Digitalizar, verbo moderno donde los haya, es una de esas
locuciones que vienen con su propia frontera de fábrica. Y es que tras de ella,
se parapetan, desprovistos de vergüenza torera, adeptos y detractores, a igual
cantidad. Sería más fácil si sólo encontráramos críticos, pero el mundo es como
es y todos hemos estado, alguna que otra vez, ocupando trincheras.
Una cosa es cierta: digitalizar, bien, es difícil. Se trata
de lograr que los inmovilistas den su brazo a torcer, reconociendo utilidades,
y, al mismo tiempo, que los entusiastas no lo echen todo a perder. Entretanto,
he aquí lo importante, las rutinas de nuestro día a día deben mejorar sin que
nos demos cuenta. Ahí es nada.
Ocurre cuando se ha sabido enseñar a usar un certificado
digital y, además, sirve para algo, ahorrándonos tiempo y energía. Cuando nos
comunicamos más rápido, con resultado final satisfactorio, o al matricularnos
en los estudios de grado de una universidad a cuatrocientos kilómetros de
distancia. También, si reservamos un aula informática para nuestro taller de
finanzas o agilizamos la recogida del hijo en el instituto, antes de su cita
médica, esta última notificada al móvil con precisión de cirujano. Lograr que
cualquier cliente te encuentre rápidamente o que los proveedores facturen con
seguridad también es digitalizar.
Digitalizar, por tanto, no es dividir sino crear procesos
sencillos de entender, operar y manejar por cualquiera, que hacen posible
seguir atendiendo a las personas en espacios cada vez más complejos. No es usar
un móvil, llevar el portátil al café o presentar unas diapositivas en el cañón.
Justamente por eso es tan complicado.
Ramón
Castro Pérez es profesor de Economía en el IES Fernando de Mena, en
Socuéllamos.
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