Carmen
García es de Tomelloso, vive y trabaja en Toledo, donde tiene su gabinete de
psicología, y lleva toda la vida vinculada al voluntariado. El miércoles, 28 de
octubre, esa vocación la llevó hasta Urda, adonde llegó junto a sus compañeros
del equipo de emergencias psicosociales de Cruz Roja apenas unos minutos
después de recibir la activación del 112.
Allí
permaneció hasta las diez de la noche, acompañando a viajeros heridos, personas
que acababan de vivir una experiencia traumática y familiares que aguardaban
noticias en medio de la incertidumbre. Detrás de la intervención profesional
hubo también una mujer que tuvo que gestionar sus propias emociones mientras
ayudaba a los demás.
Casi
cuarenta y ocho horas después, todavía con la dureza de lo vivido muy presente,
Carmen habla de miedo, de humanidad y de la generosidad que aflora cuando todo
parece venirse abajo.
Había que llegar cuanto antes
El teléfono
sonó y el equipo de emergencias psicosociales de Cruz Roja de Toledo se puso en
marcha. El accidente ferroviario de Urda acababa de ocurrir y, prácticamente
tres minutos después del siniestro, el 112 activó a los profesionales. Había
que llegar cuanto antes.
Carmen
García, psicóloga tomellosera y voluntaria de Cruz Roja, forma parte de aquel
dispositivo. El trayecto desde Toledo hasta Urda fue el preludio de una jornada
que se prolongaría hasta las diez de la noche y que dejaría una huella difícil
de explicar con palabras.
El equipo se
dirigió al pabellón donde se esperaba recibir a los heridos leves y a las
personas que habían salido ilesas del accidente. Después fueron llegando
también los familiares. Allí, mientras los servicios sanitarios atendían las
lesiones físicas, los psicólogos comenzaron una labor menos visible, pero
fundamental, la de ayudar a las personas a afrontar lo que acababan de vivir.
La primera
necesidad era ofrecer a cada afectado el apoyo que requiriera en aquellas
circunstancias. No todos reaccionaban de la misma manera. Algunos estaban en
estado de shock y todavía no eran plenamente conscientes de lo sucedido; otros
sentían miedo, tristeza, enfado o preocupación por sus familiares. «Había
personas en situaciones muy distintas. Nuestro trabajo era acompañar a cada una
en lo que necesitara en ese momento», explica Carmen al recordar aquellas
primeras horas.
Una silla, seis horas de espera y alguien que pregunta
tu nombre
En el
pabellón de Urda hubo escenas que ayudan a comprender la dimensión humana de
aquella jornada. Personas que habían viajado en tren sin sus familiares, que no
sabían cómo llegarían a casa o que necesitaban confirmar que los suyos conocían
su situación. Algunas tenían heridas; otras, aunque físicamente estuvieran
bien, acababan de atravesar una experiencia que necesitaban empezar a asimilar.
«Cuando
empezaron a llegar los heridos, los más leves, claro, no había nadie para
recibirlos, salvo nosotros», recuerda Carmen. Los viajeros procedían de distintos lugares y muchos se
encontraban lejos de sus casas, sin saber todavía cuándo podrían reunirse con
sus familias. El equipo intentaba ayudarles a contactar con sus seres queridos
y ofrecerles algo de tranquilidad en medio de aquella incertidumbre.
La atención
comenzaba con gestos sencillos como acercarse, preguntar, conocer sus nombres y
hacerles saber que podían contar con alguien. Carmen recuerda a una joven de
Cádiz que permaneció unas seis horas sentada en una silla hasta que llegó una
persona a recogerla. Durante ese tiempo, el acompañamiento consistió también en
compartir la espera y mantener el contacto para que no tuviera que afrontar
sola aquellas horas.
Con el paso del tiempo se iba creando una cercanía que permitía comprobar cómo evolucionaban los afectados. Carmen podía acercarse a quienes ya conocía, preguntarles si estaban mejor o si por fin había llegado su familia y recibir, a veces, una sonrisa como respuesta. La situación seguía siendo difícil, pero al menos algunos empezaban a recuperar cierta tranquilidad.
En aquellos
momentos, la labor de los psicólogos no consistía en ofrecer grandes
explicaciones, sino en estar disponibles. «Te acercas, les preguntas cómo
están, si su familia sabe que están bien, si necesitan algo. Les dices que estás
ahí y que pueden contar contigo», cuenta Carmen. Para alguien que acaba de
sufrir un accidente y se encuentra solo, lejos de casa y sin saber qué va a
ocurrir, esa presencia puede ser fundamental.
La
intervención también alcanzó a los familiares. Carmen y sus compañeros
acompañaron a la Guardia Civil en la comunicación de algunos fallecimientos,
mientras otras compañeras se desplazaron hasta el lugar del accidente para
prestar apoyo psicológico a los profesionales que trabajaban allí. La
emergencia exigía atender necesidades distintas y mantener el dispositivo
activo durante horas.
La emergencia termina, pero las emociones siguen ahí
El trabajo
de los equipos de emergencias psicosociales tiene el objetivo inmediato
de proporcionar apoyo en el momento de mayor impacto emocional. No sustituye a
un tratamiento psicológico posterior ni permite realizar un seguimiento
individualizado de todas las personas atendidas. Por eso, una vez superada la
fase inicial, es importante que quienes sigan experimentando síntomas que les
dificulten recuperar su vida cotidiana puedan buscar ayuda profesional.
