Opinión

La tradición cervantina y el incendio de la Casa de Medrano

Juan José Sánchez Ondal | Martes, 21 de Septiembre del 2021

Como es notorio, Cervantes no quiso concretar cuál fue el lugar de la Mancha en el que moraba don Quijote, aquél de cuyo nombre no quiso acordarse; aquel lugar, como escribe en el último capítulo de la segunda parte, que “no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.” Dada la fama alcanzada por el libro y por el personaje, raro es el lugar de aquella que no se lanza a investigar y a pretender ser la cuna del ingenioso hidalgo y, por añadidura, de su escudero Sancho. Y otro tanto sucede con lo que se refiere a la cuna del libro, desde el momento en que su autor dejó  escrito en el prólogo “que se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”.

El hecho de que al final de la primera parte incluyera seis poemas, tres sonetos y tres epitafios, en boca de “Los académicos de la Argamasilla lugar de la Mancha”, por un lado, y que el Quijote de Avellaneda apareciese dedicado "al  alcalde, regidores  y  hidalgos de  la  noble villa de Argamesilla, patria feliz del hidalgo caballero don Quijote de  la Mancha", y que en su texto se reitere ser la cuna de Don Quijote y de Sancho,  por otro,  dan pie a la villa ciudadrealeña de Alba para considerase “patria feliz” del ingenioso hidalgo.

Pero Argamasilla de Alba, no se conforma con ser cuna del protagonista y aspira a ser matriz gestante del libro, a tener esa cárcel “donde toda incomodidad tiene su asiento”. Y para ello, a falta de reconocimiento del autor o de documentación escrita, apela a la fuerza de la tradición. Así como en defecto de ley, la costumbre es fuente del derecho y se aplica en la resolución de conflictos jurídicos, la tradición, en defecto de pruebas escritas, es fuente histórica y debe aplicarse en conflictos de esta naturaleza, debieron pensar los defensores de ella. Y  a cuanto investigador se interesaba, le era referida la de que Cervantes estuvo preso en Argamasilla. Según unos, a resultas de una comisión que tenía que llevar allí a cabo  y le maltrataron y pusieron en una cárcel los vecinos; según otros, porque habiendo sido enviado por el juez de Consuegra, a realizar la cobranza de los diezmos que se debían a la dignidad del Gran Prior de los vecinos deudores de Argamasilla de Alba, no sólo los afectados consiguieron que la justicia le negase el cumplimiento, sino que le pusiese en la cárcel, y, según otros, porque se propasó al piropear a una dama argamasillera.

La tradición es recogida por los primeros biógrafos de Cervantes: Vicente de los Ríos en 1780,  Juan Antonio Pellicer, en 1797-1798  y Martín Fernández de Navarrete en 1819. No sólo se hacen eco del hecho, sino que identifican la cárcel de Argamasilla de Alba, la cueva de Medrano, como el lugar en que Cervantes sufrió prisión y engendró el Quijote y, según éste último autor,  aquella en que permaneció largo tiempo,  tan maltratado y miserable, que se vio obligado a escribir a su tío don Juan Bernabé de Saavedra, vecino de Alcázar de San Juan, solicitando su amparo y protección para que le aliviase y socorriese; pues «Luengos días y menguadas noches me fatigan en esta cárcel, o mejor diré caverna». Pero este documento, que sería decisivo para demostrar su estancia en la cárcel de Argamasilla de Alba, si existió,  ha desaparecido. De modo que  la identificación entre la cueva de Medrano y la cárcel, “donde todo triste ruido hace su habitación», en la que el propio Cervantes dice que se engendró el Quijote, y todo lo que dicha identificación trae consigo, se convierten en tema de fe.

Y fe en la tradición tuvieron los intervinientes en la adquisición de la casa de Medrano por el infante don Sebastián y el infante mismo al adquirirla; y fe los que lo hicieron en los actos de la impresión de los pliegos primero y último del Quijote impreso por Rivadeneira en la mencionada casa, proclamándola, en prosa y en verso, como hemos puesto de relieve en el artículo anterior, desde  Hartzenbusch  a Manuel Cañete y a D. Basilio Sebastián Castellanos.

