Cada diciembre, cuando el frío empieza a sentirse y las luces inundan las calles, renace una emoción que solo la Lotería de Navidad sabe despertar. Es una ilusión discreta y muy poderosa, que viaja por todo el territorio nacional, para estar a la venta en las administraciones y comercios, donde se empiezan a repartir las primeras ilusiones compartidas y conversaciones que empiezan con un ¿Ay si te toca?. No importa la edad ni el lugar, todos conocen ese pequeño cosquilleo que aparece al sostener un número entre los dedos.
La magia del sorteo reside tanto en el dinero como en lo que simboliza para todo aquel que juega su décimo o participación. Durante unos días, las preocupaciones se suavizan y el futuro parece más amable. La mente se llena de sueños sencillos: una deuda saldada, un viaje postergado, una mesa familiar más tranquila. La Lotería de Navidad invita a imaginar, y en esa imaginación se encuentra su verdadero encanto.
El 22 de diciembre, casi todo el país escucha el canto de los niños de San Ildefonso como si fuera una banda sonora común. Cada bola extraída es un latido compartido cada premio una noticia que recorre barrios enteros y desata abrazos espontáneos. Incluso cuando la suerte pasa de largo, queda esa alegría contagiosa que se celebra como propia. Es un recordatorio de que, por encima del azar, lo que une a la gente es la esperanza.
Porque la Lotería de Navidad no es solo un sorteo es una tradición que acompaña a generaciones. Es comprar el décimo en la misma administración de siempre, intercambiar participaciones en el trabajo o guardarlo en la cartera hasta que amarillea. Es un ritual que, año tras año, reafirma la necesidad humana de creer en un giro inesperado, en definitiva, es la ilusión que, por un momento hace que todos soñemos al mismo tiempo.
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Domingo, 30 de Noviembre del 2025
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