Carmen
conoce bien ese proceso desde su trabajo en el gabinete de psicología que tiene
en el casco histórico de Toledo. Allí atiende a personas que atraviesan
dificultades muy diferentes, pero que comparten la necesidad de encontrar
herramientas para afrontar aquello que les está pasando. En Urda, sin embargo,
la prioridad era ayudar a los afectados a atravesar las primeras horas después
del accidente.
La formación
permite actuar, pero no elimina el impacto de lo vivido. Durante una
emergencia, la concentración y la adrenalina ayudan a responder a las
necesidades más urgentes. Después, cuando llega el momento de regresar a casa,
aparecen las emociones que han quedado en segundo plano.
Carmen
recuerda que el equipo emprendió el viaje de vuelta a Toledo prácticamente en
silencio. «Por mucha formación y muchos simulacros que hagas, la realidad
siempre supera lo que has trabajado. Son situaciones para las que te preparas,
pero cuando estás allí te das cuenta de lo que significan de verdad»,
reflexiona.
La psicóloga
tampoco oculta el desgaste que supone una intervención de estas
características. En el momento de actuar, el equipo debe concentrarse en las
personas que necesitan ayuda. Las emociones propias quedan en un segundo plano,
aunque no desaparecen.
«La vida está para mojarse»
Cuando le pregunta
el periodista por qué dedica parte de su tiempo libre a atender a personas que
atraviesan situaciones tan difíciles, Carmen no necesita darle muchas vueltas. «Yo
llevo toda mi vida formando parte del voluntariado», responde.
Su relación
con el voluntariado comenzó en Tomelloso. «Yo creo que la vida está para
mojarse. No voy a salvar el mundo, pero voy a intentar salvar mi mundo»,
dice. Hay una frase de Eduardo Galeano que resume esa manera de entender las
cosas, «mucha gente pequeña, en sitios pequeños, haciendo cosas pequeñas,
puede cambiar el mundo».
En Urda, esa
idea tomó forma en las horas de acompañamiento, en las llamadas a las familias
y en la atención a quienes tuvieron que esperar sin saber cuándo podrían volver
a casa. Gestos pequeños frente a una tragedia enorme, pero que adquieren todo
su valor cuando uno se encuentra en una situación así.
La psicología también debe estar al alcance de todos
Ese
compromiso se prolonga en su trabajo diario como psicóloga. Carmen utiliza las
redes sociales, los talleres y las actividades colectivas para acercar
herramientas de bienestar emocional a personas que quizá no podrían acceder a
una terapia individual. «Una terapia individual no se puede comparar con un
taller, pero estas actividades permiten acercar recursos psicológicos a
personas que, por sus circunstancias o por su situación económica, quizá no
podrían pagarse un tratamiento», explica.
En su
consulta observa que la preocupación por la salud mental alcanza a generaciones
muy distintas. «Tengo chavales de 20 años, con empleos precarios, que van
guardando dinero para poder pagarse sus sesiones. Para ellos supone un esfuerzo
enorme», cuenta. Esa realidad le confirma que cada vez hay más personas
dispuestas a cuidar su salud mental, aunque no siempre tengan fácil acceso a la
atención que necesitan.
Carmen cree
que la sociedad está empezando a comprender que el bienestar físico y el
psicológico van unidos. «Si ponemos el foco en la salud física, también
tenemos que dedicarle atención a la salud mental. No podemos separar una cosa
de la otra», señala.
La terapia
no cambia necesariamente las circunstancias que nos rodean, pero puede
proporcionar recursos para afrontarlas de otra manera. «La vida es la que
es, pero en terapia puedes aprender herramientas para relacionarte con ella de
otra forma y ser un poquito más feliz», resume.
La generosidad que aparece cuando todo se detiene
Al
preguntarle con qué se queda de la jornada de Urda, Carmen lo tiene claro «con
la generosidad de la gente». Habla de cómo se volcó el pueblo de Urda y de
la ayuda que llegó también desde las localidades de alrededor. Durante buena
parte del día, las comunicaciones fallaron y apenas pudo consultar el teléfono.
Cuando finalmente tuvo acceso a sus mensajes, encontró a muchísimas personas
preguntando qué podían hacer para colaborar.
Pero la
generosidad no estaba únicamente fuera del pabellón. También se manifestaba
entre quienes acababan de sufrir el accidente. A pesar del miedo y de la
incertidumbre, algunos viajeros preguntaban por las personas que tenían al
lado, se preocupaban por otros afectados o pensaban en la angustia que estarían
sintiendo sus familiares al no tener noticias.
Recuerda especialmente
la paciencia de quienes tuvieron que esperar y la preocupación que seguían
mostrando por los demás incluso en una situación tan difícil. «Había
personas que estaban preocupadas por otros viajeros, por alguien que tenían al
lado y del que no sabían nada, o por cómo estaría su familia sin noticias.
Incluso en esas circunstancias seguían pendientes de los demás», cuenta.
Esa actitud
le dejó una impresión profunda. En medio del dolor también encontró personas
dispuestas a ayudar y otras capaces de aceptar esa ayuda, incluso cuando todo
lo que les estaba ocurriendo resultaba difícil de asimilar. «Me gusta pensar
que somos más los buenos que los malos. En situaciones así se ve la generosidad
de la gente, tanto de quienes quieren ayudar como de quienes se dejan ayudar»,
dice. Y sin pensarlo, remata «quiero creer que podemos tener un mundo mejor».
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Viernes, 30 de Octubre del 2026
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