Opinión

El alma del vino

(Las tres "S" del vino)

Ramón González Martínez de Cepeda | Miércoles, 15 de Agosto del 2018

“Bebamos de este vino hecho de uva y honradez cuyo color brillante se nos queda detenido un instante  entre la boca y los ojos y, después, ya perfumante, resumen de todos los racimos, cruza bajo los vados del paladar hacia los puentes del sentido…” De  Eladio Cabañero, “Una bodega manchega”.

Leo en una tercera de ABC de finales de junio de 2004, que tengo guardada,   un buen artículo del académico Valentín García Yebra en el cual hace un “Nuevo elogio del vino”.

Realiza un buen ejercicio de erudición  sobre la procedencia del vino y las condiciones de ingestiva que, ya en la  Grecia clásica, Aristóteles recomendaba.

Mi sentir Tomellosero ha hilvanado una serie de imágenes sucesivas y sentimientos muy arraigados en mí  que me han llevado a trascender la  historia del vino para pensar en su alma. Concatenar ideas en torno al sentimiento, la sensualidad y la solemnidad del vino: su alma.

En el lenguaje coloquial usamos la idea de sentir  con una doble vinculación; sentir en  relación a los sentimientos  y emociones y sentir  como percepción de olores, sabores, colores… a través de los sentidos.

Cuando vinculo vino y sentimientos tomo  un referente excepcional para poner de manifiesto de cómo su bebida enardece el ánimo, sin que ello pueda tener connotación peyorativa. La Biblia en los Salmos XIV y XV dice que…” el vino alegra el corazón del hombre”. Sin duda es una cita de autoridad.

El  vino también es sentimiento en la propia historia personal. Debo reconocer que mis primeras emociones y sensaciones por el vino (sentimientos)  no las recuerdo ligadas a la ingesta de un vaso tinto o blanco aunque, quizás, sí  a mosto virgen, desde la prensa o destrozadora del jaraíz de mi casa,  sobre un buen migón de pan blanco. Son sentimientos ligados a la tradición en el hacer de muchas familias de este pueblo. Relacionados con los tiempos y solemnidades de la vendimia, a la fermentación en las cuevas, a los olores y los “tufos”  que, desde primeros de septiembre hasta  la Virgen del Pilar, perfumaban  la vida en torno a la cueva y su ilustre contenido. Toda la casa se impregnaba de los olores de la cueva.

Ahí abajo, debajo de cada casa, como destinado a propiciar el vivir de los que arriba habitábamos, el vino “se mueve en su propia paz y guerra de su reposo” y los “empotros aguantan el envite de la fermentación”, como bien describe, poéticamente, Eladio Cabañero.

O como muy bien versifica Juan Torres Grueso cuando canta a Tomelloso diciendo…”bajo sus pies las bodegas/con el alma de otros tiempos/sujetando los empotros/de los éteres eternos.

Igual que el alma requiere su tiempo para alcanzar plenitudes y los logra desde la paciencia y su cultivo también el vino, en la serenidad de la tinaja, con la  paciencia del tiempo logra su cuerpo y sensualidad. Acumula las añadas que le servirán como parte de la catalogación de su calidad.

Bajo las casas, en las cuevas, ahí debajo se resumen tantos anhelos y esfuerzos que constituyen muchas historias familiares y suponen la línea  vital de muchos apellidos para los cuales el vino es una  indisoluble armonía con  la tradición familiar.

Recurro, de nuevo, a Juan Torres pues sus versos ilustran excepcionalmente ese concepto de vino unido al sentimiento familiar cuando loa de la siguiente guisa:

 “Como danza en la bodega

Sinfonía de tinajas,

Esa alegre borrachera.

De cifras y de nostalgias”.

Esas imágenes en la memoria vital de gran parte de mis coetáneos  se repetía cada vez que, por motivos oficiales o personales,  visité el gran laberinto de galerías que, a   similitud de las cuevas familiares, hay bajo al Lagar-Museo de la Cooperativa Virgen de las Viñas, de Tomelloso.

