Navidad

¿Qué habéis visto, pastores? (y 2)

Joaquín Patón Pardina | Domingo, 29 de Diciembre del 2019

-Pero sigue con tu narración, Simón, me está encantando. ¿Qué hicisteis?

-Lo primero fue quedarnos embobados mirando la escena, nuestros ojos iban de uno a otro; del hombre al aniño, del niño a la mujer, de la mujer al hombre. Estába como en un sueño, era completamente feliz. Cuando me di cuenta estaba de rodillas, emocionado y sin poder emitir palabra alguna. Miré a mi lado y Neftalí también arrodillado con los ojos de par en par, con la mano tapaba su boca abierta en  demasía. Cuando nos repusimos, habiéndonos empapado bien de todo lo que ocurría, les ofrecimos nuestra ayuda, no  les preguntamos si necesitaban algo concreto, porque no tenían nada.

-Y los dejasteis allí…

-No, que va. Me fui corriendo a casa que está muy cerca de donde teníamos el ganado. Por el camino Neftalí fue a avisar al resto de compañeros.  Llegué a casa sin apenas resuello y en pocas palabras dije a Judit, mi mujer, lo que había visto, que se diera prisa para llevarles lo más urgente, porque no podríamos dejarlos abandonados.

-Simón, tranquilo, respondió mi mujer. No vamos a llevar nada a esa gente.

-¿Cómo que no vamos a auxiliar a esa familia? Si tienen un niño recién nacido, si la mujer está descansando sobre un montón de paja, que ha amontando el marido. ¿Cómo no vamos a hacer nada? ¿Y si fuéramos nosotros los que estuviéramos en su lugar? Vamos a hacer algo y rápido porque esa familia no debe quedar abandonada.

-Eres muy impetuoso, cariño. Claro que vamos a ayudarlos. Aguarda y te cuento,  mientras vamos al establo enseguida.

-Hicimos lo que había pensado Judit. Cuando regresamos al establo, lo primero que hizo mi mujer, fue acercarse a la señora recién parida, estuvo hablando unos instantes con ella,  pidió al marido ver al recién nacido y saltaron dos lágrimas de sus ojos. ¡Qué preciosidad! –exclamó estampando un beso en su manita.

-Os vamos a llevar a nuestra casa, allí podremos cuidaros como os merecéis. No tenemos muchas comodidades, pero compartiremos lo que haya. ¿Os parece bien?

-Claro que sí, -respondió el hombre-, estuvimos ayer todo el día buscando dónde alojarnos y no encontramos sitio en ninguna posada. Por nosotros encantados, ¿verdad María? -María asintió con la cabeza.    -Mi esposa dijo, que la señora no debería andar, porque todavía estaba muy débil. No podría montar en ningún burro. Carro no teníamos. ¿Qué hacer?

-La llevamos a la ‘silleta de la reina’ –dijo totalmente decidida-. Y explicó: Es un modo muy cómodo, para transportar a las personas. Consiste en que dos hombres, de los más fuertes, en este caso serían  Aser y Neftalí, entrecruzan sus manos agarrando las muñecas del compañero, así se forma una plataforma, donde se sienta la persona a transportar, ella se coge del cuello de cada uno, para mantenerse erguida y tan a gusto.

-Así lo hicimos, y los  trajimos a casa a los tres. No tenemos demasiadas comodidades, también somos muy pobres. Por unos días María dormiría en nuestra cama. Una vecina nos prestó la cuna, diciendo que no le haría falta, en realidad sí le hacía, pero se apiadó también de aquella familia. Pan no nos va a faltar por eso vivimos en Belén, Cálamus, que en hebreo se escribe Bet-lehen, y significa, “la casa del pan”; leche, queso y carne los tenemos de cosecha en mi familia. Así que estamos encantados.

-Me he perdido con los nombres, me has dicho que la madre se llama María, pero no estoy seguro de que me hayas informado de  cómo le decíais al  padre y al niño.