Es curioso, de no menguado ingenio y de funambulismo argumental, el ardid del regidor argamasillero D. Ramón Antequera. Aprovechando  la oportunidad de que el secretario municipal va a levantar acta “En la villa de Argamasilla de Alba, a veinte y tres de octubre de mil ochocientos sesenta y dos, a la una de la tarde”, con motivo de la tirada del primer pliego del Quijote de Rivadeneira, dando fe de lo acontecido, intenta convertir en fehaciente y  transformar en oficial certeza, lo simplemente basado en la tradición o en rústica leyenda. Así, según hemos puesto de manifiesto en otro lugar, consta en el acta que  leyó un  escrito, en el cual, aparecen los puntos siguientes enunciados  con fe de carbonero:

 -“Que el alcalde de Argamasilla, por influencia de D. Rodrigo Pacheco, había tenido preso a Cervantes en aquella casa porque no había entonces otra cárcel en Argamasilla.

-Que el dicho D. Rodrigo era el caballero cuyo retrato y el de una joven sobrina suya se ven en la iglesia parroquial de esta villa, en el cuadro que ocupa el centro del retablo de Nuestra Señora de la Salud.[1]

Pero como para exculpar a Cervantes,  considerándole injustamente apresado, era necesario imputar un abuso a D. Rodrigo Pacheco y al alcalde, y, al tiempo, eximir de responsabilidad a aquél,  (al alcalde que siguió sus injustas órdenes, ¡que le den!) hace constar:

- “Que de la inscripción puesta en dicho retablo debajo del cuadro se debe inferir que el D. Rodrigo Pacheco tendría la razón perturbada; por lo cual pudo haber poco o ningún motivo para la prisión de Cervantes; y así, ni él debe ser considerado como delincuente, ni D. Rodrigo como responsable de una manía o acto accidental de demencia.”

Y para rechazar la idea que Cervantes quisiera vengarse del orate Pacheco y  dejar a salvo de todo ello a la villa argamasillera, continúa:

“Que por lo mismo tampoco se debe considerar El Quijote como una venganza que tomó Cervantes en D. Rodrigo, porque ningún cuerdo se venga de un loco. Por último, que debiendo considerarse la prisión de Cervantes como una desgracia irremediable que le dio ocasión para escribir una obra inmortal, la villa de Argamasilla, completamente agena a aquel contratiempo, aunque debía mirar con respeto y compasión el lugar donde estuvo encarcelado nuestro gran escritor, podrá digna y desapasionadamente solemnizar el momento en que se reproducía por medio de la prensa la obra cuyo pensamiento había nacido en la incómoda mansión cuya entrada tenían á la vista los concurrentes.”

“Con esto, [concluye el acta el actuario] el señor alcalde dio por terminado el acto, advirtiendo que todas las personas que habían asistido a él podían, si tenían gusto en ello, firmar este documento, de todo lo cual yo el secretario certifico” ¿También de las anteriores manifestaciones del regidor Antequera?

Y del mundo de  la tradición y de la fe, se pasa al de la conjetura. Ya, como hemos visto, las primeras tienen consolidado que Argamasilla de Alba es el lugar   en el que estuvo preso Cervantes,  y localizada la cárcel en que concibió el inmortal libro, que no es otra que la cueva de la casa de Medrano. Va a ser con motivo de la adquisición de ésta con la que Argamasilla de un paso más en los hipotéticos descubrimientos, ahora, respecto de los modelos inspiradores de sus personajes. 

Recordamos que en la narración que nos hacía el jefe provincial de fomento, D. José de Castells y Bassols, de la excrusión realizada  para adquirir la casa de Medano en 1862,   al visitar la iglesia parroquial de Argamasilla escribía que el gobernador civil de la provincia señor Cisneros, había hecho un “notabilísimo descubrimiento” del que D. José no se consideraba autorizado a desvelar.

¿A qué notabilísimo descubrimiento se refería? Al parecer a una conjetura. También “La Época”[2], sin desvelar el contenido de ésta, decía que “Nos ha sorprendido la especie de revelación que en aquel acto hizo un concejal… pues se refiere á una conjetura, que formó, antes que nadie, el actual gobernador de Ciudad-Real, Sr. D. Enrique de Cisneros, al visitar la iglesia parroquial de Argamasilla. Dicho señor ha comunicado sus observaciones a muchas personas y ha sacado, hace bastantes meses, una copia del retablo y de la singularísima inscripción que contiene.” Seguimos indagando en qué pudiera ser lo descubierto y hallamos que, según consta en el “Resumen de las tareas y actos de la Real Academia Española en el año académico de  1863”, páginas 11 y 12, el señor Cisneros presentó a la Academia, con fecha 23 de abril de 1863 una extensa comunicación en la que, entre otras cosas, acompañaba  un ligero dibujo geométrico de un altar y un retablo que existen desde 1601 en la parroquia de Argamasilla y copiada, en el tamaño y forma original,  una inscripción que se lee en dicho retablo. Tampoco era muy explícita la información, pero, sin duda, se refería al contenido de la inscripción.

