Cuevas

Una cueva con firma de autor

La cueva de Antonio Huertas y Angelines Ortiz es de las pocas en la que aparece el nombre del tinajero

Carlos Moreno | Sábado, 29 de Febrero del 2020

En la calle Socuéllamos  estaba hoy nuestro destino de visita semanal a las cuevas de Tomelloso. Allí hemos encontrado otra joya del subsuelo que mantienen en muy buen estado sus actuales propietarios,  Antonio Huertas y Angelines Ortiz. Una cueva construida los años treinta por Alejandro Perales en la que nos hemos topado con una curiosa circunstancia. En las visitas a cuevas que hemos realizado hasta la fecha, y nos acercamos ya a las setenta,  no aparecía en la tinaja el nombre de su autor; pero sí aparece en esta el nombre de José María Díaz Benito, el tinajero que más tinajas de cemento construyó en la ciudad, el padre de nuestro experto que nos acompaña cada semana y que gracias a sus gestiones previas nos abren las puertas de par en par en todos sitios. “Mi padre no solía poner el nombre en sus trabajos, pero el dueño quedó encantado con el trabajo que hizo en la cueva y le animó a que pusiera su nombre”.

Además, en la tierra los picaores también dejaron grabado el año de su construcción.  Ayudado por una linterna, el propietario encuentra al final el año que resulta ser el 1933.

Antonio  ,que ha sido futbolista en sus años jóvenes y al que conozco desde hace tiempo, nos guía hacia la entrada de la cueva, que como ocurre en tantas otras, tuvo que ser modificada al dividirse la casa. El primer tramo tiene unos peldaños de hierro  y tras un giro bajamos ya a la cueva. Nos advierte el propietario que tengamos cuidado con unos clavos que les servía para sujetar el ventilador, herramienta clave para combatir el tufo que se generaba.  La cueva alberga 13 tinajas de cemento, de seiscientas arrobas de capacidad. “La cueva tenía veintiuna, pero se redujo con la división de la casa. Buena parte de la manzana era del mismo dueño”, explica Antonio. Unos rabos estriados separan unas tinajas de otras. El suelo es de cemento, con mayor altura en su parte central.

Dos largos pilares circulares refuerzan la estructura de la cueva. Miramos el techo que se encuentra en la tosca. Las paredes están encaladas y sobre ellas cuelgan las  mangueras del trasiego. Antonio y José María hablan de viejos tratos, de aquellos que se hacían de palabra, sin papeles que lo atestiguaran y que solían satisfacer  a las dos partes. 

Hay dos lumbreras con desgarre trapezoidal. Las paredes enseñan las distintas capas del terreno, esas que iban venciendo los picaores  y terreras. Vemos el tubo del cobre por donde bajaba el mosto desde el jaraíz. No contamos con mucha luz para las fotografías, pero una vez que subimos al empotrado encontraremos mejor luz. Tiramos con flahs y sin él, y evidentemente es mejor la segunda opción para captar mejor esos mágicos contrastes de luz y oscuridad de las singulares cuevas de tomelloso  Encontramos una tapas de anea apiladas sobre una de las tinajas que, curiosamente, está dividida a partes iguales por un muro, con el fin de destinar una  parte al mosto blanco y la otra al tinto. 

La cueva presenta una bóveda achaparrada. El balaustre es de hierro, está bien conservado. Apunta José María que su buen estado obedece a que la cueva está seca, sin apenas humedad. Antonio nos indica por donde iba un antiguo puente. Toca despedirse y dirigimos una última mirada a esta magnífica cueva. Nos queda esa sensación que tan magistralmente describía el gran García Pavón en unas de sus mejorer novelas, El rapto de las Sabinas. “Desde que pusieron la Cooperativa, que verifica y administra el vino de la mayor parte de los labradores medianos y picholeros, las cuevas que minan Tomelloso quedaron vacías. Son ahora calabozos de tinajas hueras. De tinajas con telarañas, sin aliento de vinazas. Tinajas sin cuido, tapaderas, ni corcho.  Maltrechos los empotres, sin aireo, las bodegas quedaron en sótanos sin empleo. Cuevas muertas  que tal vez en un futuro serán negocios de ágapes, bailongos y magreo. Las que encerraron hecho líquido la razón de tantas vidas, y la sangre de tantas penas, ahora, al faltarles la alegría de los trasiegos y el chupar de bombas, de serpientes mangueras, de catadores, de corredores de vino y los amigos del amo que se sentaban en las haldas de las tinajas a pasar un rato de la vida entre paladeo y paladeo, quedarían en espeluncas olvidadas”.   


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