Opinión

No disparen al sistema (educativo)

Ramón Castro Pérez | Martes, 24 de Mayo del 2022

Existe una frase del economista J.K. Galbraith en la que asegura que «el dinero es tan importante para los que lo tienen como para los que carecen de él» (El dinero, 1975). Algo parecido ocurre con la educación. Aquellas personas que, tras años de formación, han obtenido el éxito educativo consideran a esta política como uno de los pilares del estado del bienestar. Aquellas que no lo lograron, también.

Y, al igual que al dinero se le ha criticado desde que apareció sobre la faz de la tierra, a la educación se la somete, de manera constante, a un ajusticiamiento riguroso desde todas las partes. El gran Sir Ken Robinson estaba en lo cierto al señalar, en una de sus más afamadas charlas TED, que «la educación es una de esas cosas que cala muy profundo en la gente».

Así que, si algo sabemos, es que a todos nos importa la educación y que mantenemos una relación de amor y odio con ella. A veces, incluso simultánea pues muchos de los implicados somos, a la vez, profesores, padres, hijos y contribuyentes. Les aseguro que es confuso.

Y es que alrededor de la educación se dan cita valores y sensaciones tan diferentes como la nostalgia, la innovación, la tradición, el resentimiento o la esperanza. No es de extrañar que encontremos sólidas murallas enfrentadas con la «vanguardia» que desea cambiar el enfoque y adaptar la educación a un «nuevo mundo». Ocurre cada vez que aparece en escena una nueva ley educativa. Escuchamos a opinadores argumentar sus posturas y al espectador interesado (padre o madre) se le revuelven las tripas al no ver una salida consensuada sobre algo tan importante como lo es la educación de los hijos.

Sin embargo, no es tanto como parece. La tormenta está ahí, sí, pero debajo de la superficie, a unos metros de profundidad, en el aula, se continúa con las clases. El sistema educativo, profundamente afectado por mareas legislativas que levantan olas de varios metros, parece un estanque en calma si uno bucea lo suficiente. El espacio que existe entre el debate y el aula está repleto de material aislante de alta densidad. Aquí abajo, seguimos a lo nuestro: intentar que aprendan.

¿Por qué lo intentamos? La respuesta es sencilla: ya sabemos lo que viene después del instituto. Una de las grandes suertes de esta profesión es que, cuando se ejerce, se tiene hecho el camino que a ellos aún les queda por recorrer. Sabemos lo que puede ocurrir si no terminas los estudios; somos conscientes de la etapa de la vida en la que se encuentran, donde todo parece mucho más interesante que estudiar. 

«Aprender» es todo al mismo tiempo. Es sinónimo de contenidos y competencias, de estándares de aprendizaje y criterios de evaluación. Aprender saberes básicos y desarrollarlos. «Aprender» es nuestra forma de conjugar la diversidad de leyes educativas porque, todas, pretenden lo mismo: que se aprenda. Y, para eso, nosotros debemos enseñar. Lo hemos hecho con todas las normas. No se me alteren, ni los unos ni los otros. Aún está por llegar la primera ley educativa que prohíba enseñar ¿Qué quieren que les diga? La mayoría de docentes que conozco están tranquilos. Saben que el próximo septiembre volverán a las aulas a enseñar.

Respecto a esto, existen varios frentes abiertos donde la lucha es encarnizada (recuerden, sólo en la superficie). El que más me llama la atención es el que acusa al sistema educativo de preparar a las personas para el mercado laboral, olvidándose de la cultura y de los conocimientos. Según este enfoque, el sistema tiene un marcado carácter capitalista. Es entonces cuando uno se pregunta si no es ese el fin de un sistema educativo: formar personas para vivir en sociedad y proporcionarles una plataforma desde la que puedan aspirar a formarse de manera integral. Lejos de parecer un fin espurio, sostengo que se trata de todo lo contrario y creo que siempre ha sido así. El espectacular aumento de la clase media española se lo debemos al éxito de nuestro sistema educativo entre las décadas de los 70 y de los 90. Recordarán quienes, hoy, tienen unos 50 años, que nuestros padres y madres trabajaron como nunca para proporcionarnos unos estudios que nos han llevado, entre otras, a poder enseñar en un instituto. La clase media de los «boomers» nunca habría existido sin los estudios que pudimos terminar. La educación, antaño privilegio de unos pocos, se convirtió en una herramienta de libertad y progreso.

Claro que también es razonable encontrar estas posturas cuando escuchamos a otras partes hablar de la «relativa» utilidad de la memoria, ahora que todo se encuentra, a mano, en Internet. Reconozco que tengo muy mala memoria para los nombres y las caras y eso me ha pasado (y continúa pasándome) factura en no pocas ocasiones. Recordar una cita literaria ayuda a salir de un atolladero y, cómo no, a conformar pensamiento nuevo. No puede uno andar mirando el móvil cada vez que tenga una conversación. Tirar de memoria también es emprender. Llamémoslo «contar con recursos y saber aprovecharlos».