A la inscripción conocida que dice: “Apareció nuestra Señora a este caballero estando malo de una enfermedad gravísima desamparado de los médicos víspera de San Mateo año 1601, encomendándose a esta Señora y prometiéndole una lámpara de plata, llamándola  día y noche de un gran dolor que tenía en el cerebro de una gran frialdad que se le cuajo dentro”. Parece ser que fue de  ella, y de su figura, de donde conjeturó que el devoto Rodrigo Pacheco  no estaba en sus cabales al habérsele cuajado el cerebro, y aún cuando no dijera que fue de tanto leer y poco dormir, fue el modelo en que se inspiró don Miguel para el personaje central de su novela.

Y ya puestos, de la imagen de doña Melchora, Marcela o Magdalena Pacheco, que de las tres formas la hemos visto apelada, sobrina del corretratado Pacheco,  conjeturan que pudiera ser la dama a quien, por piropearla, encarcelaron a don Miguel, e incluso,  con la que Cervantes tuvo o pudo tener  amoríos, no faltando  quien  conjeture  que fue la inspiradora de Dulcinea. Tampoco ha faltado quien haya descubierto la casa de Aldonza Lorenzo en el Toboso o la partida de bautismo de Sancho Panza en Esquivias. O, como un viejo conocido mío,  que Dulcinea  no era del Toboso, sino del Tomelloso, de lo que, en otro momento, daré cumplida cuenta.

La conjetura que  parece hizo el gobernador ciudadrealeño, en 1862, ya era de común conocimiento treinta años después. Cuando Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo, sobrino del homónimo asesinado Presidente, cuenta el viaje de Daniel Vierge por la Mancha,[3] para tomar notas e ilustrar el Quijote, al referirse a la estancia del dibujante en Argamasilla,  escribe que es “pueblo que contiene datos interesantes para los cervantófilos, dado que según se afirma, en una de sus casas, escribió preso Cervantes la mayor parte del Quijote, y hay además en la iglesia un cuadro con el retrato de un viejo chupado y ojos espantadizos, y el de una mujer, no joven, que involuntariamente recuerdan al hidalgo manchego y su Dulcinea. Dícese que el viejo es don Rodrigo Pacheco, enemigo de Cervantes, y a quien se supone que Cervantes quiso ridiculizar en su inmortal obra, y la mujer una llamada doña Melchora, sobrina del viejo. El cuadro (¡coincidencia curiosísima!) es una especie de ofrenda del caballero a la Virgen, en acción de gracias por haberle sanado de una frialdad que se le cuajó dentro del cerebro.”

Y es conocido el viaje por la Mancha que realizó Rubén Darío en febrero de 1905, y las dos crónicas que envió al diario argentino La Nación, la primera de ellas dedicada a Argamasilla, donde debió empaparse de tradición cervantina ya que escribe que “Conocí al cura  y al barbero. Conocí la casa en que habitó el bachiller Sansón, hoy propiedad de la vieja  Ventura Gómez Carrasco y su primo Polonio, sus descendientes... Y en la iglesia del lugar, que tiene honores de  catedral, vi algo que verdaderamente merece atención muy especial…Un cuadro que representa una virgen entre dos santos, y abajo hay dos figuras, las de D. Rodrigo de Pacheco y su sobrina Marcela”… Rubén fantasea con que Cervantes, encarcelado por éste D. Rodrigo Pacheco, bien  pudo inspirarse en él para la creación de su personaje.

Visitó la cueva de Medrano en aquellos días en lamentable estado,  de la que escribe: “En verdad os digo que causa pena y disgusto el ver el estado en que se mantiene esa propiedad, que debía pertenecer al estado y ser visitado como se visita la casa de Shakespeare en Stanford-on-Avon y la casa de Víctor Hugo en París (…) Descendí guiado por un chico, entre polvo y suciedad. Es aquello un palomar y un reino de ratones. Allí hay plumas, fiemo, zapatos viejos. Se ve el agujero del cepo a que estuvo atado Cide Hamete Benengeli… en cuanto al cepo mismo, me dijeron que “lo quemó la tía Martina para hacer arrope”.

