Opinión

Día de todos los santos

Joaquín Patón Pardina | Domingo, 1 de Noviembre del 2020
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Cada primero de noviembre celebramos, hasta ahora, la fiesta de todos los santos.

¿Quiénes son los santos? ¿A qué santos nos referimos? ¿Cómo se llega a ser santo? ¿Para ser santa una persona debe  canonizarla el papa? ¿Es igual santo que canonizado?

Soy totalmente consciente de que estas preguntas no tienen hoy día muchos adeptos. Es posible que ni se las plantee casi nadie. Oliendo a iglesia, como parece, no inquietan a nadie. Sin embargo aquí dejo unas reflexiones porque, pienso que, siempre habrá alguien a quien interese.

Alguna aclaración técnica, en este caso relacionada con tal palabra, su sentido o el sentido que le dieron hace siglos nos viene al pelo. No hay que ser  erudito en lenguas clásicas para adivinar que santo viene de la palabra latina “sanctus” y su significado es: El consagrado, puro, limpio, que no está contaminado con malos comportamientos y al mismo tiempo tiene un cierto contacto con Dios. También podría ser sinónimo de sagrado (el que… o lo que está dedicado al servicio de Dios, bien sea una cosa cáliz, templo; bien sea una persona).

Mientras que canonizado se refiere a la persona, que la Iglesia ha reconocido como ejemplar en su vida, para otros creyentes y lo coloca o “anota” en el “Canon Romano” o lista de santos, después de investigar su actuación en el mundo, sus obras relacionadas con Dios. Y desde luego han realizado algún proyecto de amor a las personas, que en su momento lo rodeaban; vg. Santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco, San Ignacio de Loyola y una larga lista o “Canon”, como hemos dicho antes.

Los cristianos desde los primeros años (protocristianismo) llamaban santos a los que de algún modo daban ejemplo de vida y de en fe en su comunidad. De modo muy especial los  “μαρτιριοι” (mártires) o testigos de Cristo, certificaban con su sangre la fe que apoyaban en Cristo el Señor. Muchos de ellos enterrados en las catacumbas romanas.

La palabra santo se aplica también a Dios, es “EL TRES VECES SANTO”, la plenitud de la santidad,  el perfecto, el que su gloria se reparte por la tierra. Esta denominación se encuentra en la oración que se reza en la Eucaristía después  del prefacio en el Rito Romano.  “Sanctus, sanctus, sanctus, Dominus Deus, Sabaoth. Pleni sunt coeli et terra gloria tua…”. 

Santo, Santo, Santo es el Señor…, etc

Tanto San Pedro como San Pablo en sus cartas animan a los cristianos a ser santos, a actuar según las enseñanzas de Jesucristo en los Evangelios: “Como hijos obedientes, no os amoldéis a las apetencias de antes, del tiempo de la ignorancia, más bien, así como el que os ha llamado es Santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy yo”   (1ª Pedro 1, 14- 16).

Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios, tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable lo perfecto”  (Carta de san Pablo a los Romanos 12, 1- 2)

Dicho todo lo anterior queda recordar que la doctrina de la Iglesia Católica admite otra infinidad de santos no inscritos en el Canon Romano, pero que “gozan de la presencia de Dios en el Cielo”, y son los que celebramos en este día. Tantas personas de fe, buenas con los demás, íntegras en su comportamiento, dedicadas a hacer el bien con la sencillez de su trabajo diario o en el hogar. Hombres y mujeres de todas las razas, de todo el mundo, de todos los países. Posiblemente familiares nuestros.

Me atrevería a decir, sin miedo al “anatema sit”, que hoy debemos estar muy contentos, incluso orgullosos, porque muchos familiares, madres, padres, hermanos, amigos, vecinos son santos. Personas normales, sencillas, discretas, no dadas a los halagos, que en el momento de su muerte encontraron el abrazo de Papá-Dios, oyeron repetida la frase del mismo Cristo en la cruz “hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Si Dios que nos ha de juzgar es nuestro Padre ¿cómo nos va a castigar eternamente por nuestros pecados?

Para concluir esta reflexión trascribo la letra de la canción “La muerte no es el final”, para que aliente nuestra fe en la Resurrección, en la que creemos:

“Tú nos dijiste que la muerte
No es el final del camino
Que aunque morimos no somos
Carne de un ciego destino

Tú nos hiciste, tuyos somos
Nuestro destino es vivir
Siendo felices contigo
Sin padecer ni morir

Cuando la pena nos alcanza
Por un hermano perdido
Cuando el adiós dolorido
Busca en la fe su esperanza

En Tu palabra confiamos
Con la certeza que Tú
Ya le has devuelto a la vida
Ya le has llevado a la luz”.

 

N.B.: El autor de la letra y música fue Cesáreo Gabaraín, sacerdote con una gran fe, compuso hermosas canciones con mensajes impactantes alentando el compromiso en jóvenes y mayores; es el autor también de “Pescador de hombres” que tanto se canta en las Eucaristías. Esta canción “La muerte no es el final” la compuso para la misa funeral de un joven del coro que hay en su parroquia.

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