Confieso que he mencionado el término «emprender» adrede. No me estoy refiriendo, aquí, a las nociones de emprendimiento empresarial que cualquier estudiante interesado en Economía debe manejar, sino a lo «otro» y que, antaño, se activaba cuando llegabas tarde al parque y tus amigos ya se habían marchado. Entonces debías emprender un proceso de pensamiento lógico para intentar dar con ellos. Tampoco era necesario que tus padres te llevaran al colegio pues el trayecto en solitario, a pie, hasta el instituto podía ser absolutamente sorprendente. El emprendimiento campaba a sus anchas a diario en nuestras casas, pues padre y madre emprendían constantemente estirando una nómina sin educación financiera y con sentido común. Pedir la vez en la tienda, llevar las vueltas, jugar en la calle y aguardar el mejor momento para conseguir una cita era emprender. Incluso en el BUP se impartía emprendimiento: si perdías el foco, suspendías.

Pero ese emprendimiento fue diluyéndose poco a poco en medio de un jarabe pegajoso y espeso. La vida ha cambiado bastante en apenas unos años. Se habla menos en las casas y se gasta más en teléfono. Vive mucha menos gente en los hogares (los más comunes ahora son los formados por dos personas y los monoparentales crecen y superan, ya, el 10 por ciento). Se cambia más de ropa y la paciencia la hemos guardado en el cajón, bajo llave. No abundan los tebeos ni el «discoplay» ni, tampoco, las revistas. Leer es tedioso y la pereza nos invade haciéndonos consumir el tiempo como si este fuese abundante. El mercado, que alimentamos nosotros y sólo nosotros a golpe de «like», nos atrapa en un vacío sin reflexiones, chutándonos con dosis crecientes de ansiedad que parecen calmarse mediante satisfacciones, cada vez más efímeras. Con este caldo tenemos que lidiar nuestras vidas. Si usted es una persona madura, reconocerá que es difícil, así que para un joven adolescente debe ser tremendo.

Miren, el 70 por ciento del parque docente de instituto tiene entre 40 y 59 años. En mi caso (50 años), corría el 90 cuando cursaba el COU. Entonces (en el 90 se publicó la LOGSE), la educación básica finalizaba a los 14 años y muchos de los que no la terminaban engrosaban las filas de un mercado de trabajo «irregular» o accedían a los estudios de «maestría», una segunda oportunidad para reengancharse al sistema educativo y formarse en un oficio con buenas perspectivas laborales. En cambio, ahora nadie obtiene un título elemental (ESO) hasta los 16 años y este no ofrece demasiadas alegrías a la hora de encontrar una ocupación.

Hoy, tenemos acceso (del malo) a Internet (lo usamos rematadamente mal). Hoy, las probabilidades de vivir en un hogar monoparental son mayores y las oportunidades para dejarnos vencer por la pereza, también. Así que, más que nunca, debemos conformar un sistema educativo que lance a los jóvenes al mercado laboral con garantías. Estas no son otras que el conocimiento y la formación. Sí, el saber y el mercado son compatibles y complementarios. No se puede trabajar sin saber ni se puede saber durante mucho tiempo sin una vida digna. Pero existen barreras: ese mercado laboral, antes más permeable, ahora no muestra clemencia y no parece tener sitio para los graduados en ESO, aún menos para los no graduados. No terminar ESO es, por regla general, una condena a la pobreza. No echemos balones fuera. Recordemos que el mercado somos todos nosotros y somos nosotros quienes no perdonamos. Nada ni a nadie. Lo queremos todo, lo queremos ahora y lo queremos barato. No disparen al sistema educativo. No es él quien está enfermo.

Ramón Castro Pérez es profesor de Economía en el IES Fernando de Mena (Socuéllamos, Ciudad Real).


1269 usuarios han visto esta noticia
Comentarios

Debe Iniciar Sesión para comentar

{{userSocial.nombreUsuario}}
{{comentario.usuario.nombreUsuario}} - {{comentario.fechaAmigable}}

{{comentario.contenido}}

Eliminar Comentario

{{comentariohijo.usuario.nombreUsuario}} - {{comentariohijo.fechaAmigable}}

"{{comentariohijo.contenido}}"

Eliminar Comentario

Haga click para iniciar sesion con

facebook
Instagram
Google+
Twitter
}

Haga click para iniciar sesion con

facebook
Instagram
Google+
Twitter
  • {{obligatorio}}