Como hemos expuesto en “Tomelloso en Azorín”, en 1905, un mes después de la estancia  del poeta nicaragüense en Argamasilla de Alba, Azorín viajó hasta allí enviando sus crónicas al periódico “El imparcial” que luego reunió en su célebre libro y, además de cuanto allí expusimos sobre la estancia de Cervantes, en el capítulo IX, “Camino de Ruidera”,  en relación con el tema que venimos tratando, escribe el de Monóvar: “Ya sabéis que don Alonso Quijano el Bueno dicen que era el hidalgo don Rodrigo Pacheco. ¿Qué vida misteriosa, tremenda, fue la de este Pacheco? ¿Qué tormentas y desvaríos conmoverían su ánimo? Hoy, en la iglesia de Argamasilla, puede verse un lienzo patinoso, desconchado; en él, a la luz de un cirio que ilumina la sombría capilla, se distinguen unos ojos hundidos, espirituales, dolorosos, y una frente ancha, pensativa, y unos labios finos, sensuales, y una barba rubia, espesa, acabada en una punta aguda. Y debajo, en el lienzo, leemos que esta pintura es un voto que el caballero hizo a la Virgen por haberle librado de una «gran frialdad que se le cuajó dentro del cerebro» y que le hacía lanzar grandes clamores «de día y de noche.”

Ya dimos cuenta del rifirrafe entre doña Emilia y “El Obrero de Tomelloso” por poner en duda la veracidad de la estancia de Cervantes en la prisión de Argamasilla. Como expusimos, la Pardo Bazán, en carta a Mariano de Cavia, sostenía que “No se halla suficientemente probado el cautiverio de Cervantes en Argamasilla; es una leyenda, [y] y dos recientes libros,… concuerdan en dar por falsa la tradición de Argamasilla de Alba y de la casa de Medrano. Y añadía que “Todo el cuidado será poco, si se han de cuidar ligerezas como la edición especial del “Quijote” que en dicha casa de Argasmasilla se hizo en 1863…” Asimismo, expusimos las obras sobre Cervantes en las que doña Emilia basaba su negación: “Une ènigme litterarire”, de D. Pablo Groussac, director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires y “Cervantes y su época”, de Ramón León Mainez. Y dijimos que Mariano de Cavia ofrecía ocuparse de la  de Mainez y que “El Obrero de Tomelloso” creía que tiempo había para tratar de ella.

No dio tiempo a Mariano de Cavia  a hacer la recensión prometida, pues un fatal acontecimiento divulgado por la generalidad de los periódicos de los días 22 y 23 de marzo de 1905, el gran incendio en Argamasilla de la casa de Medrano, propició que el gran periodista se ocupara de la mencionada obra.

 “El Imparcial” del 22.3. 1905, se hacía eco de la notica publicada por “El Heraldo” en la que su corresponsal, Coronado, desde Argamasilla, daba cuenta del violento incendio declarado “en la casa donde estuvo preso Miguel de Cervantes Saavedra, o sea en la llamada de Medrano” y en la que decía que «Las pérdidas materiales son muy considerables». Desconfíase de que se salve nada.” Y efectivamente las previsiones se cumplieron. “El Día”[4] destacaba que la Casa de Medrano había quedado reducida a escombros a consecuencia del  incendio. El fuego prendió en los grandes maderos que la servían de sostén y aunque el pueblo en masa hizo los mayores esfuerzos por sofocarlo,  utilizando las bombas de las bodegas, y las mujeres formando cordón para conducir vasijas de agua con que alimentarlas, todo resultó inútil.

Comentando la noticia, en “El Imparcial” de dicha fecha, bajo el título de  “Una leyenda y un incendio”, Mariano de Cavia  se manifestaba rotundo y añadía otro trabajo más en el que, a su juicio, se había dado “la puntilla… al tan universal como infundado mito” argamasillesco. Se trata de la obra del presbítero y catedrático de instituto de Barcelona Clemente Cortejón, “La Coartada. O demostración de que el Quijote no se engendró en la cárcel de Argamasilla de Alba”.

