,
del perdón mutuo, de la reconciliación y también del sacrificio; no con la
superficialidad del abandono y del olvido. El verídico apego, cuando germina de
las entretelas, jamás se desmorona y es eterno, porque en vez de destruirse se
regenera, dándose una nueva oportunidad. Asimismo, el aprecio, cuando lo es en
certeza; tampoco es algo que se pueda
conectar o desconectar a gusto del consumidor, ni mucho menos bloquear; está
ahí por siempre, impregnando toda su historia de esperanza.
Ahora bien, de cara al futuro, ¿cómo reconstruyes una
existencia en filiación si no tienes la
manera de tener ingresos para hacerlo? Quizás tendríamos que impulsar una
paternidad/maternidad compartida, responsable y afectiva de verdad, que no es lo
que se muestra en las telenovelas, sino algo más concreto y fraterno, centrado en los hechos. Sin
embargo, el fraude también mora en los lenguajes tecnológicos. Algo tan cercano
como el móvil, te ofrece negocios exitosos, además puede suplantar tu voz e identidad e
incluso prometerte adhesión perenne. Tanto es así, que cada año las estafas
mueven miles de millones de dólares, alentados y alimentados por redes
criminales globales que operan con inteligencia artificial y criptomonedas. Aún así, el infalible amor,
no fenecerá jamás.
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Domingo, 25 de Octubre del 2026
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