Ahí, en el subsuelo, se encierra el alma de gran parte de mi pueblo, ahí se funden muchas aspiraciones, ahí se vive  y rememora mucha historia y por tanto muchos sentimientos de las gentes de Tomelloso.

Reconozco que el propio sentir y emocionarme me llevaba a despistarme de las excelentes explicaciones, con buena didáctica,  que el responsable de la Cooperativa  nos impartía  cuando el recorrido se hacía acompañado de algún visitante ilustre. Siempre me llamaban especialmente la atención  los datos que hacen referencia  a los aproximadamente mil quinientos  metros lineales  que suponen sus cavas en galería en las cuales se albergan  los envejecimientos, crianzas y reservas   que se contienen en  más de medio millón de botellas o en  las mil quinientas barricas.  Esas cavas son el lugar idóneo para el reposo y tiempo necesario  que forjará el alma del vino la cual percibiremos a través de los sentidos; su sensualidad.

Si en cada casa la cueva es su Capilla Sixtina, en la Cooperativa Virgen de las Viñas la conjunción armónica del lagar sobre la tierra y las galerías subterráneas suponen historia y futuro hilo conductor de la vida.

La historia es el  redondo jaraíz con su excelente museo y el futuro lo determina la calidad de las crianzas  mimosamente almacenadas en sus laberínticas cavas.

Es  el vino puro sentimiento ya que supone el palpitar de muchas gentes  en su historia y en un esperanzado devenir.

A través de los sentidos percibimos las cualidades del vino y ahí debajo, en las galerías henchidas de botellas cuidadosamente ordenadas, también se procura la otra dimensión del sentir. Se persigue dar al vino las mejores cualidades  que la persona pueda percibir a través de los sentidos. Es necesario disfrutar de los olores, sabores y colores que el vino nos puede brindar.

La calidad es el mejor reclamo y ello pasa por la concurrencia de presentación y condiciones de percepción sensorial. A todo ello debemos añadir la solemnidad en el momento de la degustación. ¿Qué tipo de copa?  Y  la manera de  percibir sus sabores, los regustos, color y trasluz y hasta el modo del brindis da solemnidad al vino.

En esa idea de la solemnidad en torno al vino  no debemos olvidar el gran valor que le supone ser  coadyuvante  en las relaciones humanas e incluso determinante en transformar desavenencias en acuerdos.

El vino es paralelo a la historia de la humanidad  pues desde  los tiempos más antiguos ha ido  acumulando tantos afanes, solemnidades y tecnología que todo ello nos permite reiterarnos en el alma del vino ya que ella se ha ido configurando por los sentimientos, por las percepciones sensoriales y por la cultura. Esos elementos han sido inherentes a la evolución del manjar de la uva desde que allá por el cuarto milenio antes de Cristo se empezara a cultivar en Oriente próximo.

El catedrático García Yebra, en el artículo referido al comienzo de este artículo, informa de parte de la historia del vino y yo no quiero concluir sin añadir  algunos datos que corroboran que el degustar el vino es uno de los deleites más antiguos.

Así, por ejemplo, puede ser curioso reseñar que en el año 2000 se abrió un ánfora con tres litros de vino con 900 años de antigüedad  que fue recuperada de un navío romano, hundido junto a Sicilia.

Y no menos llamativo resulta el dato sobre el vino más caro que se corresponde  con un “Chateau d´ Yquem   Santernes” de 1787, valorado en 64.000.

O esa información sobre el lagar más antiguo de España, del siglo VIII antes de Cristo, hallado en el poblado fenicio  del Castillo de  Dª Blanca (Cádiz). Y sin querer entrar en más estadísticas  ni rankings de producciones  y clasificaciones me pregunto:

¿Podría tener tanta historia algo sin alma? La sensualidad, el sentimiento y la solemnidad conforman el alma del vino.

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