Opinión

Morir en verano

Francisco Javier Navarro Prieto | Lunes, 6 de Julio del 2020
Mi abuela, mi abuelo y mi madre de vacaciones en Sada, A Coruña. Verano del 72 Mi abuela, mi abuelo y mi madre de vacaciones en Sada, A Coruña. Verano del 72

La abuela tenía la frente hundida porque cuando era pequeña su madre la golpeó por equivocación con un trapo en el que había envuelta una manivela. La hendidura agregaba a su rostro un talante risueño, pues desde aquel incidente supo que una siempre sobrevive a los grandes golpes de la vida, aunque en el momento de recibirlos no seamos más que niños que lloran a mares.

La abuela solía decir que en esta vida todo tiene una solución, menos la muerte.

                                                                 *

La abuela tenía unas orejas monumentales. En mi familia, todos pensábamos que el crecimiento anual de sus orejas era inversamente proporcional a lo que veían sus ojos. (Mi abuela acabó por quedarse ciega). Con los años la abuela veía menos el mundo, pero lo escuchaba mejor.

A mí me gustaba imaginar que cuando tuviese hijos, los pequeños bebés treparían por su pecho en invierno hasta acunarse en sus orejas como en una gran hamaca caliente, mientras yo les cantaba nanas y mi abuela les escuchaba el latido del corazón.

                                                                  *

La abuela eligió para morir el verano.

Su agonía fue lenta e imperiosa, y la tarde en que murió todos tuvimos la sensación de que las cuevas del pueblo entero exhalaban aires de alivio ante la desaparición de aquel sufrimiento.

En el pueblo los veranos son largos y ya desde abril las cosas comienzan a deformarse por el calor: las labores parecen más tortuosas, las calles más largas; las horas se estiran como chicles y los relojes dejan de ser útiles: pues desde las once de la mañana hasta las siete de la tarde la presencia continua del calor indiferencia las horas hasta estañar sus límites. De vez en cuando una bandada de palomas u otros pájaros cuyos nombres desconozco salpican el silencio de la siesta; un silencio que, por otra parte, no es interrumpido por nadie hasta que bien entrada la tarde un viento suave y pegajoso comienza a recorrer las avenidas y a alborotar levemente los patios. Entonces algunas puertas se abren, las terrazas de los bares comienzan a llenarse y los ancianos, arracimados en las plazas o en los bancos, se reúnen para charlar. Así lo hacía mi abuela en sus últimos años, cuando mi madre la dejaba en el banco de una placita verde donde los viejos comían pipas y los niños conducían entre sueños sus triciclos como si fuesen grandes motocicletas. Existe un placer en la vejez que los jóvenes desconocemos, pero al que mi abuela solía entregarse con todas sus fuerzas: el placer de ver las cosas más sencillas en funcionamiento. Un transeúnte desconocido, un niño de la mano de su madre al cruzar, o, sencillamente, un anciano sentado en un banco observando los árboles y saludando a los paisanos con nombre y apellidos, fueron los materiales con los que mi abuela compuso el placer durante los últimos años de su vida. No necesitaba más. Y quizás augurando su muerte, yo veía a mi abuela levantar la vista del suelo para observar con los ojos ciegos todas aquellas cosas, columbrando que aun cuando ella no estuviese, los pájaros y los gatos, las madres y las niñas, proseguirían sus recorridos a través de las calles del pueblo con la misma exactitud con la que un río avanza por su cauce.

El día en que mi abuela murió, mi madre, mi padre, mis hermanos y yo miramos también el mundo con aquellos ojos. Dos o tres coches arrancaban sus motores, algunas enfermeras descasaban en los escalones. Los alrededores del hospital, construido a las afueras del pueblo, nos devolvieron una leve sensación de irrealidad aumentada por la desgracia, pues mientras que en los momentos felices uno cree estar descubriendo la esencia misma de la vida, los momentos desgraciados suelen teñirse de ilusión, como si los viviésemos difuminados por las mismas brumas que percibimos en los sueños. Sin embargo, el cielo de aquel día era de un azul preciso, matemático, un azul que no cedía un ápice de color a las gradaciones o a las nubes. En los ojos de mi madre observé lo intolerable que le parecía un cielo tan hermoso en un día de tanta tristeza. Ante aquel cielo azul a través del cual parecía verse directamente el espacio, mi madre descubrió la sencilla verdad de que sin sus padres estaba sola en el mundo. Entonces, recordó una frase que hace muchos años le dijo mi abuela, cuando mi madre era apenas una adolescente, y la pronunció en voz alta: “ahora me necesitas más de lo que me quieres, pero en algún momento me querrás más de lo que me necesites”.

Todos sentimos que era mi abuela la que estaba allí, pronunciando aquellas palabras, a nuestro lado abrasada por los rayos de un sol implacable. Desamparados, en medio de aquella mañana manchega, nos miramos para descubrir, unos en los ojos de los otros, que existe una etapa de la vida en la que las manos que una vez cuidaron desaparecen, y en las manos de los que quedan es depositado el relevo.

A partir de aquel verano las palmas se nos comenzaron a arrugar; a la frente, como atravesada por un arado, se le dibujaron nuevos surcos, y los que fuimos cuidados, empezamos a cuidar, y sin necesidad de grandes filosofías, la muerte de la abuela nos hizo comprender que ya nunca más podríamos volver a ignorar que el tiempo es una cosa que pasa; y que pasa hasta en verano, cuando la tierra entera parecía haber dejado de girar, cuando en el calor clamoroso de las cuatro de la tarde la vida parecía haberse detenido un momento.

Francisco Javier Navarro Prieto, Tomelloso, verano 2020

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