Navidad

¿Qué habéis visto, pastores?

Joaquín Patón Pardina | Miércoles, 25 de Diciembre del 2019

Un trozo de queso en la  mano, sobre un torta tostada en las brasas. Las caras curtidas del aire y el sol. Sentado, al abrigo de una pared de piedras medio hundida, hay un grupo de hombres reponiendo fuerzas, después de un día de andar monótono, siguiendo los escasos pastos que dan estas tierras áridas y secas.

Las ovejas agrupadas y somnolientas buscan el rodal, de más comodidad junto a sus compañeras, que les haga agradable el paso de la noche.

Me acerco al grupo, les deseo buen provecho, y pregunto si puedo sentarme junto a ellos. Me aceptan de buen grado, aunque no me conocen. Me ofrecen participar de su cena; cuando les respondo que todavía no había comido, me dicen:

-Siéntate, toma queso y torta, enseguida que para luego es tarde.

Necesito presentarme:

-Gracias por vuestra invitación y vuestra comida. Soy Cálamus, -les digo. Me dedico a viajar recogiendo noticias que van surgiendo, las comento y anuncio en otras ciudades por las que paso, con ello me gano el pan que como, aunque  no todos los días encuentro personas como vosotros, que me invitan a compartir, aún sin conocerme.

-Cuéntanos las últimas acontecimientos que conozcas, -me piden; nosotros vivimos aislados del mundo, dedicados al cuidado de nuestros ganados todos los días del año, incluidas las fiestas.

-La noticia de mayor alcance es el censo, que ha mandado hacer el emperador Augusto. Quiere saber el número de habitantes que tiene el Imperio Romano, hombres mujeres, esclavos, niños, lugar de residencia de cada familia, a qué se dedican, etc. Cada hombre, cabeza de familia, ha responder a varias preguntas, para quedar censados él y los suyos. Esto ya es una gran incomodidad, porque es preciso dejar el trabajo y durante unas horas, hacer colas interminables hasta llegar al censor. Han surgido ya algunos desocupados que cogen turno en las filas y lo venden por unas monedas al que llega con prisas. También permiten que los esclavos guarden el turno para sus amos.

-Lo peor del jodido censo, sigo comentándoles- es que no podemos empadronarnos en el pueblo en el que vivimos, debemos ir a la ciudad de origen de los antepasados. Está habiendo gran movimiento desde todas las ciudades. Con esto algunos pueblos están atestados de forasteros. Aquí en Belén tenéis una buena avalancha de estas gentes.

-Es cierto lo que dices, nos ha venido muy bien. Al haber más habitantes la demanda de carne, queso y leche es mayor, y estamos haciendo buenos negocios, así que el Augusto ese, aunque sea de los invasores, nos ha hecho un favor. Los que están muy enfadados son los dirigentes de las sinagogas y los sacerdotes del templo, nos han comentado, porque la Ley de Yahveh prohíbe hacer recuentos de personas, cosa que no entendemos por qué.

Es buena esta gente, un rato con ellos y me siento otro más.

-Quizás a Cálamus le interese saber lo que nos ocurrió el otro día, -comenta el más joven de los pastores al que llaman Neftalí.

-Oh. Seguro que sí, -dice Aser.

-Todavía se me saltan las lágrimas de la alegría que nos produjo el acontecimiento, -añade Simón, el de más edad de los tres.

Miré a Simón, sonreía su cara y los ojos fluían lágrimas de emoción. Parecía como si el resplandor de la lumbre iluminara la ilusión de su alma explotando de felicidad.

Se excusó porque no sabía hablar bien, había pasado la vida cuidando el ganado y el contar las ovejas era su única matemática. Aún sin ser docto en palabras todo él era expresión, comunicaba con la boca, con los ojos, con la mirada con los gestos de su cara y el alzar de sus manos al cielo estrellado.

Había vivido una experiencia tal que estaba cambiando su existencia, su vida  y su entorno. Los campos, las ovejas, los compañeros, todo y todos parecían haber renacido; por lo menos, a él le parecían distintos, mejores, más cariñosos, más comprensivos, más libres. Tenía menos dificultades para querer a los suyos. Ahora era muy fácil besar, abrazar, perdonar, querer.

Le pregunté si había experimentado algún milagro, si el padre Abrahám le había dado alguna catequesis, si había tenido algún contacto con Isaías, el hombre optimista y visor de felicidades, si había conseguido ascender en sueño por la Escala de Jacob,  y lo negó.

-No, ningún milagro, ninguna visión profética de las de nuestros patriarcas o profetas, eso se queda para personas muy religiosas y cercanas al Templo. Tú sabes, Cálamus, que a nosotros los pastores y gente del campo nos tienen los legalistas fariseos y los sacerdotes oficiantes por pecadores, gentes sin escrúpulos, apartados de Dios, olvidados de la Torah y demás cumplimientos. Sólo he visto cosas muy normales, lo de todos los días. Pero desde entonces o el mundo ha cambiado o yo me he vuelto loco, esto sí es felicidad y bienestar. Esto sí es vida, querido Cálamus.