-Pues mira el hombre se llama José; al niño le iban a poner por nombre Jesús. La madre es guapísima como ella sola y tiene una gracia especial cuando habla o te mira; sus ojos te comprenden antes de que hables; tiene una sonrisa como si la alegría  bailar en su cara; no te vas de su presencia sin un beso o una caricia de su mano, ¡qué ternura derrocha! Es una mujer especial. No me extra, que José esté tan enamorado y sea tan feliz con ella.

-Y el marido ¿cómo es?

-José es otro portento de persona, tiene un cuerpo fuerte como un roble, manos duras como el hierro, pero no sé qué hace que cuando abraza se le convierten en tiernas y cariñosas como si fueran las de un niño. Acaricia al bebé con la sensibilidad de una madre. Trabaja de ‘oficios varios’, como decimos nosotros, es carpintero principalmente, pero también sabe de albañilería y de tareas del campo; es un hombre muy completo en cuanto a lo profesional.

-¿Sabes si son religiosos, van a la sinagoga, rezan?

-Sí, rezan todos los días, pero ya te comenté antes, que lo hacen de modo distinto a los grupos religiosos de nuestra nación.    Escucha, Cálamus, cuando van a rezar se juntan los tres, al niño lo tienen en brazos María o José y las oraciones, yo creo que, las inventan o se las dicta algún ángel. Otra, que se me quedó el otro día, dice: «Padre bendito, santificado sea tu nombre ahora y siempre, te damos gracias por la vida, por el amor que nos transmites, porque haces cosas grandes con nosotros en la sencillez de nuestras personas. Bendice, Padre santo, a esta familia que nos ha acogido, bendice a los esposos, a los hijos y multiplica el fruto de sus trabajos. Que no nos falte el pan diario. Líbranos de hacer el mal y que seamos capaces de ser felices y amar a todos los que nos rodean»

-Qué oración más preciosa. Abusando de tu paciencia, Simón: ¿Me podrías responder a otra pregunta? Hay una duda que  me quema, si son tan extraordinarias personas y José están buen profesional no viven en la abundancia, sólo tiene un borriquillo y eso en estos tiempos es mucho, deberían ser gentes con más posibles.

-Pues esa es la cosa, que José en sus trabajos solo cobra lo que estrictamente necesitan, para comer o vestir los tres. Si tiene que trabajar a alguna persona más pobre, lo hace de balde. Claro así no se van a hacer ricos.

-Mira, Simón, a todos nos gusta el dinero, -le contrapuse-, en ningún país de los que he recorrido, y son muchos, he conocido  a nadie que haga ascos a los denarios, dragmas o monedas romanas. Todo lo contrario la gente se desloma y desvive con tal de tener la bolsa algo más pesada cada día.

-Cálamus, me  respondió Simón, los trabajos que hace José no tienen presupuesto, intercambia con quien lo contrata lo suficiente, para cubrir la necesidad, que tenga su familia, y si en ese momento no necesitan nada, nada cobra, a no ser que haya algún necesitado cerca y entonces sí, regala al pobre, lo que en ese momento haya recibido de compensación . No debes irte de aquí sin conocerlos, te aseguro que te sorprenderán, vas a quedarte prendado de ellos. Tienen una gracia especial.

-¿Han regresado ya a su pueblo de procedencia? Con lo que me has contado, no me voy de vuestro pueblo sin conocerlos y charlar con ellos, si me lo permiten.

-Todavía no; siguen en mi casa. Judit, mi mujer, ha dicho que de aquí no se van hasta que solucionen lo del empadronamiento y se reponga María lo suficiente, para aguantar las caminatas que les esperan. Por mi parte les construiría una vivienda al lado de nuestra casa, el patio del ganado es muy grande y con un trocito, el mañoso de José, con nuestra ayuda, construiría una morada bien cómoda, sin embargo ante nuestra oferta, tanto María como José, nos han respondido agradeciendo mucho nuestra generosidad, pero dicen, que deben seguir su camino…  El día que se marchen los echaremos mucho de menos; mi mujer, dice que aunque se vayan, su recuerdo y la huella que nos dejan durarán por siempre.

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