Cuevas

Una gruesa tosca protege la cueva de Felipe Fuentes

Carlos Moreno | Viernes, 22 de Noviembre del 2019
Los elementos decorativos destacan en esta preciosa cueva Los elementos decorativos destacan en esta preciosa cueva

Ha merecido la pena la visita que hemos realizado este viernes 22 de noviembre a la cueva de Felipe Fuentes, ubicada en la casa de la calle Peinado que hace esquina con Santa Bárbara. El anterior propietario era José González, apodado “El jejo” que la vendió a la familia de Felipe en los primeros años ochenta. La cueva es de pequeñas dimensiones, pero su forma, distribución y elementos decorativos le otorgan un gran encanto.

Impresiona la larga y recta escalera. Los peldaños de la parte de arriba son los que se encuentran en peor estado. A mitad del recorrido de la escalera nos topamos con la contramina por la que se accede al empotrado.  Allí contamos las tinajas que contiene la cueva, siete de unas 450 arrobas más la del gasto que es más estrecha. “Una cueva de pichulerillo que producía sus tres mil arrobas de vino”, dice José María Díaz en una de sus típicas frases que tanta gracia me hacen. En el empotrado hay que andar con sumo cuidado porque no hay barandilla en la parte central. Desde las alturas admiramos la forma ovalada de una cueva que fue construida en los años cincuenta. 

Uno de los elementos constructivos que más nos impresiona de esta cueva es el impresionante desgarre de la única lumbrera. Un desgarre ancho que, según explica José María, “permitía la entrada de mucha luz y una buena ventilación y es más que probable que en esta cueva no fuese necesario utilizar el ventilador para combatir el tufo”.

Pero, sin duda alguna, el elemento más característico de esta cueva es la gruesa tosca que la protege. José María la palpa con su mano para comprobar que no se deshace, que es pura roca, en una de las zonas de la ciudad donde mayor grosor de tosca había. Por este motivo, la media caña que los picadores esculpieron en las paredes para embutir las cuevas no se desmorona. Están intactas. La tosca suponía siempre una dificultad añadida al trabajo de los picadores por su gran dureza, aunque en esta época ya se utilizaban barrenos que facilitaban considerablemente aquella labor de picadores y terreras. 

Ya en la parte baja vemos el hueco de un antiguo pozo, con las covanchas en las que metían los pies sus constructores. Observamos también la pozata.  Las tinajas enseñan claramente el sello constructivo de los Díaz con esos elementos decorativos  que remataban sus trabajos: molduras, plafones y ménsulas. Además, las tinajas están policromadas en tonos amarillo y sanguina. “Esto se hacía con unos polvos que mezclábamos con el cemento, un colorante que le daba unos tonos más alegres a las tinajas”.

La visita se acerca a su fin y José María sentencia, “pequeña, pero esta cueva es una monería, además sin humedad”. Insiste nuestro experto en la perfecta construcción del desgarre que los picadores iban haciendo sin reglas “y que es una obra de arte”.  Poco a poco, vamos subiendo y dejando atrás los ocho metros de profundidad de la cueva, mientras una fina lluvia empieza a caer por la lumbrera.


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