Trataba de prevenirse  Cavia, poniéndose la venda antes de la herida, escribiendo que “no quisiera causar la menor molestia, en su romancesca devoción a los vecinos de Argamasilla. La Leyenda, me parece casi siempre más interesante y atractiva que la Historia. Si fuese a Elsingor, me impresionaría hondamente la terraza en donde nunca se le apareció una sombra regia y paternal á un Hamlet que no existió jamás. En Verona, me conmovería mucho ante la tumba de una Julieta, cuya existencia real ya no toma en serio ningún crítico italiano. En Teruel he visto más: he visto las momias de Diego é Isabel, y sin embargo, es harto problemática la efectiva existencia de los Amantes. En mi mismo pueblo, vi de mozalbete, penetrado de sincera emoción, el calabozo de la Aljafería en que estuvo preso el trovador Manrique, y eso que yo no podía dudar un punto de que el tal trovador era una creación caprichosa de la fantasía de García Gutiérrez”. Pero, a continuación, escribía que “La «casa de Medrano» en Argamasilla era realmente importante en las historias cervantinas, por haberse impreso allí la edición del Quijote que dirigió Don Juan Eugenio Hartzenbusch, literato, egregio, pero que en las indagaciones cervantistas no había logrado los datos que se poseen hoy y que han destruido la tradición fantástica de haber estado preso Cervantes en Argamasilla y haberse engendrado allí su libro máximo y glorioso. La aureola que circundaba la «casa de Medrano» se ha desvanecido en nubes de humo, antes que por el incendio de que nos da noticia el telegrama copiado, por el esfuerzo de la crítica severa y de la erudición. No hay dato alguno, serio y positivo, acerca de las supuestas andanzas y contrariedades de Cervantes en “el lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse”. La prisión a que se alude en el prólogo de la primera parte del Quijote fue la que el inmortal príncipe de los ingenios padeció en la antigua cárcel de Sevilla: sin menoscabo, por otra parte, de la buena fama que tenía entre las personas de más cuenta de aquella ciudad.

La leyenda argamasillesca fue herida de muerte por D. Ramón León Mainez en el libro Cervantes y su época, obra fundamental en la materia. Y la puntilla, si vale la expresión, se la ha dado al tan universal como infundado mito el catedrático barcelonés Don Clemente Cortejón en un folleto que titula La Coartada.

El Sr. Cortejón… estudiando año por año la vida de Cervantes, Argamasilla no parece por parte alguna en estos escuetos anales cervantinos. En 1600 estaba Cervantes en Sevilla, según documento que se guarda en el Municipio hispalense. En 1601 franqueó al famoso Agustín de Rojas, también en Sevilla, el inédito borrador del Quijote. Y en 1602 encarcelado debía de estar en Sevilla (como en 1597) pues que el Tribunal de Contaduría mandaba excarcelarle, desde Valladolid en Enero de 1603. Así en todos los años anteriores; y claro está que así en todos los sucesivos. La índole de un periódico diario como EL IMPARCIAL no consiente la minuciosa y completa reproducción de todas las demostraciones con que la crítica ha deshecho la leyenda argamasillesca. Bástenos recomendar al curioso lector las dos mencionadas obras; sin contar otros trabajos donde, con varios argumentos más, también se ha negado la supuesta prisión de Cervantes en la población manchega.” Y terminaba consolador: “Impórtele poco á Argamasilla que la crítica le quite parte de su leyenda quijotil. A cambio de esa parte real, siempre le quedará la parte ideal, más luminosa e indestructible. Si no estuvo allí la cuna del libro, allí vemos todos la soñada patria del héroe.”

Que sepamos, ni “El Obrero de Tomelloso” ni ningún otro medio salió al paso de lo escrito en esta ocasión por Mariano de Cavia, como se hizo contra doña Emilia Pardo Bazán, pero es que, tal vez, “El Imparcial” y su redactor, armados de la erudición citada, eran adversarios de mucho peso para arremeter contra ellos sin los adecuados pertrechos.

Solo hemos encontrado, diez años después, en el  “El pueblo manchego”[5],  un artículo de Ricardo Lizcano, en el que con referencia a Cavia y a Rodríguez Marín, que en su edición del Quijote con notas, consideraba “Destruida para siempre la absurda fábula de la prisión de Cervantes en la cárcel de Argamasilla de Alba, no cabe dudar que se refirió a la de Sevilla”, escribe que “Por muy elevado que sea  el concepto que tenemos del ilustre director de la Biblioteca [Rodríguez Marín] no nos convence…El podrá decir con el maestro Cavia que Cervantes no estuvo en la Mancha pero nosotros podremos afirmar que también los hombres-vitrinas se equivocan.”

 

Madrid, 20 de septiembre de 2021

 

 



 [1] Avellaneda en su Quijote, cuando Sancho describe su pueblo, Argamesilla, dice “Tenemos también una iglesia, que, aunque es chica, tiene muy lindo altar mayor, y otro de Nuestra Señora del Rosario, con una Madre de Dios que tiene dos varas en alto, con un gran rosario alrededor, con los padresnuestros de oro, tan gordos como este puño.”

[2] La Época”[2] 4/11/1862,  página 4.

[3] La Correspondencia de España. 9/12/1893, n.º 13.031, página 2

[4] “El Día” (Madrid. 1881) del23/3/1905, página 2.

 [5] “El pueblo manchego”, 1915 diciembre 24, p.1.

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