-De acuerdo, Simón, cuenta qué es eso tan cotidiano que te ha cambiado la vida y transformado tu entorno, habla y no te preocupes si te faltan expresiones más literarias, estamos entre amigos y el lenguaje  de «andar por casa» es el más expresivo.

-Bueno allá voy, pero no te rías si digo algo incoherente o improcedente: La otra noche, me parece que era ya el tercer relevo que hacíamos entre los pastores de vigilancia de nuestros ganados. Nos calentábamos cerca de la lumbre Neftalí (el muchacho) y yo. Hablábamos de lo estrellado que estaba el cielo. Por tantas vigilias nos conocemos la situación de todas las estrellas, y les hemos ido poniendo nombres para entretenernos. De pronto el muchacho me dice:

-¿Has visto esa estrella como corría por el cielo, parece que llega tarde a donde vaya?

-Claro que la he visto, es como tantas que pasan volando y marcan una senda por el universo. Esta era más grande y me ha parecido ver en su comienzo algo más luminoso que de costumbre, deben ser mis ojos que ya van estando cansados por ver tantos años.  ¡Cuánto nos divertimos con nuestros comentarios y acuerdos! Le recuerdo a Neftalí que en tiempos remotos, según me contaba mi abuelo, los adivinos y astrónomos daban significados a ciertos movimientos celestes.

-Continúa Simón, -le digo para que sepa que me interesa su historia. ¿Qué relación hay entre esa estrella fugaz, así se llama, y el acontecimiento que citabas?

-Que fue en ese momento cuando oímos como si llorara un niño. Habrás observado Cálamus que los pobres aprovechan la parte más interior de los establos para dormir, no molestan a los animales y ellos están calientes, aunque los olores son bastante fuertes. Aprovechan la paja más limpia para extender sus mantos y dormir según pueden. Bueno, como te decía nos pareció oír el llanto de un bebé.  Hicimos oído y seguimos percibiéndolo. Como la noche estaba tranquila y no merodeaba peligro alguno para nuestro ganado, que reposaba tranquilo, fuimos los dos guiándonos por los gemidos, hasta encontrar al responsable de los lloros.

-Cuenta, cuenta, -insisto a Simón porque me está gustando lo que narra.

-Fuimos acercándonos, sin molestar demasiado a los animales que dormían, y a la luz de un candil los vimos, ¡Qué alegría! ¡Cómo íbamos a imaginar aquello! ¡Qué extraordinario!

-¿Qué visteis, pastores al llegar al lugar que comentas?

-Un niño recién nacido, un sol. Su madre, extenuada por los esfuerzos del parto, estaba acurrucada en un rincón, medio tumbada intentando descansar. Y el padre, ¡ay, el padre! Tenía en brazos a la criatura, envuelta en unos paños blanquísimos, le quitaba de su carita los últimos restos de sangre y lo lavaba con las lágrimas que caían de sus ojos contemplándolo. No se dio cuenta de nuestra presencia, porque hablaba continuamente para sí, haciendo gestos, mostrando el niño a alguna persona invisible, le entendimos perfectamente: «Gracias, Padre bendito, señor del cielo y de la tierra, por este niño, que tú has puesto en mis brazos, te prometo que cuidaré de él hasta el último esfuerzo y suspiro de mi vida. Cuida también a María, la mujer que me has dado por compañera, no caben en ella más gracias, dale fuerza para que se reponga pronto y disfrute del fruto de su vientre, que es este bebé. A  mí dame sabiduría suficiente y amor abundante, para intentar ser un padre al  modo que tú eres para todos nosotros», todavía puedo recordar fielmente esas palabras, se me grabaron en mi vieja memoria. Estaba dirigiéndose a Dios como si fuera su padre, no como los oficiales del templo que empleaban otros rezos como: «Señor de los ejércitos, que derrotas a nuestro enemigos», o “Dios de las victorias que destruyes los pueblos y derrotas las naciones para darlos en heredad al pueblo de la Alianza»

-Una oración muy bonita, ¿no? –le dije.

-Desde luego que sí, tanto me gustó que yo la repito todos los días varias veces, acomodándola a mi situación, de este modo rezo  a Yahveh.

(Continuará)

1620 usuarios han visto esta noticia
Comentarios

Debe Iniciar Sesión para comentar

{{userSocial.nombreUsuario}}
{{comentario.usuario.nombreUsuario}} - {{comentario.fechaAmigable}}

{{comentario.contenido}}

Eliminar Comentario

{{comentariohijo.usuario.nombreUsuario}} - {{comentariohijo.fechaAmigable}}

"{{comentariohijo.contenido}}"

Eliminar Comentario

Haga click para iniciar sesion con

facebook
Instagram
Google+
Twitter
}

Haga click para iniciar sesion con

facebook
Instagram
Google+
Twitter
  • {{obligatorio}}