“El desafío se sustenta en despojarse de mundo y en tornarse
cristalino como el agua y los recursos naturales”.
Celebremos el futuro, por
muy negro que nos parezca, la eterna esperanza siempre nos acompaña. De hecho,
cada ser humano es un singular latido que forma parte del poema viviente,
llamado a dejar huella y a retoñar, por muy empedrado que camine su corazón.
Seguro que nadie se perderá. Lo importante es no encerrarse en el pasado, en el
entorno de las lágrimas de la nostalgia, pues de los sepulcros de la tierra
también se germina. Precisamente, ahora desde las zonas de desove de salmón en
Canadá hasta los arrecifes de coral en Indonesia, los ecosistemas de todo el
mundo se están restaurando a un ritmo sin referencias. Sin duda, estamos
asistiendo a la gestación de uno de los mayores movimientos por la naturaleza
de la historia.
Hay que avivarse y
renacerse, jamás tirar la toalla, pensando que nada se puede enmendar. Somos
seres en versátil purga; y, como tales, guardar silencio y escucharnos también
ha de ser importante, pues interrumpe la agitación interesada del activismo, restableciéndonos
en más poesía que poder, con una invitación a la memoria y a la espera. Que
nadie se desespere, todo tiene sanación; es cuestión de no volverse hacia
atrás, de revolverse hacia uno mismo, para mirar hacia adelante, hacia el
horizonte de nuestro camino y hacia la realización de lo armónico del edén que
nos aguarda. Paso a paso, como verso a verso, todo se conjuga en el amor sin
precio y en el amar sin medida. El desafío se sustenta en despojarse de mundo y
en tornarse cristalino como el agua y los recursos naturales.
Tampoco podemos pretender
arreglar nuestro propio interior o la naturaleza que nos circunda con una mano,
mientras la destruimos con la otra. Indudablemente, los diversos gobiernos,
deben abordar los motores de la degradación del medio ambiente e invertir en
mecanismos de seguimiento para garantizar la durabilidad del movimiento de
restauración logrado; pero, también, la ciudadanía en su conjunto, ha de
colaborar y cooperar frenando el ansia destructiva que nos acorrala. No se
trata, pues, de un afán y un desvelo sin más; debe sustentarse en una
ejemplaridad labor conciliadora, fruto del auténtico afecto vertido, que es lo
que nos salva de la muerte, si en verdad lo vivimos y lo practicamos entre
análogos.
Ciertamente nos hemos
globalizado, pero aún nos falta fraternizarnos, lo que nos requiere de otros
cultivos menos dominadores y más serviciales. En consecuencia, activemos el
poeta en guardia que todos llevamos consigo, que será el que nos hará
reaparecer con el anhelo de mirar hacia el cielo, que es de dónde venimos y
hacia dónde vamos. Con esta certeza, de retornar al sueño de la composición lírica,
rejuvenecida por níveos besos bajo el culto del auténtico abrazo, nada se
resiste y todo florece, incluso aquellos latidos que nos han acompañado y hoy
nadie recuerda. Evoquémoslos, pues. No hay mejor ejercicio que ejercitar el
recuerdo a las víctimas de las guerras y de la violencia, a tantos inocentes
abrumados por el hambre y la miseria en un mundo injusto, para aproximarse.
Ojalá aprendamos a
reprendernos a nosotros mismos, a ser más humanos cada día y mejores cuidadores
de lo que nos circunda. La custodia no está concebida para mentes mundanas,
sino contemplativamente místicas. Nunca puede conseguirse ningún progreso, si
uno no se respeta y considera el vergel. Renovarse y removerse o morir, que se
dice. Ahí radica; y, en el esfuerzo está la virtud, por lograr lo que aún queda
por hacer. Tengamos el anzuelo dispuesto, porque en el sitio que menos imaginamos
se halla la captura. No dejemos de comprometernos y de reposicionar los
esfuerzos; ya que si sabemos dónde están las brechas, debemos trabajar unidos
para cerrarlas, resurgiendo hacia una ética racional, aboliendo una época e
inaugurando otra. ¡Bienvenida sea, entonces!
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Sábado, 31 de Octubre del 2026
Domingo, 1 de Noviembre del 2026
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