Feria 2019

Vive la poesía

Premio Local de Poesía "Ángel López Martínez"

Gariel Nan | Domingo, 11 de Agosto del 2019

Deseo frágil

El amor no se aprende en los cursillos de autoestima.

Ni siquiera es una fiesta entre generaciones,

ni un festín de nuestros antepasados en sandalias.


A veces deseo poder amar

a los cobijados bajo el puente de las palabras pobres,

o a los que tienen el sudor de la gloria en sus manos.


Deseo poder añadir a mis sentidos

un espacio donde puedan latir las alas

los vecinos y los extraños.

Mi empatía es una roca de sal sucia,

un brote seco bajo el calor de los segundos.

Mis amigos son un grafiti sobre el muro

donde aprendí a tirar piedras,

un copo de nieve en el ojo izquierdo.


A veces deseo que me crezcan mil brazos

y que mil corazones

palpiten en mi pecho por ellos.


Deseo recoger todas las aguas sucias

en un muñeco de nieve

y destruirlo bajo la furia del sol.

Deseo poder olvidar

esta soledad bajo la alambrada de púas.


La casa 

El peregrino se detiene ante la casa

como una mancha de cal

se detiene en las paredes.


Tropieza al entrar, y no mide sus pasos,

sino las garras y el hambre de las cadenas.

Las carcomas no respetan la historia.

Las carcomas alisan las diferencias,

y se comen los restos de una bandera republicana.

Las paredes siembran el olvido en el salitre del suelo.

Bajo la chimenea no hay huevos de serpientes,

solo un viejo avispero como ofrenda a la vida.


Partes de la historia no se escribe,

solo se siente como la calma que derrota.


El peregrino se detiene

ante las paredes llenas de retratos suyos

hechos a sangre y carbón.

El último sin acabar, tiembla en sus ojos

como el sol que agrieta los escudos dorados.

Del viejo avispero,

caen gotas de miel hacia otras épocas.

Hay mares que no cuentan con el tiempo,

hay ojos que no cuentan con la luz,

y cadenas que no cuentan con el corazón.

El óxido no responde a sus caricias.

Los clavos de la pared hacen eco a su pulso.

Las serpientes no perdonan.


El vacío jamás caduca,

el vacío es una oruga que se pliega entre nuestras sábanas.

La casa hurga en su corazón destartalado.

El peregrino,

no lee lo que cuenta la historia sobre su madre.


Un minuto

He destruido todos los documentos que mostraban que te quería,

todo el vino de las palabras.

En un minuto de libertad,

he bloqueado todas las ventanas que daban al mar.

Nos queda la máquina automática del pasillo,

Y sobre la telaraña entre las espinas,

un cementerio de cuentos sin cruces.


El rocío se olvidó su arcoíris.

Las velas de la media noche,

han encendido en nosotros palabras de piedra.


En un minuto hemos destruido el tratado de paz entre dos pueblos.

Las huellas del humo han llamado a sus hijos de vuelta.

Nos quedan los pozos de agua y una fosa común,

una lámpara fundida sobre los papeles de una aduana.

Entre las estrellas, sobre la tela de araña,

el universo olvidó su llave.

Ahora entiendo por qué llorabas cada mañana mirando el mar.



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